La vida nunca fue fácil para Verónica Castillo. Desde niña aprendió a crecer entre ausencias y silencios, creyendo que algún día el amor le daría el hogar que siempre soñó. Por eso, cuando decidió formar una familia con Héctor, pensó que por fin había encontrado su lugar en el mundo.
Pero los sueños también pueden romperse.
Entre infidelidades, desprecios y promesas vacías, Verónica terminó atrapada en una vida donde el amor dejó de existir. Hasta que una noche, cansada de las heridas y pensando en el futuro de sus dos hijos, tomó la decisión más difícil de todas: marcharse y empezar de nuevo.
Con Samuel y Rodrigo como su única fuerza, Verónica deberá reconstruir su vida desde cero, enfrentándose a sus miedos, a un pasado que insiste en perseguirla y a un hombre que solo entenderá lo que perdió cuando ya sea demasiado tarde.
Porque a veces la vida primero te rompe… para después enseñarte a renacer.
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Comparación.
En ese pueblito del departamento de Sucre, la vida de Héctor ya no tenía nada del orden ni la comodidad a la que alguna vez se acostumbró. La casa, que al principio le había parecido un espacio de libertad, comenzó a sentirse vacía, desordenada y, sobre todo, ajena. Nada estaba en su lugar, y no porque alguien más lo hubiera movido, sino porque ahora todo dependía únicamente de él… y Héctor no sabía sostenerlo.
Las mañanas eran un caos silencioso. Antes de salir a trabajar, tenía que improvisar su propio desayuno y su almuerzo, muchas veces con lo poco que encontraba, y dejar algo preparado para la noche, aunque casi siempre terminaba resolviendo con cualquier cosa. El tiempo no le alcanzaba, pero más que eso, no tenía la costumbre.
—Maldita sea… —murmuraba una mañana, viendo la cocina desordenada—. Ni un café tranquilo se puede tomar aquí.
Ya no había ropa limpia esperándolo. Nadie le organizaba el uniforme. Nadie le dejaba la casa lista y mucho menos nadie lo recibía con amor cuando él llegaba del trabajo.
Al llegar del trabajo, el cansancio no encontraba descanso, porque lo esperaba otra jornada: lavar su propia ropa, recoger el desastre del día y pensar en qué iba a cenar.
Una noche, mientras restregaba su uniforme en el lavadero, dejó escapar un suspiro pesado.
—Verónica nunca fue así… —murmuró, casi sin darse cuenta.
Y ese pensamiento se quedó rondando en su cabeza más de lo que quería admitir.
Dentro de la casa, Juana dormía profundamente. Sus horarios eran distintos, desordenados, impredecibles. A veces se despertaba entrada la tarde, otras veces simplemente desaparecía por horas sin dar explicaciones. Héctor empezó a notar que no tenía control de nada… y eso le molestaba.
Esa misma noche, cuando entró a la habitación y la vio acostada sin preocuparse por nada, sintió cómo algo le hervía por dentro.
—¿Tú no piensas levantarte o qué? —dijo, con tono irritado.
Juana abrió los ojos lentamente, molesta.
—¿Y a ti qué te pasa?
—Que llego cansado, con hambre y esto está hecho un desastre —respondió señalando alrededor—. Ni comida, ni nada.
Ella se incorporó, cruzándose de brazos.
—Pues hazlo tú —contestó sin culpa—. Yo no soy tu sirvienta.
Héctor soltó una risa irónica.
—Ah, ¿no? Porque Verónica sí podía con todo.
El ambiente se tensó de inmediato.
—Pues vete con Verónica entonces —respondió Juana, con fastidio.
—No compares —gruñó él—. Es que ni siquiera haces el intento.
Juana lo miró con desdén.
—Yo no soy como ella… y nunca lo voy a ser.
Las discusiones empezaron a volverse constantes. Por cualquier cosa. Por la comida, por el desorden, por los horarios, por el respeto que, según Héctor, ella ya no le tenía.
—Tú haces lo que te da la gana —reclamaba él una tarde—. Sales, llegas cuando quieres… ¿eso qué es?
—Mi vida —respondía ella sin inmutarse—. Yo no te pedí que me mantuvieras.
Cada palabra era un choque.
Cada discusión… más desgastante.
...
Pero lo que terminó de cambiarlo todo llegó una noche, cuando Juana lo miró con una seriedad que él no le había visto antes.
—Tenemos que hablar —dijo.
Héctor, que apenas se estaba quitando los zapatos, suspiró con cansancio.
—¿Ahora qué pasó?
Ella dudó un segundo antes de soltarlo.
—Estoy embarazada.
El silencio fue inmediato.
Héctor se quedó mirándola, como si no hubiera entendido.
—¿Qué…?
—Estoy embarazada —repitió ella.
Él se llevó una mano a la cabeza, caminando de un lado a otro.
—No… no, no… eso no puede ser —murmuraba—. ¿En qué momento pasó eso?
Juana frunció el ceño.
—¿Cómo que en qué momento? —respondió, molesta—. Pues cuando estábamos juntos.
—Pero si nos estábamos cuidando —insistió él, alterado—. Eso no tiene sentido.
Ella rodó los ojos, irritada.
—Ningún anticonceptivo es cien por ciento seguro, Héctor. ¿O es que no sabías?
Él soltó una risa nerviosa, sin humor.
—No, esto… esto no estaba en los planes.
Juana se levantó de la cama, enfrentándolo.
—Pues ahora lo está —dijo con firmeza—. Vas a tener un hijo.
Héctor se quedó en silencio, sintiendo cómo la realidad le caía encima de golpe.
—¿Y ahora qué? —preguntó, más para sí mismo que para ella.
Juana lo miró fijamente.
—Ahora te haces responsable.
—Yo ya tengo dos hijos —respondió él, pasando la mano por su rostro—. No puedo con más cosas.
—Pues hubieras pensado eso antes —replicó ella, elevando la voz—. Porque este hijo viene, te guste o no.
Héctor apretó la mandíbula.
—Esto es un problema…
Juana dio un paso atrás, indignada.
—¿Un problema? —repitió—. ¿Así le vas a llamar a tu hijo?
El ambiente se volvió aún más tenso.
—No me cambies las palabras —gruñó él—. Estoy diciendo que no estábamos preparados.
—Pues yo sí voy a estarlo —respondió ella—. Y tú también, quieras o no.
...
Esa noche, Héctor no pudo dormir.
Se quedó sentado en la sala, con la mirada perdida, mientras pensamientos que había evitado durante meses comenzaban a alcanzarlo.
La casa desordenada.
Las discusiones.
El cansancio acumulado.
Y, sin querer la comparación inevitable.
Con Verónica siempre había comida caliente y deliciosa, siempre había orden, ropa limpia, las risas de los niños. Siempre había alguien sosteniendo todo… incluso cuando él no lo hacía.
—Maldita sea… —susurró, pasando la mano por su rostro.
Pero ya era tarde para arrepentimientos fáciles. La vida ya había empezado a cobrarle y esta vez no parecía que fuera a darle tregua.
Ya forma una hermosa familia!
Así es Verónica ya no luchará sola.
Gracias 🌹Rositha!
Rosa esta novela con esta trama de superación me fascinó te felicito gracias por compartir tu talento con todas las lectoras que Dios te bendiga siempre saludos desde 🇻🇪🤗😘🙏🏻🌷
🥰
bendiciones