Durante veinte años, un matrimonio arreglado unió el destino de dos de las familias más poderosas del país. La elegida siempre fue la hija menor de los Moretti. Pero cuando oscuros rumores sobre la crueldad del heredero Volkov salen a la luz, los Moretti toman una decisión despiadada: proteger a su hija favorita… sacrificando a la mayor. Ivonne nunca imaginó que sería entregada como moneda de cambio por las mismas personas que juraron amarla. Sin embargo, descubrirá que el verdadero peligro no siempre se encuentra en el hombre con el que debe casarse, sino en la familia que la abandonó. Porque algunas alianzas se firman con tinta… Y otras, con sangre.
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El primer vals
Cuando Ivonne e Ivako regresaron al salón, la orquesta dejó de tocar.
El maestro de ceremonias tomó el micrófono.
—Damas y caballeros, ha llegado el momento del primer baile de los recién casados.
Los invitados comenzaron a aplaudir.
Ivonne sintió un leve nudo en el estómago.
—¿Sabe bailar? —preguntó en voz baja mientras caminaban hacia la pista.
Ivako la miró de reojo.
—Lo suficiente para no pisarla.
Ella dejó escapar una risa.
—Eso espero.
Él extendió una mano.
—¿Me concede este baile, señora Volkov?
Por primera vez alguien la llamaba así.
Era extraño.
Ivonne colocó su mano sobre la de él.
—Con gusto.
Las luces del salón se atenuaron.
Solo un reflector iluminó el centro de la pista.
La melodía de un vals comenzó a llenar el ambiente.
Ivako apoyó una mano con delicadeza sobre la espalda de Ivonne, manteniendo una distancia respetuosa.
Con la otra sostuvo su mano.
—Si en algún momento quiere detenerse, solo dígamelo.
Ella asintió.
—No hace falta.
Comenzaron a moverse.
Al principio con cierta rigidez.
Ambos estaban demasiado pendientes de no cometer un error.
Pero, poco a poco, el ritmo hizo el resto.
Ivonne descubrió que Ivako guiaba con seguridad, sin imponer cada paso.
Le dejaba espacio para seguir el compás a su manera.
—Baila mejor de lo que esperaba.
Él levantó una ceja.
—¿Eso era un cumplido?
—Tal vez.
—Lo tomaré como uno.
Ella sonrió.
Alrededor de la pista, los invitados comentaban en voz baja.
—Hacen buena pareja.
—Se ven elegantes.
—Parecen llevarse mejor de lo que imaginaba.
Mientras tanto, Giovanni permanecía inmóvil con una copa en la mano.
Eleonora se acercó.
—¿En qué piensas?
Él no apartó la vista de la pista.
—Nunca la vi bailar así.
—Porque nunca tuvo la oportunidad.
Giovanni guardó silencio.
No supo qué responder.
Cuando la música terminó, el salón estalló en aplausos.
Ivonne hizo una pequeña reverencia.
Ivako imitó el gesto.
Ninguno de los dos era especialmente expresivo.
Pero ya no parecían dos desconocidos.
—Ahora…
¡El pastel!
Dos empleados empujaron un enorme pastel de cinco pisos decorado con flores blancas.
Los fotógrafos volvieron a acercarse.
—Aquí, por favor.
Ivonne tomó el cuchillo de plata.
Miró a Ivako.
—Supongo que esto también tiene un protocolo.
—Lo tiene.
—Entonces será mejor no arruinarlo.
Él sostuvo el cuchillo junto a ella.
Entre los dos realizaron el primer corte.
Los aplausos volvieron a llenar el salón.
La pastelera les acercó dos pequeños platos.
—Es tradición que se den el primer bocado.
Ivonne sintió que todas las miradas recaían sobre ellos.
Tomó un pequeño trozo con el tenedor.
—Espero que no le guste demasiado el dulce.
Ivako la observó con curiosidad.
—¿Por qué?
—Porque dicen que algunas novias aprovechan este momento para vengarse.
Él entendió de inmediato.
—¿Lanzando el pastel en la cara del novio?
—Exacto.
—Entonces confío en que hoy no tenga motivos para hacerlo.
Ella sonrió.
—Hoy no.
Le acercó el tenedor y él probó el pastel sin apartar la vista de ella.
Después tomó otro pequeño bocado y se lo ofreció.
Ivonne aceptó.
Los invitados aplaudieron una vez más.
No hubo bromas pesadas.
No hubo intentos de avergonzar al otro.
Solo un gesto sencillo y respetuoso.
Desde una mesa cercana, la abuela de Ivako sonrió satisfecha.
—¿Qué ocurre? —preguntó el señor Volkov.
La anciana sostuvo la taza de té que había pedido en lugar de champagne.
—Míralos bien.
—¿Qué tienen?
—Todavía no están enamorados.
Pero ya comenzaron a tratarse con consideración.
Y eso…
—¿Es suficiente?
La mujer sonrió con la serenidad que daban los años.
—No.
Pero es un comienzo mucho más sólido que muchas historias de amor que he visto.
Al otro lado del salón, sin que ninguno de los dos lo notara, Ivonne e Ivako intercambiaron una mirada breve.
Ya no era una mirada de dos completos desconocidos.
Era la de dos personas que empezaban a descubrir que, tal vez, el otro no era el enemigo que habían imaginado.