La historia sigue a Lucía, una mujer cuya vida aparentemente feliz se derrumba al descubrir los secretos, mentiras y traiciones de Mateo. Entre conspiraciones, pérdidas familiares, persecuciones y dolor, deberá enfrentar su pasado, recuperar su identidad y aprender que sobrevivir no significa olvidar, sino elegir nuevamente vivir con libertad y esperanza.
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CAPÍTULO 9 EL DÍA QUE DEBÍA SER PERFECTO
A las seis y diez de la mañana, Lucía seguía mirando el vestido.
No había dormido prácticamente nada.
Había pasado la madrugada escuchando los pequeños ruidos de la casa, esperando que alguien se levantara, que ocurriera algo, que Mateo llamara nuevamente.
Pero no pasó nada.
Solo llegó el amanecer.
Y con él, la obligación de tomar una decisión.
El mensaje de Mateo continuaba en la pantalla de su teléfono.
“No vengas mañana. No puedo salvarte si estás ahí.”
Lucía lo había leído tantas veces que las palabras comenzaban a perder significado.
No vengas.
No puedo salvarte.
Salvarte.
¿Por qué hablaba así?
¿Qué sabía Mateo que ella no sabía?
¿Por qué, después de seis años, había decidido desaparecer precisamente el día de su boda?
¿Por qué había permitido que ella llegara hasta ese momento?
Las preguntas se amontonaban en su cabeza.
Pero había una todavía más dolorosa.
¿Por qué una parte de ella todavía quería verlo?
Lucía dejó el teléfono sobre la mesa.
Miró su vestido.
Lo tocó suavemente.
Después respiró.
—Hoy voy a saber la verdad.
No sabía si aquella frase era una promesa o una mentira que se estaba diciendo a sí misma.
A las seis y cuarenta, Teresa entró en la habitación.
Se detuvo en la puerta.
Lucía estaba sentada frente al espejo.
Tenía el cabello suelto y el rostro pálido.
—¿No dormiste?
Lucía negó con la cabeza.
Teresa cerró la puerta detrás de ella.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después se acercó.
—Todavía puedes cancelar todo.
Lucía miró su reflejo.
—Lo sé.
—No tienes que demostrarle nada a nadie.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué sigues aquí?
Lucía bajó la mirada.
—Porque quiero verlo.
Teresa respiró profundamente.
—¿Para qué?
—Para saber por qué.
—¿Y si no viene?
Lucía cerró los ojos.
Aquella posibilidad era la que más miedo le daba.
—Entonces terminaré de entenderlo.
Teresa se sentó junto a ella.
—Hija.
—¿Sí?
—No quiero que vayas.
Lucía la miró.
Su madre tenía los ojos llenos de preocupación.
—Tengo miedo.
—Yo también.
—Entonces no vayas.
Lucía tomó su mano.
—Mamá, si me quedo aquí voy a pasar el resto de mi vida preguntándome qué habría ocurrido.
—Y si vas, quizá te ocurra algo.
Silencio.
Lucía sintió un nudo en la garganta.
Teresa continuó:
—No me importa la boda.
—Lo sé.
—No me importa lo que piensen los invitados.
—Lo sé.
—No me importa cuánto dinero perdamos.
—Lo sé.
—Me importas tú.
Lucía cerró los ojos.
—También me importa mi vida.
—Entonces protégela.
La frase quedó entre ambas.
Lucía miró el vestido.
—Voy a ir.
Teresa bajó la cabeza.
—Entonces yo voy contigo.
Lucía la miró sorprendida.
—No.
—Sí.
—Mamá...
—No vas a enfrentar esto sola.
Lucía sintió que las lágrimas comenzaban a caer.
La abrazó.
—Te quiero.
—Yo también.
Permanecieron abrazadas durante varios segundos.
Ninguna sabía que esa sería una de las últimas mañanas en las que todavía podían pensar que su mayor problema era una boda que podía cancelarse.
A las siete y media, la casa comenzó a llenarse de movimiento.
Diego salió de su habitación.
Llevaba un traje que le quedaba ligeramente grande.
—¿Qué tal? —preguntó.
Lucía lo miró.
—Pareces vendedor de seguros.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo acepto.
Diego sonrió.
