NovelToon NovelToon
La Esposa Inesperada del Señor Ferreira

La Esposa Inesperada del Señor Ferreira

Status: Terminada
Genre:CEO / Amor tras matrimonio / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:4
Nilai: 5
nombre de autor: Sylvia Rosyta

Camila Ríos creía tener la vida resuelta: una boda a días de celebrarse, un prometido al que había apoyado desde cero y una mejor amiga que era como una hermana. Todo se derrumba en una sola noche cuando descubre que Diego Mendoza y Valeria Soto la traicionaron a sus espaldas. Frente a los vecinos, Diego confiesa sin remordimiento que nunca la amó. La conmoción provoca un infarto fulminante en don Ramón, el padre de Camila, quien termina al borde de la muerte en un hospital.

Mientras Camila vela a su padre sin saber si volverá a abrir los ojos, un jet privado aterriza en la ciudad. Santiago Ferreira —heredero único del Grupo Ferreira Internacional, una de las fortunas más grandes de El Cairo— regresa después de años con un solo propósito: declararse a la mujer que amó en secreto desde la preparatoria. Al enterarse de la tragedia de Camila, Santiago le ofrece lo único que puede salvar a don Ramón: costear la operación cardíaca que ella jamás podría pagar. A cambio, le propone matrimonio.

Camila acepta sin amor, solo por su padre. Pero la paciencia inquebrantable de Santiago, su ternura silenciosa y su negativa a presionarla comienzan a derribar las murallas que el dolor levantó. Desde la boda improvisada en la habitación del hospital hasta el vuelo a El Cairo, desde la mansión Ferreira hasta la sala de juntas del corporativo, Camila descubre que este hombre poderoso lleva años guardándole un lugar en su vida —y en su corazón.
Mientras tanto, la vida de Diego se desmorona: pierde su carrera, su madre sufre un derrame y Valeria lo abandona. El karma cobra cada deuda con intereses.

NovelToon tiene autorización de Sylvia Rosyta para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Cerró la puerta de Urgencias con cuidado, casi sin hacer ruido. En cuanto estuvo en el pasillo, Omar pulsó la pantalla del teléfono. Los dedos se le movieron rápido, marcando un número que ya tenía guardado. La llamada fue contestada.

—Busquen toda la información sobre Diego Mendoza —ordenó Omar sin rodeos; la voz baja y tajante—. Sus antecedentes, su trabajo, su relación con Camila, y sobre todo la mujer involucrada en la infidelidad. Lo quiero todo. Que no falte nada.

Del otro lado se oyó una voz tenue que confirmaba.

—Háganlo lo más rápido posible —añadió Omar—. Es una orden directa del señor Ferreira.

Momentos después la llamada terminó. Omar bajó el teléfono despacio. El semblante serio, la mirada afilada. Sabía de sobra que, una vez que su patrón se ponía en marcha, no había vuelta atrás. Y el tal Diego Mendoza acababa de meterse en un problema enorme.

Mientras tanto, dentro de la sala de Urgencias, el silencio se había adueñado de todo otra vez. La mano de don Ramón se movió un poco, como buscando algo a qué aferrarse. Sin vacilar, Santiago la tomó y la sostuvo con suavidad, pero con firmeza.

—Señor… —dijo Santiago en voz queda—. Tiene que tranquilizarse. No se esfuerce demasiado.

Don Ramón esbozó una sonrisa débil. Una sonrisa que le atravesó el pecho a Santiago.

—Ya estoy viejo, hijo —murmuró—. Y siento que no me queda mucho tiempo.

—No diga eso, señor —lo cortó Santiago enseguida; la voz le salió más firme de lo que pretendía—. Usted va a recuperarse. Camila todavía lo necesita.

Don Ramón negó despacio con la cabeza.

—Precisamente por eso tengo miedo —confesó—. Miedo de dejar a Camila sola en este mundo.

Las palabras le apretaron el pecho a Santiago. Le estrechó la mano un poco más. —Camila es una muchacha fuerte —prosiguió don Ramón con la voz trémula—. Pero por fuerte que sea una persona, nadie debería afrontar la vida solo. Menos después de lo que ella vivió.

Santiago se quedó callado. Sin darse cuenta, le echó una mirada al sofá largo en la esquina de la sala, donde Camila dormía profundamente cubierta por su saco. El rostro de ella se veía más sereno dormida, pero Santiago sabía que esa serenidad era frágil. Tremendamente frágil.

—No puedo dejarla sola —repitió don Ramón—. No sé quién va a cuidar de Camila cuando yo me vaya.

La palabra "irse" le resonó en la cabeza a Santiago.

Tragó saliva. Algo lo empujaba con fuerza desde dentro. Un impulso que había contenido todo ese tiempo, que había guardado, que había enterrado bien hondo. Pero frente al padre de Camila, frente al temor de un hombre que sentía la muerte cerca, Santiago supo que ya no podía seguir callado.

