Mi vida terminó con un susurro roto, traicionada por el hombre que amaba, y mi muerte fue solo el comienzo. Cuando abrí los ojos, el dolor de un pasado ajeno me golpeó, revelando una verdad brutal: no estaba en el cielo ni en el infierno, sino en el cuerpo de Bárbara Drax, una mujer hermosa, manipulable y suicida. Ahora, con una segunda oportunidad y la furia de dos almas, juro que los que tuvieron la osadía de usarnos pagarán por su crimen. El juego acaba de empezar, y esta vez, la reina soy yo.
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¿Qué creen que están haciendo?
Abrí los ojos por un dolor punzante en la cabeza y un vacío en el estómago, pero al intentar reincorporarme, quedé perpleja.
—¿Lucian? —¿Qué hacía él aquí? Mi mente era un torbellino; no tenía recuerdos de que Lucian y Bárbara se llevaran tan bien.
De hecho, la Bárbara original, o al menos la imagen que yo tenía de ella, sentía un profundo… miedo hacia él.
Lucian estaba, con su imponente figura desparramada en una silla junto a mi cama. Su cabeza, con el cabello oscuro ligeramente revuelto, descansaba sobre mi camilla, medio cuerpo inclinado sobre mí como si me protegiera. La imagen era tan incongruente con mis recuerdos que me sentí mareada. ¿Él, durmiendo a mi lado? ¿Con esa… cercanía?
Un ligero movimiento en la silla me indicó que estaba despertando. Sus ojos, antes cerrados, se abrieron lentamente, revelando un tono oscuro y profundo que me hizo contener la respiración. Me miró, una extraña mezcla de alivio y cansancio en su expresión, y antes de que pudiera procesarlo, se incorporó. Se inclinó sobre mí, y un roce suave y cálido en mi frente me dejó helada: un beso. Un beso fugaz, casi imperceptible, pero lo suficientemente real como para hacerme sentir un nudo en el estómago.
—Buenos días, Barbi —murmuró con voz ronca antes de enderezarse y dirigirse hacia la puerta—. Voy por el desayuno. No tardaré.
—¿barbi? ¿Desde cuándo? La confusión me invadió como una marea. Mi cabeza zumbaba con preguntas sin respuesta, cada una más desconcertante que la anterior. ¿Qué significaba ese beso? ¿Esa cercanía? ¿Qué clase de relación tenían en realidad? Todo lo que creía saber se desmoronaba. ¿Acaso los recuerdos que tenía estaban mal? Bárbara necesitó que me dejes ver todos tus recuerdos, no puedo fingir ser tú si me ocultas información.
— Ahhh.— un pequeño dolor de cabeza me invadió, pero no pude recordar nada.
Estaba a punto de hundirme de nuevo en el abismo de mis pensamientos cuando la puerta se abrió, con una vehemencia que me hizo saltar. Los padres de Bárbara entraron como una tempestad.
La sonrisa amable que había estado forzando desapareció de mi rostro. La expresión de mi ahora madre era una furia mal disimulada, mientras mi padre tenía el ceño fruncido.
— ¡Bárbara! ¿Qué demonios hiciste? — La voz de la mujer resonó en la habitación, aguda y llena de reproche. — ¿Cómo pudiste hacernos esto? ¡Piensa en la vergüenza que pasaremos si este escándalo se sabe!
Vaya, a esta mujer solo le importa el qué dirán; pobre de esta niña que creció sin una pizca de amor.
— Tu madre tiene razón. No puedo creer la imprudencia de tus acciones. ¿Qué clase de hija eres para intentar semejante locura? Quieres arruinarnos con tus estupideces. — El hombre que se suponía que era mi padre era peor que la mujer.
Los reproches solo hicieron que me doliera más la cabeza; a estos idiotas no les importó entregar a su propia hija a un desconocido y ahora se atrevían a reclamar… ¡qué descaro! ¿Qué clase de padres eran?
— ¿Mis acciones? ... Mis acciones y las suyas, padre, madre. ¿No tienen nada que decir acerca de sus acciones? — La mirada de mis padres se encontró con la mía, sorprendidos por mi tono; su hija nunca les hubiera reclamado nada, pero yo no era ella.
— Me obligaron a casarme con un hombre al que no quería, al que le tenía… miedo. ¿Acaso eso no cuenta?
El silencio fue tenso. La expresión de mis padres se endureció aún más.
— ¡No te atrevas a hablarle así a tu padre! — espetó mi madre, dando un paso adelante. — ¡Siempre has pensado solo en ti! ¿Crees que esto es fácil para nosotros? ¿Crees que no estábamos pensando en tu futuro? No hay nadie mejor en este país para que sea tu esposo; deberías dar gracias de que te aseguramos un buen respaldo, de que nos preocupamos por ti. Sin nuestro apellido, tu carrera sería un fiasco.