Después vio el rostro de su hermana.
La sonrisa desapareció.
—¿Estás bien?
Lucía asintió.
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
—Estás mintiendo.
Lucía lo miró.
—¿Desde cuándo todos me conocen tanto?
—Desde que eres mi hermana.
Diego se acercó.
—¿Él te llamó?
Lucía negó.
—Solo mandó un mensaje.
—¿Qué dijo?
Ella dudó.
Después le mostró la pantalla.
Diego leyó.
Sus ojos se abrieron.
—¿Y todavía vas a ir?
Lucía asintió.
—Sí.
—Estás loca.
—Probablemente.
—No es una broma.
—Ya lo sé.
Diego guardó silencio.
—Entonces voy contigo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque vas a quedarte con mamá.
—Lucía...
—Necesito que alguien esté aquí por si ocurre algo.
Diego la miró fijamente.
—No confías en que él aparezca.
Lucía bajó la mirada.
—No sé si va a aparecer.
Aquella fue la primera vez que lo dijo en voz alta.
No sé si va a aparecer.
Y cuando lo dijo, la realidad pareció hacerse más pesada.
A las nueve de la mañana llegó la maquilladora.
Luego la peluquera.
Después una amiga de Teresa.
Una prima.
Dos vecinas.
La casa comenzó a llenarse de voces.
Había perfume.
Laca para el cabello.
Risas nerviosas.
Bolsas.
Zapatos.
Cajas.
Teléfonos sonando.
Lucía permanecía sentada mientras una mujer le arreglaba el cabello.
—No se mueva.
—Estoy intentando.
—Está muy tensa.
Lucía sonrió débilmente.
—Lo siento.
—Es normal.
La mujer continuó trabajando.
Teresa entraba y salía de la habitación.
Diego iba de un lado a otro.
Y, poco a poco, la casa se transformó en lo que debía ser.
Una casa de novia.
Una casa de celebración.
Una casa feliz.
Pero Lucía sentía que estaba viviendo dentro de una mentira.
Cada vez que alguien sonreía, se preguntaba cuánto tardaría esa sonrisa en desaparecer.
Cada vez que alguien decía “qué bonita”, pensaba en el mensaje de Mateo.
Cada vez que alguien mencionaba la palabra “esposo”, sentía un vacío.
No sabía si él llegaría.
No sabía si estaba vivo.
No sabía si la estaba protegiendo o abandonando.
No sabía nada.
A las diez y media, llegó un mensaje de la iglesia.
El sacerdote preguntaba si todo seguía en pie.
Teresa miró a Lucía.
—¿Qué respondo?
Lucía respiró.
—Que sí.
Teresa frunció el ceño.
—¿Segura?
Lucía asintió.
—Sí.
Teresa respondió.
Luego dejó el teléfono.
—No tienes que hacerlo.
Lucía la miró.
—Necesito llegar hasta el final.
—¿Hasta el final de qué?
Lucía bajó la mirada.
—De la verdad.
A las once, llegó el fotógrafo.
Era un hombre joven.
Entró con varias cámaras y una mochila.
—Buenos días.
Todos lo recibieron.
—¿La novia?
Lucía levantó la mano.
—Aquí.
El fotógrafo sonrió.
—Vamos a hacer unas fotos antes de salir.
Lucía asintió.
La colocaron frente a una pared clara.
Le pidieron que sonriera.
Ella lo hizo.
—Un poco más.
Sonrió más.
—Perfecto.
Flash.
Otra.
Flash.
La fotografía capturó a una mujer hermosa.
El vestido.
El cabello.
La mirada tranquila.
Nadie habría imaginado lo que ocurría detrás de ella.
Ni siquiera el fotógrafo.
—Ahora una con la mamá.
Teresa se acercó.
Lucía la abrazó.
Flash.
Otra.
Teresa la miró.
Flash.
—Mírense.
Las dos sonrieron.
Flash.
Y después una fotografía con Diego.
Él fingió seriedad.
Lucía comenzó a reír.
—No puedo contigo.
Flash.
Otra.
Esa fotografía quedó perfecta.
Los dos sonriendo.
Sin saber que en pocas horas ninguno volvería a sonreír de la misma manera.
