🚩🔞⚠️Tras cinco años de injusto exilio en las heladas estepas del norte, el implacable General Yan Jincheng regresa a la capital con un solo objetivo: vengarse de la dinastía Li. Para salvar a su familia biológica de la ejecución pública, el Segundo Príncipe, Li Xiaowei, acepta un destino humillante: convertirse en el consorte cautivo de su antiguo amor.
En un palacio militar donde el rencor y los secretos dictan las reglas, Xiaowei soportará el dolor de la servidumbre y la crudeza del cautiverio en un silencio frío. Sin embargo, lo que el general ignora es que el príncipe sacrificó su propia reputación para mantenerlo con vida.
¿Podrá el remordimiento de Jincheng sanar un cuerpo y un alma destrozados cuando la verdad salga a la luz en medio de un imperio en cenizas? Una historia BL oscura de traición, redención y amor incondicional.
HAY SUFRIMIENTO. SI NO ESTÁN LISTOS, NO LO LEAN.⚠️🔞🚩
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Emperador
El sonido del cuerpo de Li Xiaowei al desplomarse contra el suelo de piedra del balcón golpeó los oídos de Yan Jincheng con más fuerza que la espada de ejecución que acababa de segar la vida de los traidores. Abajo, en la plaza pública, los gritos del pueblo y el murmullo de los ministros se convirtieron en un zumbido lejano. El general no se detuvo a mirar los restos de la dinastía caída, ni la sangre que comenzaba a coagularse sobre el lodo. Su mirada se clavó en la figura de lino blanco que yacía inerte en los brazos del viejo Lao Chang.
Un pánico animal, un terror absoluto que le heló la sangre, se apoderó de Jincheng. Soltó su hacha ceremonial, dejándola caer con un estruendo metálico sobre el tablado del cadalso, y corrió hacia el interior del cuartel, subiendo las escaleras de piedra de tres en tres. Su capa negra ondeaba tras él como las alas de un cuervo herido. Cuando llegó al balcón, apartó a los guardias de un empujón violento y se arrodilló al lado del príncipe, apartando las manos temblorosas del anciano sirviente.
—¡Xiaowei! ¡Xiaowei, mírame! —suplicó Jincheng, con una voz rota que perdió instantáneamente toda su autoridad militar.
Extendió sus manos y cargó el cuerpo delgado del joven entre sus brazos, con una delicadeza desesperada, como si temiera que los huesos del príncipe se rompieran bajo su contacto. Al levantar la cabeza de Xiaowei, notó un hilo de sudor frío recorriendo su sien y una palidez tan extrema que las venas traslúcidas de sus párpados parecían líneas de tinta azul sobre mármol. El cuerpo del príncipe estaba completamente laxo, desprovisto de energía, consumido por el impacto de la ejecución y el dolor sordo que aún latía en sus zonas íntimas debido al desgarro interno.
Jincheng cruzó el patio de armas corriendo, sosteniendo al príncipe contra su pecho, ignorando las miradas de asombro de sus propios generales. Entró en sus aposentos privados, depositó a Xiaowei sobre las sábanas de lino limpio y comenzó a restregar sus manos ardientes contra las del joven, intentando transmitirle un calor que su propia alma ya no poseía.
—¡Traigan al médico! ¡Si no se mueve, le cortaré las manos! —rugió hacia la puerta, con los ojos rojos.
El viejo médico militar entró a la alcoba temblando, cargando sus ungüentos y vinagres medicinales. Tras una revisión rápida, aplicó esencias fuertes bajo la nariz del príncipe y ajustó las vendas de sus muñecas, que se habían tensado durante el colapso.
—Es el agotamiento del espíritu, mi general —explicó el médico en un susurro, dando un paso atrás para evitar la furia del comandante—. El cuerpo de Su Alteza apenas comenzaba a sanar de la infección.
Soportar la caminata al balcón del otro extremo y el impacto de ver morir a su familia rompió el escaso equilibrio de su energía. Necesita descanso absoluto, o su mente se perderá en el letargo.
Jincheng se quedó solo en la habitación durante horas interminables, sentado en la tosca silla de campaña a cuatro pasos de distancia, sin atreverse a tocar al joven para no desatar el pánico que había presenciado. La culpa era una marea negra que le asfixiaba los pulmones.
Miraba las sábanas blancas y recordaba la crudeza de su propia violencia en esa misma cama, convenciéndose de que cada gota de sufrimiento de Xiaowei era un testimonio de su propia ceguera.
Cuando el sol del mediodía comenzó a filtrarse por las rendijas de las ventanas de madera, los ojos de Li Xiaowei se abrieron lentamente.
La neblina de la inconsciencia se disipó con lentitud, devolviéndole la lucidez y, con ella, el regreso inmediato de su tormento. Lo primero que registró su mente fue el dolor agudo y punzante en su vientre bajo, un recordatorio físico e implacable. Intentó incorporarse, apoyando los codos sobre el jergón, pero un gemido ahogado escapó de sus labios partidos y su anatomía delgada se tensó de forma instintiva.