—Señor —dijo Santiago al fin. La voz le sonó más resuelta, aunque el corazón le latía desbocado—. No sé si es correcto que diga esto ahora.

Don Ramón lo miró.

—Pero de algo estoy seguro —continuó Santiago—. No tiene por qué preocuparse de que Camila se quede sola en este mundo.

Don Ramón guardó silencio. Se le arrugó un poco el entrecejo, como si tratara de descifrar lo que Santiago quería decir.

—¿Por qué? —preguntó en un hilo de voz, y Santiago respiró hondo. Seguía sosteniendo la mano de don Ramón, que ahora se sentía algo húmeda de sudor. Pero no la soltó.

—Porque amo a Camila, señor.

La frase salió así, sin más. Honesta y sin el menor titubeo. Don Ramón abrió mucho los ojos, claramente sorprendido por la confesión. Se le cortó el aliento.

—¿Tú amas a Camila? —La voz casi no le salió.

—La amo desde hace mucho, señor —prosiguió Santiago—. Desde que íbamos al colegio. Pero nunca se lo dije. Cuando terminamos la preparatoria, me fui con mis padres a El Cairo. Y ese ha sido el mayor arrepentimiento de mi vida. —Santiago exhaló largo; le ardían los ojos—. Cuando volví y la vi hoy, destrozada, sola, cargando todo ese dolor ella sola… —se le quebró la voz—. Supe, señor. Supe que no quiero perderla por segunda vez.

Don Ramón lo contempló un buen rato. La mirada honda, llena de preguntas, con el escrutinio de un padre que evalúa.

—Sabes —dijo don Ramón despacio— que Camila acaba de ser traicionada. Que tiene el corazón destrozado. Que la confianza se le vino abajo.

—Lo sé —respondió Santiago sin vacilar—. Y justamente por eso quiero estar a su lado. No para obligarla, no para exigirle nada. Sino para cuidarla y amarla. —Santiago bajó un poco la cabeza; la voz se le hizo más grave, más sincera—. Quiero casarme con Camila, señor —dijo—. Si algún día ella acepta. Si su corazón está listo.

Don Ramón permaneció callado largo rato. El pecho le subía y bajaba despacio. Los ojos se le volvieron a llenar de lágrimas.

—¿De verdad la amas tanto? —preguntó don Ramón en un murmullo, y Santiago asintió sin dudarlo.

—Más que a nada —contestó—. Y le doy mi palabra, señor. Mientras yo viva, haré lo que sea para que Camila sea feliz. Voy a cuidarla. A protegerla. Y jamás la voy a lastimar como otros lo hicieron.

El silencio volvió a caer entre ellos. Solo se oía el pitido suave del monitor cardíaco, marcando un pulso lento pero estable.

Don Ramón cerró los ojos poco a poco. Las lágrimas le rodaron, esta vez no solo de tristeza, sino también de un atisbo de alivio. Le apretó la mano a Santiago con más fuerza que antes.

—Si esa es tu intención… —susurró don Ramón, la voz casi un soplo—. Cuida a Camila, hijo. No le lastimes nunca el corazón.

Santiago inclinó la cabeza aún más. El pecho se le llenó de una emoción difícil de poner en palabras.

—Se lo juro, señor —respondió con firmeza—. Voy a cuidar bien de Camila. Siempre.

Don Ramón aún le sostenía la mano cuando la respiración comenzó a serenársele un poco. Tenía los ojos cerrados, pero el rostro ya no se le veía tan tenso como antes. Una calma tenue fue desplazando la angustia de sus facciones. Pasaron unos segundos en silencio. Entonces don Ramón abrió los ojos de nuevo y miró a Santiago con una expresión distinta. Ya no era solo el miedo de un padre que teme por el porvenir de su hija, sino la mirada de alguien que acaba de encontrar un destello de esperanza.

—Hijo… —murmuró, y Santiago se acercó un poco más de inmediato.

—¿Sí, señor?

Don Ramón inspiró profundo, como reuniendo fuerzas para decir algo importante.

—Mañana por la mañana —dijo, bajo pero firme— voy a hablar con Camila.

A Santiago se le aceleró el corazón.

—¿A qué se refiere? —preguntó con cautela, aunque por dentro le crecía un nerviosismo que no podía disimular.

—Voy a pedirle a Camila que considere casarse contigo —continuó don Ramón—. No para obligarla. Pero como su padre, quiero asegurarme de que sepa que hay un hombre que la ama de verdad. Un hombre dispuesto a responder por su vida.

Santiago enmudeció unos instantes. Sentía algo tibio y a la vez abrumador en el pecho. No imaginó que don Ramón iría tan lejos.

—Señor… —la voz de Santiago sonó queda—. Yo…

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play