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En la cama del esposo de mi hermana

En la cama del esposo de mi hermana

Status: Terminada
Genre:Romance / Venganza / Dominación / Vientre de alquiler / Romance oscuro / Completas
Popularitas:24.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell

Valentina Reyes ha pasado toda su vida a la sombra de Mariana, la media hermana que le robó su lugar, su apellido y hasta el último recuerdo de su madre.
Cuando Mariana descubre que no puede darle un heredero a su poderoso esposo, obliga a Valentina a hacerse pasar por ella y entrar en la cama de Alejandro Quirós, el magnate más frío y temido de la Ciudad de México. El trato parece sencillo: quedar embarazada, entregar al bebé y desaparecer.
Pero Valentina no piensa obedecer.
De día será Mariana, la perfecta señora Quirós. Entre los sirvientes se ocultará bajo el nombre de Lucero. Y en secreto seguirá siendo Valentina, la mujer dispuesta a recuperar todo lo que su hermana le arrebató.
Solo hay un problema: Alejandro parece conocer cada una de sus máscaras. La observa demasiado, pronuncia su verdadero nombre cuando nadie debería saberlo y la desea como jamás deseó a su esposa.
Valentina creyó que estaba seduciendo al esposo de su hermana.
Lo que todavía no sabe es que Alejandro nunca fue engañado.

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Capítulo 4

Capítulo 4

La abuela quiere bisnietos

El viernes, Bruno informó que Doña Carmen esperaba al señor y a la señora en la Hacienda Quirós para la comida del sábado. Alejandro no discutió.

Mariana la llamó esa noche con instrucciones.

—La abuela se llama Carmen Montero de Quirós, pero todos le dicen Doña Carmen. Le gusta que le digan "abuelita". Quiere bisnietos desde antes de la boda. Alejandro la adora. Es la única persona en este mundo que él respeta de verdad, así que si dices algo fuera de lugar frente a ella, estás muerta.

—Entiendo.

—También va a estar la tía Liliana. No te metas con ella. Es tía política de Alejandro, madre de Lucía. Filosa, y se cree la dueña de la hacienda. Mientras no le des motivos para odiarte, te ignora.

—¿Y si me pregunta algo que no sé?

—Sonríe y cambia de tema. ¿Para eso sí sirves, no?

Colgó.

El sábado a las once, Alejandro manejó una camioneta negra por la autopista hacia Valle de Bravo. En la cabina olía a cuero nuevo y a café. Manejaron una hora sin hablar, con la radio apagada y el ruido sordo de la carretera como única compañía.

La hacienda apareció al final de un camino de terracería bordeado de ahuehuetes. Muros de piedra, un portón de herrería, y un caserón colonial de dos pisos con arcos de cantera rosa y macetas de geranios rojos en cada ventana.

La puerta se abrió antes de que tocaran.

Doña Carmen era más pequeña de lo que esperaba. Menuda, con el pelo blanco recogido en un chongo elegante, aretes de perla, y una sonrisa que le arrugaba toda la cara. Olía a gardenia y a talco.

—¡Llegaron! —Le tomó las dos manos a Valentina y se las apretó con una fuerza que no correspondía a su tamaño—. Mírate, qué guapa. Cada vez que te veo, estás más bonita. Ven, ven, entra.

La jaló hacia adentro sin soltar sus manos. Alejandro las siguió detrás, con las manos en los bolsillos y una expresión que, si Valentina no lo conociera, podría haber confundido con la sombra de una sonrisa.

El comedor olía a mole. La tía Liliana estaba sentada en la cabecera opuesta: pelo corto, entrecano, vestido de lino gris, mirada de francotiradora. Le dio un asentimiento breve a Valentina y volvió a su copa de vino.

—Siéntate aquí, junto a mí —dijo Doña Carmen, señalando la silla a su derecha—. Alejandro, tú al otro lado.

La comida empezó con sopa de tortilla. Doña Carmen le sirvió personalmente.

—Está delicioso, abuelita.

La palabra le salió sin pensarla. Abuelita. La forma en que Mariana le había indicado, pero con un tono que no le pertenecía a Mariana. Más suave. Más real.

Doña Carmen le dio una palmada en la rodilla.

—Qué bueno. Come, come. Estás muy flaca.

Entre el mole y el arroz, Doña Carmen empezó.

—Bueno. —Se limpió la boca con la servilleta y miró a Alejandro—. Ya se casaron y todavía nada. ¿Cuándo me van a dar un bisnieto?

La tía Liliana soltó un bufido que escondió detrás de la copa.

Alejandro cortó un trozo de carne sin levantar la vista.

—Abuela.

—¿Qué? Yo no me voy a morir esperando. —Giró hacia Valentina—. Dile tú. A mí no me hace caso.

Valentina abrió la boca. La cerró. Le salió una sonrisa que era mitad nervio, mitad algo que no supo nombrar.

—Estas cosas llevan tiempo, abuelita.

—¿Tiempo? Yo a tu edad ya tenía dos hijos y un negocio. Lo que ustedes tienen es pereza.

Alejandro levantó la vista del plato. Le lanzó una mirada a Valentina —rápida, medida— y volvió a bajar los ojos.

—El bisnieto llega cuando tenga que llegar. No apures.

—Ya me apuré. —Doña Carmen le señaló con el tenedor—. Si dependo de ti, me muero esperando. Por eso les reservé la suite y mandé té de tila aquella noche. ¿Crees que no sé que solos no iban a dar el paso?