Al notar el movimiento, Jincheng se levantó de la silla de golpe, dando un medio paso hacia el frente antes de detenerse en seco. Vio cómo las pupilas de Xiaowei se dilataban por el miedo al reconocer su presencia, y cómo sus manos se aferraban a las sábanas en un gesto de defensa muda. El pánico del príncipe seguía siendo un muro infranqueable.
—No te muevas, Xiaowei... por favor, no te muevas —dijo Jincheng, forzando a su voz a adoptar un tono suave, limpio y sumiso que a Xiaowei le provocaba una profunda desconfianza—. Ya terminó. Tu nombre está limpio ante todo el imperio. La escoria de tu hermana y tu padre pagaron su deuda.
Xiaowei fijó su mirada en los ojos del general. A pesar de que sus labios pronunciaban palabras de perdón, el trauma de los maltratos físicos sufridos bajo las manos de su esposo lo mantenía en una vigilia constante de sospecha. No creía en esa amabilidad repentina; temía que fuera un juego cruel para que bajara la guardia antes del próximo abuso.
—¿Limpio, General Yan? —la voz del príncipe era un hilo débil, carente de calor, pero con una dignidad aristocrática que resonó en las paredes —. Ha ejecutado a mi familia frente a mis ojos y ha teñido el patio de armas con la sangre de mi linaje. ¿Cree que una declaración pública borra el olor a hierro de este palacio? ¿O es que ha venido a buscar una nueva forma de entretenimiento para mi cuerpo roto?
Cada palabra de Xiaowei se clavó como una daga en el corazón de Jincheng. El general apretó los puños, tragándose el llanto que le subía por la garganta.
—No busco entretenimiento. Busco justicia —respondió Jincheng, con una humildad que dejó mudo al príncipe—. Los ministros de la corte y el consejo de sabios están reunidos en el salón principal en este momento. He obligado a cada uno de ellos, bajo la amenaza de mi acero, a firmar un decreto real.
Jincheng sacó de su cinturón militar un rollo de pergamino, el color exclusivo de los edictos imperiales, y lo colocó con extrema lentitud sobre la mesa de noche, retirando su mano de inmediato.
—Te han nombrado el nuevo Emperador legítimo de la dinastía —anunció Jincheng en un susurro—. La corona te pertenece por derecho de sangre y por la pureza de tu sacrificio. Ya no eres un consorte cautivo, Xiaowei. Eres el soberano de este imperio. Mis tropas se arrodillarán ante tu trono en cuanto puedas ponerte de pie.
Xiaowei miró el pergamino dorado. Para cualquier otro príncipe de la historia, ese documento habría sido la culminación de su ambición, pero para él, la corona se sentía como una diadema de espinas hundiéndose en sus sienes. El peso político del imperio volvía a caer sobre sus hombros, en un momento en que su cuerpo apenas podía sostener su propia respiración.
Un escalofrío violento lo sacudió. Xiaowei miró a Jincheng, y la desconfianza en sus ojos se transformó en una tristeza tan antigua y pesada que amenazaba con ahogar el ambiente.
—Una corona de sangre, General Yan —dijo Xiaowei, con una sonrisa triste que desfiguró sus labios partidos—. Me nombra Emperador de un palacio inundado de sangre, rodeado por las tropas que violaron la paz de mi hogar y bajo la sombra de un esposo que desgarró mi carne en esta misma cama. ¿Cree que este trozo pergamino dorado me devolverá la salud, o que sanará el dolor que siento aquí abajo cada vez que respiro?
Jincheng bajó la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada. El castigo de ver que su mayor intento de reparación era recibido como una nueva carga por el príncipe fue devastador. Comprendió que regalarle un imperio no borraba las marcas moradas de sus dedos en los hombros de Xiaowei, ni curaba las heridas.
—No espero que me ames, ni que dejes de temblar cuando entro a esta alcoba —susurró Jincheng, con las lágrimas rodando finalmente por su cicatriz —. Solo quiero que estés a salvo. La corona es tu escudo, Xiaowei. Si eres el Emperador, nadie en este mundo podrá volver a tocarte sin tu consentimiento... ni siquiera yo.
Xiaowei cerró los ojos, exhausto, permitiendo que su cabeza cayera pesadamente contra la madera de la cabecera. La tortura de la desconfianza seguía dominando su mente; temía que el general cambiara de opinión en cuanto la presión política aumentara, que el demonio de la guerra regresara a reclamar su cuota de sumisión y que los maltratos volvieran a comenzar en la penumbra de la noche.
Jincheng regresó despacio a su silla junto al brasero, asumiendo su lugar en el rincón más alejado de la estancia, aceptando el tormento de cuidar al nuevo monarca desde el abismo de sus propios pecados, mientras el Trono esperaba la recuperación de un príncipe que prefería la muerte antes que volver a confiar en las manos de su verdugo.