Al mediodía, Roberto recibió una llamada.
Se alejó de todos.
Lucía lo observó.
Su padre hablaba en voz baja.
Después guardó el teléfono.
Su expresión había cambiado.
Ella se acercó.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Papá.
Roberto la miró.
—Fue un número desconocido.
Lucía sintió un escalofrío.
—¿Qué dijeron?
—Nada.
—¿Cómo que nada?
—Preguntaron si esta era tu casa.
Lucía sintió que la sangre se le enfriaba.
—¿Y qué dijiste?
—Que sí.
Teresa se acercó.
—Roberto.
—¿Por qué hiciste eso?
—No iba a mentir.
Lucía miró a ambos.
—Quizá no debiste contestar.
Roberto tomó su mano.
—Por eso te digo que no deberías ir.
Lucía no respondió.
El miedo comenzaba a entrar en la casa.
Ya no era solamente suyo.
Ahora había alcanzado a su padre.
A la una de la tarde, nadie había recibido noticias de Mateo.
La familia del novio había enviado algunos mensajes.
Preguntaban si todo estaba listo.
Nadie parecía saber dónde estaba.
Lucía llamó a la madre de Mateo.
Ella respondió después de varios tonos.
—Hola, hija.
—Señora Elena.
—¿Cómo estás?
Lucía guardó silencio.
—¿Sabe dónde está Mateo?
Hubo una pausa.
Demasiado larga.
—No.
Lucía sintió una presión en el pecho.
—¿No sabe?
—Me dijo que tenía asuntos pendientes.
—¿Desde cuándo?
—Hace dos días.
Lucía apretó el teléfono.
—¿Estaba preocupado?
—Sí.
—¿Por qué?
Elena dudó.
—No me dijo.
—¿Le habló de alguien?
—No.
—¿De Esteban Ferrer?
El silencio al otro lado fue tan evidente que Lucía sintió un golpe en el estómago.
—¿Quién te habló de ese nombre?
Lucía cerró los ojos.
—Entonces lo conoce.
—Lucía...
—¿Qué sabe?
Elena comenzó a llorar.
—No sé nada.
—Por favor.
—No puedo ayudarte.
—Señora Elena...
—Perdóname.
La llamada terminó.
Lucía quedó inmóvil.
Teresa tomó el teléfono.
—¿Qué pasó?
Lucía la miró.
—Ella conoce el nombre.
—¿Esteban?
Lucía asintió.
—Sí.
Teresa cerró los ojos.
—Entonces Mateo no estaba exagerando.
A las dos, la comida estaba lista.
Los invitados comenzarían a llegar en menos de una hora.
Lucía se encontraba frente al espejo.
El vestido ya estaba puesto.
La vendedora había tenido razón.
Le quedaba perfecto.
La falda caía suavemente.
Las mangas cubrían sus brazos.
La cintura estaba ajustada.
Su cabello estaba recogido parcialmente.
Había un pequeño broche.
Nada demasiado elegante.
Exactamente lo que había querido.
Teresa entró.
Se quedó mirándola.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Lucía sonrió.
—No llores.
—No puedo.
—Arruinarás el maquillaje.
Teresa se rio entre lágrimas.
—Eres hermosa.
Lucía se miró.
Por primera vez ese día sintió algo parecido a tranquilidad.
No felicidad.
Pero sí una extraña calma.
—¿Sabes qué pienso?
—¿Qué?
—Pase lo que pase, quiero recordarme así.
Teresa frunció el ceño.
—¿Así cómo?
—Como hoy.
—¿Por qué dices eso?
Lucía sonrió.
—Porque nunca se sabe cuándo un momento puede convertirse en un recuerdo.
Teresa se acercó.
—No hables así.
Lucía la abrazó.
—Solo quiero que estés bien.
—Tú también.
A las tres de la tarde comenzaron a llegar los primeros invitados.
Los autos estacionaban frente a la casa.
Las mujeres entraban con vestidos elegantes.
Los hombres con camisas y trajes.
Los niños corrían.
Los familiares preguntaban por la novia.
La música comenzó a sonar.
La gente sonreía.
Y Lucía permanecía en su habitación.
Cada cinco minutos alguien le decía:
—Está todo listo.
Ella respondía:
—Gracias.