— ¿Mi futuro? — Solté una risa amarga; sí que eran descarados. — Mi futuro me lo forjé yo. Para lo único que me fueron de provecho fue para servirme de fachada, aunque eso se lo debo a mis abuelos, no a ustedes. — Mi voz se quebró; a la verdadera Isabela le estaba doliendo esto, una parte de su existencia aún seguía conmigo. — No quiero volver a verlos. Ni a ustedes, ni a su… “preocupación”.
La mujer jadeó de sorpresa, levantó la mano; el aire vibró con la amenaza de un golpe. Mis ojos se cerraron instintivamente, esperando el impacto.
Pero el impacto nunca llegó. En su lugar, sentí unos brazos fuertes rodearme, atrayéndome contra un pecho firme. Abrí los ojos y me encontré con el pecho ancho de Lucían. Había vuelto.
— ¿Qué creen que están haciendo? — La voz de Lucian era baja, pero tenía una autoridad innegable que hizo que la mujer bajara la mano. Sus ojos, antes fijados en mí con furia, ahora se desviaron hacia él con una mezcla de sorpresa y algo parecido al respeto.
— Bárbara está convaleciente. No la van a alterar de esta manera.
— Lucían, hijo, no te metas. Estamos hablando con nuestra hija. Necesita entender la gravedad de lo que hizo; es nuestro deber como padres reprender sus malas acciones. Si esto se sabe, podría ser perjudicial para ambas empresas.
— Bárbara no se encuentra bien, su salud es muy frágil, no puede sobresaltarse — replicó Lucían, sin soltarme. Su abrazo era extrañamente reconfortante, una barrera protectora entre mis padres y yo. — No voy a permitir que la sigan molestando. Ahora, por favor, salgan. Yo soy el único que puede reprender a mi esposa; ustedes perdieron ese derecho desde que Bárbara se casó conmigo.
Justo en ese momento, la puerta se abrió de nuevo y la figura espigada de mi prima Renata apareció. Siempre la defensora de lo correcto, según ella.
— ¡Tío, tía! ¡Lucian! ¿Qué está pasando aquí? Por favor, Bárbara, no seas tan injusta. Mis tíos solo están preocupados por ti.
El peso de la situación me asqueaba; quería matarla con mis propias manos. Sentí una punzada, un dolor tan fuerte en mi cabeza que me hizo gemir suavemente.
— Me duele la cabeza, Lucian — murmuré.
Lucían me apretó más contra él. Su mirada, antes llena de frialdad hacia mis padres y Renata, se suavizó al posarse en mí. Creo que me estoy volviendo loca.
— Tranquila, Barbi. — Luego, se giró hacia los demás, su voz ahora cargada de una firmeza inquebrantable. — Retírense, no me importará lo que sea que nos una; les haré pagar si mi esposa se descompensa más… Señorita Renata, una cosa más: no vuelva a llamarme por mi nombre, para usted soy el señor Drax.
La mirada de mis padres se endureció; la indignación aún estaba presente en sus rostros, pero la autoridad de Lucian era innegable. Renata, con un suspiro dramático, hizo un gesto de desaprobación. Lentamente, los tres se movieron hacia la puerta, lanzando miradas furtivas antes de desaparecer.
La habitación quedó en silencio, roto solo por mi respiración entrecortada y los latidos del corazón de Lucian contra mi oído. Él me soltó suavemente, ayudándome a recostarme en la almohada.
— ¿Estás bien? — Su voz era suave, preocupada. La confusión volvió a asaltarme; este hombre me volvería loca.
— Sí… gracias — logré decir. El alivio de que se hubieran ido era inmenso. — Lucían, necesitó mi teléfono. Estar incomunicada no me gusta. Tengo que… ver algunas cosas.
Él me miró por un momento, un destello indescifrable en sus ojos. Luego, asintió.
— Está bien. Lo tengo aquí. — Sacó mi teléfono de su bolsillo y me lo entregó. — Pero no te sobre esfuerces, por favor. Necesitas descansar.
Mis dedos se aferraron al objeto familiar. Una pequeña parte de normalidad en este caos.
— No te preocupes — le aseguré, aunque sabía que tenía mucho más que hacer que solo descansar. Necesitaba respuestas.
Lucían se acercó de nuevo y volvió a besarme la frente.
— Tengo que ir a la oficina a resolver unos pendientes para poder tomarme las vacaciones que te prometí. Pero no tardaré en volver. Cualquier cosa, no dudes en llamar a la enfermera.
Antes de que pudiera reaccionar o procesar la implicación de sus palabras, ¿se iba? ¿Me dejaría sola? Él ya estaba en la puerta. Con una última mirada, se despidió y salió, dejándome sola.
Renata