Durante cinco años, Isabela soportó en silencio el desprecio, las humillaciones y la frialdad de su esposo Mateo, un poderoso magnate atrapado en la obsesión por una mujer que solo sabía traicionarlo. Isabela entregó su juventud y su corazón para cuidar de su hogar y de su pequeño hijo Mael, pero para Mateo ella nunca fue más que una intrusa.
Cansada de vivir bajo la sombra del dolor, Isabela decide tomar a su hijo, firmar el divorcio y marcharse para siempre. Sin embargo, una tragedia inesperada en la calle apaga sus vidas en un instante, dejando como último eco una dolorosa súplica: "Ojalá jamás te hubiera conocido, Mateo".
Consumido por una culpa devoradora, Mateo comprende demasiado tarde el valor de la mujer que destruyó. Desesperado por reparar sus errores, emprenderá un viaje hasta los confines del mundo, sometiéndose a un sacrificio extremo en un templo milenario para pedir un único milagro: devolver el tiempo.
AUTORA REGISTRADA DE NOVELTOON
Débora Camejo
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8. Capítulo 8
El manual de los suegros y la parrilla del desastre
La permanencia de los padres de Mateo en la mansión Mercier transformó por completo la rutina de la casa. Arturo y Helena no tenían intenciones de marcharse pronto; para ellos, ver a su hijo arrepentido y tratando de enmendar cinco años de frialdad era una misión familiar que requería "supervisión extrema".
Esa tarde, Arturo decidió que era momento de que Mateo demostrara su hombría y su capacidad de atender a su esposa.
—¡Escúchame bien, muchacho! —exclamó Arturo en el jardín, ajustándose un delantal con letras grandes que decían El Rey del Asado—. Las mujeres no se conquistan solo con palabras bonitas. Se conquistan con buena comida y una actitud encantadora. Hoy haremos una parrillada.
—Papá, no creo que sea buena idea —suspiró Mateo, mirando con desconfianza la enorme parrilla de acero—. La última vez que intenté cocinar quemé el pan.
—¡Tonterías! Yo te enseñaré la técnica secreta de los Mercier —dijo Arturo con orgullo, dándole un golpecito en el pecho a su hijo—. Y recuerda el ingrediente clave: tienes que mirarla con coquetería. Haz un guiño elegante cuando le sirvas la carne.
Mientras tanto, en la terraza, Isabela observaba la escena desde lejos mientras tomaba una taza de té junto a Helena. Al ver a Mateo batallar con el carbón, manchándose la camisa de hollín, no pudo evitar fruncir el ceño, aunque la curiosidad la mantenía atenta.
—No le tengas compasión, Isabela —comentó Helena riendo suavemente mientras le daba un sorbo a su bebida—. Tuve que pasar por tres incendios de cocina antes de que Arturo aprendiera a no usar gasolina para encender el fuego. Mateo sacó la misma torpeza de su padre.
—Solo no entiendo qué pretenden —dijo Isabela con sinceridad, bajando la mirada hacia su taza—. Mateo nunca se preocupó por estas cosas. Durante cinco años, ni siquiera sabía a qué hora cenábamos Mael y yo.
—Porque era un tonto cegado por el orgullo, mi niña —respondió Helena con ternura, tomando la mano de Isabela—. Pero mírale la cara ahora. Se está tragando todo su orgullo corporativo solo por sacarte una sonrisa.
En ese momento, una densa nube de humo negro comenzó a salir de la parrilla. Arturo y Mateo corrían de un lado a otro intentando apagar las llamas que amenazaban con derretir los utensilios.
"Cuando el chef de la casa promete una cena de cinco estrellas, pero la alarma de incendios opina lo contrario." 🚨🥩😅
—¡Le echaste demasiado vinagre a la salsa secreta, Mateo! —gritaba Arturo abanicando el humo con un plato.
—¡Tú me dijiste que le pusiera la botella entera, papá! —se defendió Mateo tosendo entre el humo.
Mael, que jugaba cerca con sus juguetes, comenzó a reírse a carcajadas al ver a su papá y a su abuelo corriendo como simios desorientados. Isabela, al ver la imagen de Mateo con la cara llena de tizne, sosteniendo un filete completamente carbonizado que parecía una suela de zapato, no pudo contenerse más y soltó una risa genuina, cristalina y limpia.
Mateo se congeló al escucharla. Se giró hacia la terraza, con la espátula en la mano y el rostro manchado. Al ver a Isabela sonreír de verdad por primera vez en años, sintió que el pecho se le llenaba de una calidez que ninguna fortuna en el mundo podía comprar.
Recordando el "consejo" de su padre, Mateo intentó hacer un guiño coqueto hacia Isabela, pero entre la picazón del humo en los ojos y los nervios, terminó cerrando ambos ojos y haciendo una mueca extraña.
—¿Qué te pasa en la cara, Mateo? —preguntó Isabela entre risas—. Pareces un pirata con un espasmo.
—Es... es mi mirada de galán —respondió Mateo intentando mantener la compostura, aunque él mismo terminó riéndose de su ridículo.
—¡Hijo, estás arruinando el espectáculo! —intervino Arturo dándose una palmadita en la frente—. Isabela, por el bien de la salud de todos, sugiero que pidamos pizza.
Esa noche, sentados en el comedor comiendo pizza en cajas de cartón, la atmósfera fue completamente distinta. Las bromas de Arturo y las anécdotas vergonzosas de la infancia de Mateo contadas por Helena lograron romper el hielo.
A pesar de que el muro alrededor del corazón de Isabela seguía en pie, Mateo sabía que esa noche había logrado hacer una pequeña grieta en su desconfianza. El camino hacia su perdón era largo, pero ver sonreír a su familia le daba todas las fuerzas para no rendirse jamás.