Todos creían que Cynthia tenía una vida perfecta.
Nadie veía los moretones escondidos bajo el maquillaje.
Nadie escuchaba los gritos detrás de las paredes de la mansión.
Durante cinco años soportó golpes, humillaciones y miedo por proteger a su hija. Pero cuando una tragedia destruye lo poco que quedaba de su mundo, comprende que solo tiene dos opciones: quedarse y morir... o escapar.
Lo que Cynthia no sabe es que el hombre al que dejó atrás nunca aceptará perderla.
Y hará cualquier cosa para recuperarla.
Una madre. Una hija. Una huida desesperada. Y una batalla por la libertad que apenas comienza.
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Capítulo 24. La esposa
Lucía llegó temprano, con una bolsa en cada mano y la cara de quien no ha dormido pensando en alguien.
—Dios mío, déjame mirarte. —Soltó las bolsas y abrazó a Cynthia tan fuerte que le sacó el aire—. Estás flaquísima. ¿Dónde te metiste, mujer? Te llamé mil veces. Pensé lo peor.
—Tenía un teléfono nuevo. No podía llamar a nadie, Lucía, era muy riesgoso. —Cynthia se aferró a ella un momento, soltando un poco del peso que cargaba—. Si te llamaba a ti, él te rastreaba. Te lo juro que te pensé todos los días.
—Ya, ya. Lo importante es que estás aquí. —Lucía la soltó y empezó a sacar cosas de las bolsas: ropa limpia, un termo de café, un sándwich envuelto en servilleta—. Toma, come algo, que de seguro no has probado bocado. Te traje también muda limpia, esa que tienes puesta ya camina sola.
Cynthia se rió sin ganas, con los ojos aguados.
—¿Qué pasó, amiga? —Lucía bajó la voz, mirando a la niña dormida—. La nena. ¿Es verdad lo que dicen los médicos?
Cynthia le contó en pocas palabras. La huida, el refugio, la fiebre, el diagnóstico, Alberto apareciendo con sus hombres y llevándose a la niña. Lucía escuchaba con la mano en la boca, negando con la cabeza.
—Tengo que irme antes de que él despierte —dijo Cynthia, mirando el reloj—. Quiere el desayuno servido. Si llego tarde, me lo cobra con la niña.
—Maldito hijo de puta. —Lucía apretó los dientes, pero la agarró del brazo antes de que saliera—. Espera. Una cosa, y óyeme bien. En la mansión está viviendo Valeria.
—Lo sé.
—Entonces sabes lo que te espera. —Lucía la miró fijo—. No te dejes humillar, Cynthia. Por más que esa arrastrada se crea la dueña, y por más que mi mamá la apoye, hay una sola cosa que ni ellas pueden cambiar. Aunque no les gustes, aunque les estorbes, la esposa de Alberto sigues siendo tú. No lo olvides allá adentro.
Cynthia asintió. Se tomó el café en dos sorbos largos, agarró el sándwich, le dio un beso en la frente a su hija dormida, otro a Lucía, y salió comiendo por el pasillo. Llevaba horas sin probar nada, y sabía que iba a necesitar hasta la última gota de fuerza para enfrentar a ese demonio.
En la puerta de la clínica la esperaba el chofer de la mansión, recostado contra el carro.
No la sorprendió. Sabía que Alberto la tenía vigilada, que cada paso suyo iba a estar contado desde ahora. Se subió sin decir palabra y dejó que la llevaran de vuelta al lugar del que había escapado.
Cuando entró a la mansión, Amelia la estaba esperando en el recibidor, y al verla se le llenaron los ojos.
—Niña Cynthia. —La abrazó fuerte, con sus brazos de años—. Mírela, mírela cómo está. Yo sabía que iba a volver, pero no así, no de esta manera.
—Amelia. —Cynthia se dejó abrazar, y por un segundo, en esos brazos, casi se vuelve a sentir persona—. La extrañé.
—Y yo a usted, mi niña. Esta casa sin usted era un cementerio con la nueva reina mandando. —Le habló bajito, apretándole la mano—. Aquí estoy yo. Lo que necesite, usted me dice y yo veo cómo. No está tan sola como cree.
No hubo tiempo para más. Cynthia entró a la cocina, se puso a trabajar, y para cuando Alberto y Valeria bajaron, la mesa estaba puesta, el desayuno servido, el café caliente, y ella de pie a un lado, esperando, como en los viejos tiempos.
Alberto se sentó en la cabecera y la miró.
—Siéntate a mi lado —le dijo a Cynthia.
Valeria, que venía bajando con una bata de seda y cara de dueña, se paró en seco.
—¿Por qué? —Su voz cortó el aire—. Yo no me siento a desayunar con esa mujer en la misma mesa.
—Entonces puedes irte. —Alberto ni la miró. Sacudió la servilleta y se la puso sobre las piernas—. Esa mujer es mi esposa, y madrugó a prepararte el desayuno. Si no te gusta compartir mesa con ella, la puerta es ancha.
Valeria se mordió la lengua. Cynthia vio cómo se le encendía la cara, cómo apretaba el respaldo de la silla con las uñas, cómo se sentaba al fin del otro lado de la mesa lanzándole una mirada que era puro veneno.
Cynthia no entendía nada. Se sentó al lado de Alberto, tiesa, esperando la trampa. El hombre acababa de defenderla a ella por encima de la amante, y eso era tan nuevo, tan fuera de todo lo que conocía de él, que no sabía si agradecerlo o temerlo más. O lo dice en serio, o está actuando como un campeón. Conociéndolo, era lo segundo. Con Alberto, la amabilidad siempre era el envoltorio de algo peor.
El desayuno transcurrió en silencio.
Cynthia casi no comió. Tenía el estómago cerrado y la cabeza en la clínica, en su hija sola con las máquinas, contando los minutos para volver. Movía la comida por el plato sin probarla. Enfrente, Valeria no le quitaba los ojos de encima, y cada mirada era una promesa de algo.
Y entonces Valeria se levantó con su taza, rodeó la mesa para "ir por más café", y al pasar por detrás de Cynthia tropezó con un descuido demasiado perfecto.
El café hirviendo le cayó en las piernas.
Cynthia gritó y se levantó de un salto, con la tela del pantalón quemándole la piel. Pero antes de que pudiera decir nada, antes de que pudiera siquiera mirar a Valeria, Alberto ya estaba de pie.
La bofetada que le dio a Valeria sonó en todo el comedor.
Valeria se llevó la mano a la mejilla, los ojos muy abiertos, sin creerlo. Catalina, que entraba en ese momento, se quedó congelada en la puerta.
—No vuelvas a tocarle un solo pelo a mi esposa. —La voz de Alberto era baja, helada, peor que un grito—. ¿Me entendiste? Esa mujer es mía. Solo yo decido qué se le hace y qué no. Solo yo puedo tocarla. Tú no eres nadie en esta casa para ponerle una mano encima. La próxima vez, te saco a la calle con lo que tengas puesto.
Valeria temblaba de rabia y de humillación, con la marca roja de los dedos en la cara.
Y Cynthia, parada ahí con las piernas ardiéndole y el corazón golpeándole el pecho, se quedó mirando a Alberto sin entender absolutamente nada. Porque el hombre que la había roto a golpes durante cinco años acababa de pegarle a otra por defenderla a ella.
Y eso, de algún modo retorcido que se le revolvió en el estómago, le dio más miedo que todas las palizas juntas.