Valentina dejó de masticar.

El té. El fondo amargo del preparado que Mariana le había dado y que ella misma añadió. Doña Carmen no sabía nada de eso.

Doña Carmen la miró sin un gramo de remordimiento.

—No me mires así, mijita. Solo quería que hablaran sin una casa llena de gente alrededor. Y funcionó, ¿o no?

Valentina tragó. Se le calentaron las mejillas. Bajó la vista al plato y asintió sin decir nada.

Después de la comida, Doña Carmen la llevó al patio. Se sentaron bajo el aguacate. El sol de la tarde les calentaba los brazos.

Doña Carmen le tomó la mano.

—Quiero que sepas algo, Mariana. —Le apretó los dedos—. No te casaste solo con mi nieto. Te casaste con esta familia. Y en esta familia, yo cuido a los míos.

Valentina sintió algo aflojarse en el pecho. Un nudo que llevaba años apretado.

Nadie la había mirado así desde que Aurora murió. Nadie le había dicho "yo cuido a los míos" sin que viniera con una condición, una amenaza o un precio.

Se le humedecieron los ojos. Lo disimuló parpadeando, pero Doña Carmen ya lo había visto.

—Ay, niña. —Le pasó la mano por la mejilla—. ¿Quién te hizo tan triste?

—Nadie, abuelita. Es que me recuerdas a alguien.

Doña Carmen le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja y le besó la frente.

Desde la ventana del segundo piso, Alejandro las observaba. Había subido a hacer una llamada, pero el teléfono seguía sin marcar en su mano.

La mujer en el patio se secaba los ojos con el dorso de la mano mientras la abuela de Alejandro le acariciaba el pelo. La escena era simple, cotidiana, el tipo de cercanía que él nunca había visto entre Doña Carmen y Mariana. Mariana sonreía para la foto, daba las respuestas correctas y se retiraba a revisar su teléfono en cuanto la abuela se distraía.

Esta mujer lloraba como si nadie la hubiera tocado con cariño en años.

Alejandro guardó el teléfono en el bolsillo del pantalón. No hizo la llamada.

De regreso, en un tramo recto de la autopista, Alejandro dijo sin girar la cabeza:

—¿Te agrada mi abuela?

—Mucho. —Valentina no dudó—. Es la persona más cálida que he conocido.

Él la miró un segundo. La expresión de su cara cambió un segundo, como si estuviera ajustando algo que ya sabía, pero que no terminaba de cuadrarle.

No dijo más.

A las once de la noche, Valentina estaba en la cama del cuarto de servicio leyendo un manual de protocolo social que Mariana le había dejado, cuando le llegó un mensaje al teléfono de "Mariana".

Alejandro Quirós.

Tres palabras en la pantalla:

"Ven a tocar."

Valentina se sentó en la cama. Releyó el mensaje. Le latía el pulso en las muñecas.

En la residencia de Lomas solo había un instrumento. Un arpa que Valentina había visto en la sala del segundo piso el primer día, cubierta con una funda de terciopelo. Nana le había dicho que era de la difunta madre de Alejandro, y que nadie la tocaba.

Nadie la tocaba.

Valentina se puso una bata sobre el pijama. Subió las escaleras descalza, pisando el mármol frío con los dedos apretados.

La puerta del estudio estaba abierta. La luz de adentro era tenue, cálida, como de lámpara de mesa. Alejandro estaba sentado en el sillón de cuero junto a la ventana, con un vaso de agua en la mano y la corbata aflojada.

La miró cuando entró.

—¿Sabes tocar?

Valentina se detuvo junto al arpa. Pasó los dedos por la funda de terciopelo. Debajo, las cuerdas vibraron apenas, como si el instrumento le respondiera al tacto antes de que ella lo pidiera.

—Sí.

Él señaló el arpa con la barbilla.

—Toca.

Seducirlo había sido una transacción. Llevarle café, un cálculo. Esto se sentía distinto y no sabía cómo clasificarlo.

Se sentó. Descubrió el arpa. Acomodó el instrumento contra su hombro, ajustó la posición de las manos, y tocó la primera nota.

El sonido llenó el estudio como agua llenando un vaso vacío. Limpio, redondo, con un temblor que se sostenía en el aire tres segundos antes de desvanecerse.

Tocó una pieza que su madre le había enseñado cuando tenía siete años. No recordaba el nombre. Recordaba las manos de Aurora guiando las suyas sobre las cuerdas, la voz baja diciéndole "más suave, mija, deja que la nota respire."

No cerró los ojos. Miró al frente, hacia la ventana oscura, y dejó que los dedos hicieran lo que sabían hacer.

Cuando terminó, el silencio que siguió era distinto al de antes. Más denso. Como si algo hubiera cambiado de lugar en la habitación y ninguno de los dos quisiera señalarlo.

Alejandro dejó el vaso en la mesa. La miró durante un tiempo que se sintió más largo de lo que probablemente fue.

—Mañana a la misma hora —dijo.

Y se levantó.

Valentina se quedó sola en el estudio con las manos sobre las cuerdas y el pulso retumbándole en los oídos.

1
Elizabeth Del Valle Romero
no me gustó el final 😔
Dorkis Huerta
Buenas noches.
neumidia ruiz
te felicito escritora me encantó la narración, la trama fue distinta a tantas otras que he leído, me fascinó los personajes de los protagonistas
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