Selene tiene veintidós años y un matrimonio que es su propia jaula de oro. Para su esposo, el implacable magnate Maximiliano Valente, ella no es más que una niña interesada que se vendió por un apellido de peso y una cuenta bancaria sin límites. Convencido de que Selene solo busca su dinero, Maximiliano se dedica a humillarla, refugiándose en los brazos de una amante manipuladora que alimenta su desprecio con mentiras.
Pero Maximiliano ha cometido un error fatal: confundir el silencio de Selene con sumisión absoluta. Tras una noche de crueldad insoportable, Selene decide que ya no le importa su fortuna ni su perdón. Mientras él cree tener todo bajo control, ella empieza a preparar su desaparición silenciosa, dispuesta a empezar de cero, lejos de su opresión.
Maximiliano Valente está a punto de descubrir que el desprecio tiene un precio... y que cuando Selene se marche, el vacío que deje será algo que ni todos sus millones podrán llenar.
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Despertar
La mansión de los Valente, una joya arquitectónica de mármol y cristal negro en lo más alto de la ciudad, se sentía esa noche más fría que de costumbre. Selene Arismendi terminó de ajustar los cubiertos de plata con cautela casi obsesiva. Había pasado la tarde entera supervisando cada detalle: las calas blancas —sus favoritas, aunque él nunca lo recordara—, el vino reserva que Maximiliano guardaba para ocasiones especiales y una cena que emanaba un aroma exquisito.
Hoy cumplían dos años de casados. Dos años desde que el apellido Arismendi, hundido en una crisis financiera que amenazaba con llevar a su padre a la cárcel, se salvó gracias a la "generosidad" de Maximiliano Valente. Para el mundo, era el romance del siglo; para Maximiliano, era una transacción comercial donde Selene era la mercancía de lujo que había adquirido para su colección.
El sonido del motor de su coche deportivo resonó en la entrada de grava. Selene sintió la conocida opresión en el pecho, una mezcla de esperanza tonta y miedo instintivo. Se miró una última vez en el espejo del recibidor; el vestido de seda color perla acentuaba su figura delicada y sus ojos grandes, que esa noche brillaban con una determinación frágil.
La puerta se abrió y Maximiliano entró. A sus treinta y dos años, desbordaba un poder natural que llenaba cualquier habitación. Su traje hecho a medida no tenía una sola arruga, pero su rostro estaba marcado por una rigidez que Selene aprendió a leer como una advertencia.
—Maximiliano, llegaste... —dijo ella, acercándose con paso suave—. Feliz aniversario.
Él no se detuvo a besarla. Ni siquiera la miró a los ojos. En su lugar, lanzó las llaves sobre la mesa de entrada, un gesto que sonó como un disparo en el silencio de la casa.
—¿Otra vez con esto, Selene? —su voz era grave, impregnada de un cansancio que rayaba en el asco—. ¿No te cansas de montar este escenario de "esposa perfecta"?
—Solo quería que celebráramos, Maximiliano. Son dos años...
—Son dos años de pagar tus facturas, las de tu padre y el mantenimiento de este mausoleo —la cortó él, girándose finalmente para clavarle una mirada gélida—. ¿Cuánto te costó esta "celebración"? ¿Cinco mil dólares? ¿Diez mil? ¿O es que hoy vas a pedirme otro aumento en tu asignación mensual?
Selene retrocedió, sintiendo que el aire se volvía escaso.
—No he gastado nada extra. Y no quiero dinero, Maximiliano. Solo quería tu tiempo.
Una risa seca y carente de humor escapó de los labios de él.
—Mi tiempo es dinero, algo que tú pareces consumir con una voracidad impresionante. No tengo interés en cenar contigo mientras calculas mentalmente cuánto valdrá tu próximo collar.
En ese momento, el teléfono de Maximiliano vibró. Él lo sacó del bolsillo y su expresión cambió instantáneamente; la dureza se transformó en algo parecido a la atención, casi suavidad. Selene alcanzó a ver el nombre en la pantalla: Alessandra.
—Tengo una cena de negocios —mintió él, aunque ambos sabían que Alessandra no tenía nada que ver con sus empresas—. No me esperes. Y por favor, apaga esas velas. El olor a cera me da dolor de cabeza.
Sin una palabra más, Maximiliano dio media vuelta y salió de la casa, dejando tras de sí el rastro de su perfume costoso y el eco de la puerta cerrándose con violencia.
Selene se quedó sola frente a la mesa dispuesta para dos. El silencio de la mansión se volvió ensordecedor. Miró su anillo de bodas, un diamante inmenso que pesaba más que su propia alma. Recordó la mirada de Maximiliano, esa forma en la que la veía como si fuera un parásito, una mujer vacía que solo amaba su chequera.
Con un movimiento lento, Selene se acercó a la mesa. No lloró. Había agotado sus lágrimas meses atrás. En su lugar, tomó la botella de vino de mil dólares y, con una calma aterradora, vertió el contenido sobre el mantel blanco, viendo cómo la mancha roja se extendía como una herida abierta.
—Tienes razón, Maximiliano —susurró a la habitación vacía—. Todo tiene un precio. Y hoy empiezas a pagar el mío.
Caminó hacia su habitación, pero no fue hacia el armario lleno de ropa de diseñador que él le había comprado. Se arrodilló frente a la cama y sacó una pequeña caja de madera vieja. Dentro no había joyas, sino un título de propiedad a su nombre de una vieja librería en el centro de la ciudad, un legado secreto de su tía que Maximiliano ni siquiera se había molestado en investigar.
Maximiliano Valente creía que Selene Arismendi era una muñeca de cristal que se rompería sin su dinero. Selene, mirando el horizonte desde la ventana, supo que esa noche la muñeca se había hecho pedazos, pero lo que quedaba debajo era algo que él no iba a poder controlar.
La desaparición de Selene no sería con gritos, sino con el silencio más absoluto que Maximiliano jamás habría imaginado.