Él es el padre de su mejor amiga... Pero también el dueño de sus fantasías más prohibidas.
Cristóbal es un hombre maduro, exitoso y comprometido con su familia, alguien a quien todos ven como un ejemplo de responsabilidad. Pero desde el día que conoció a Julieta, la joven compañera de su hija, nada ha sido igual. Cada encuentro la hace más irresistible, cada mirada profundiza una conexión que no debería existir.
Ella es joven, dulce e "inocente" ... Y él lucha por no caer en la tentación.
Julieta siempre ha visto en Cristóbal algo más que el padre de su mejor amiga: un hombre que despierta en ella emociones que nunca imaginó sentir. A pesar de saber que está jugando con fuego, no puede evitar buscarlo, soñarlo, desearlo con una intensidad que la abruma.
Un amor que desafía los límites, un deseo que no sabe de reglas.
Entre secretos, mentiras por omisión y el miedo a destruir vidas enteras, Cristóbal y Julieta se ven envueltos en una pasión que amenaza con consumirlos...
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Capítulo 18.
Julieta.💕
Él me mira como si fuese la única mujer en el planeta. Como si no existiera nada más que mis labios hinchados, mi respiración agitada y la forma en la que mi cuerpo tiembla por él. Cristóbal me devora con los ojos y yo no quiero esconderme más.
—Dios, Julieta… —murmura con voz ronca, rozando mis labios con los suyos—. No sabes cuánto tiempo he esperado esto.
Sus palabras me erizan la piel. Lo miro directo a los ojos y siento que la culpa se deshace en un instante. Solo quedamos él y yo, dos almas encendidas, deseándose sin control.
—Dímelo —le susurro, provocadora—. Dime desde cuándo me deseas.
Él sonríe de medio lado, esa sonrisa peligrosa que me derrite. Me acaricia la mandíbula con su pulgar, bajando hasta mi cuello.
—Desde el primer día que te vi en mi casa. —Su confesión me deja sin aire—. Desde esa tarde que apareciste con Jessica, con esos labios pintados y esa mirada inocente que no me dejaba en paz.
Trago saliva, sintiendo que todo mi cuerpo vibra con sus palabras. No me reconozco, pero tampoco quiero detenerme. Me acerco más, mis pechos rozan su torso firme, y le respondo con un hilo de voz cargado de fuego:
—Entonces demuéstramelo.
Y él lo hace. Me besa con tanta hambre que siento que me arranca el alma. Su lengua busca la mía con urgencia, sus manos recorren mis curvas con una mezcla de respeto y desesperación. Yo lo tomo del cuello y me subo a su ritmo, moviendo mi boca contra la suya con la misma intensidad.
El sofá se convierte en nuestro campo de batalla. Me tumba con suavidad, pero con firmeza, y su cuerpo me cubre por completo. Sus manos bajan por mis muslos, suben mi vestido, y yo gimo contra su boca cuando siento la presión de sus dedos en mi piel caliente.
—Mierda, Julieta… no eres una niña. —Su voz suena entrecortada, como si estuviera sorprendido por la mujer que tiene debajo.
—No lo soy —le contesto jadeando, tomándolo de la mano y guiándola hacia mi humedad—. Quiero que lo entiendas.
Su mirada se oscurece, y lo siguiente que hace es inclinarse hasta mi oído, mordiéndolo suavemente.
—Lo entiendo. Y me vas a enseñar cuánto.
Me arranca el vestido de un tirón, sin dejar de besar cada centímetro de piel que va descubriendo. Yo me arqueo, enloquecida por sus labios, por sus manos, por esa forma tan voraz de adorarme. Mis uñas se clavan en su espalda mientras él baja, desciende por mi abdomen y se instala entre mis piernas.
—Cristóbal… —susurro, perdida.
Su boca me devora como si nunca hubiera probado algo igual. Mis gemidos llenan la sala, rebotando contra las paredes, mezclándose con su respiración agitada. Y cuando por fin alcanzo ese clím4x que me sacude de pies a cabeza, él se levanta, con los labios húmedos y una sonrisa peligrosa.
—Quiero más —le digo sin pensarlo, tirando de él hacia mí.
—Tendrás todo lo que quieras. —Su voz es una promesa ardiente.
Me carga en brazos, como si no pesara nada, y me lleva por el pasillo hacia una habitación. Entro en un espacio amplio, con una cama enorme cubierta por sábanas blancas impecables, un ventanal que deja ver las luces de la ciudad y un aire impregnado de su perfume.
Me deja caer sobre la cama, pero esta vez soy yo la que toma el control. Me siento a horcajadas sobre él, desabrochando su camisa botón por botón, besando cada parte de su pecho descubierto, luego voy por él pantalón que bajo con todo y boxer de no sé no en qué momento sus zapatos desaparecieron. Él gime, sorprendido por mi audacia, y sonríe.
—Así que no eres tan inocente como pareces, pequeña traviesa provocadora…
Lo miro a los ojos, segura, encendiendo mi voz con descaro:
—Nunca lo fui y contigo mucho menos.
Lo monto con fuerza, sintiendo cómo nos unimos en una explosión que me roba el aliento. El ritmo es frenético, nuestros cuerpos chocan como si hubiéramos estado destinados a esto desde siempre. Su nombre se escapa de mis labios en gemidos ahogados, y sus manos aprietan mis caderas como si quisiera fundirme con él.
—Julieta… —ruge, cerrando los ojos con fuerza—. Eres jodidamente perfecta.
Yo aumento el ritmo, probando hasta dónde puede llegar su control. Y cuando los dos estallamos juntos, me desplomo sobre su pecho, jadeando, riendo, sintiéndome completa.
Pero no termina ahí. Porque en cuanto recuperamos el aliento, Cristóbal me atrapa de nuevo, me pone de espaldas y me abre de par en par con una necesidad animal. Su boca recorre mi cuello, mi pecho, cada rincón de mí como si quisiera memorizarme.
—No me sacio de ti… —confiesa, entrando de nuevo en mí con una embestida profunda que me arranca un grito de placer.
Nos movemos una y otra vez, como si el tiempo no existiera, como si el mundo se redujera a nuestra cama, a nuestras pieles, a ese deseo prohibido que arde sin remedio. Una segunda ola me arrastra, más intensa que la primera, y caigo rendida, temblando, entre sus brazos.
Él se queda sobre mí, respirando fuerte, con la frente pegada a la mía.
—Te juro que desde aquella tarde he soñado con esto. —Su voz suena rota, cargada de verdad—. Pero jamás imaginé que sería así de real, así de perfecto.
Lo beso suave, acariciando su rostro, y le respondo sin titubear:
—Entonces sueña despierto, Cristóbal. Porque yo tampoco pienso dejar que esto se acabe.
Y lo que ocurre después es una nueva tormenta de besos, caricias y cuerpos que se buscan con la misma hambre, iniciando otra sesión de pasión que me confirma que esta noche será interminable. Esto es tres mil veces mejor de lo que he soñado.
Que te mejores pronto te mando un abrazo de oso.