Pero una pregunta se repetía dentro de su cabeza.
¿Dónde está Mateo?
A las tres y veinte llamó nuevamente.
Nada.
Tres y cuarenta.
Nada.
A las cuatro menos diez.
Nada.
El teléfono continuaba apagado.
—Es hora.
La coordinadora de la ceremonia llegó a la habitación.
—¿Está lista?
Lucía la miró.
—Sí.
—Hay que salir en unos minutos.
Lucía asintió.
La mujer se marchó.
Teresa entró.
—¿Lista?
Lucía respiró.
—No.
Teresa tomó su mano.
—Entonces podemos irnos.
Lucía cerró los ojos.
Pensó en Mateo.
Pensó en los seis años.
Pensó en la primera vez que lo vio.
En las impresiones.
En la primera cita.
En el primer beso.
En el anillo.
En la propuesta.
En la fotografía.
En todo.
Y después recordó la voz de él.
“Si sigues conmigo, vas a morir.”
Abrió los ojos.
—Vamos.
El automóvil esperaba afuera.
Lucía subió.
Teresa entró con ella.
Roberto y Diego irían detrás.
El conductor cerró la puerta.
Lucía miró por la ventana.
El barrio estaba lleno de personas.
Algunos vecinos salieron a verla.
Una niña levantó la mano.
Lucía sonrió.
Por un momento pensó que todo aquello era hermoso.
Demasiado hermoso.
Y eso le produjo tristeza.
Porque había algo en ella que sabía que aquella sería la última vez que caminaría por aquellas calles sintiendo que pertenecían completamente a su vida.
La iglesia estaba decorada con flores blancas.
No eran muchas.
Pero eran suficientes.
Las bancas estaban llenas.
La familia de Lucía ocupaba las primeras filas.
Algunos amigos hablaban en voz baja.
Había música.
El sacerdote esperaba.
Todo estaba preparado.
Excepto el novio.
Lucía permaneció dentro del automóvil unos segundos.
—¿Qué hago? —preguntó.
Teresa tomó su mano.
—Lo que tú quieras.
Lucía miró hacia la puerta de la iglesia.
—¿Y si no está?
Nadie respondió.
La puerta se abrió.
La música comenzó.
Lucía bajó del automóvil.
Varias personas se giraron.
Algunos sonrieron.
Otros comenzaron a tomar fotografías.
Ella caminó lentamente.
Su padre la esperaba.
Roberto le ofreció el brazo.
Lucía lo tomó.
—¿Estás bien?
Ella respondió:
—No.
Roberto la miró.
—Entonces apriétame el brazo.
Lucía lo hizo.
Caminaron.
Cada paso era difícil.
Uno.
Dos.
Tres.
El sonido de sus zapatos contra el piso parecía demasiado fuerte.
Los invitados la observaban.
Algunos lloraban.
Teresa estaba en la primera fila.
Diego estaba a su lado.
Y, al final del pasillo...
No había nadie.
El altar estaba vacío.
El sacerdote esperaba.
La música continuaba.
Lucía se detuvo.
Roberto sintió cómo su brazo temblaba.
—No está —susurró.
—Lo sé.
Lucía levantó la mirada.
La iglesia entera parecía contener la respiración.
Nadie sabía qué hacer.
El sacerdote se acercó.
—Señorita Lucía...
Ella no respondió.
Miró hacia la puerta principal.
Esperó.
Quizá Mateo aparecería.
Quizá entraría corriendo.
Quizá explicaría todo.
Quizá diría que había ocurrido un problema.
Quizá todavía había una explicación.
Pasaron treinta segundos.
Un minuto.
Dos.
Nada.
Entonces el teléfono de Lucía vibró.
Todos los sonidos parecieron desaparecer.
Sacó el teléfono.
Había recibido un mensaje de un número desconocido.
Lo abrió.
Solo decía:
“No es Mateo a quien debes esperar.”
Lucía sintió que el cuerpo se le paralizaba.
Llegó otro mensaje.
“Mira detrás de ti.”
Lucía no quería hacerlo.
Pero lo hizo.
Miró hacia la parte trasera de la iglesia.
Había un hombre entre los invitados.
No lo conocía.
Vestía traje oscuro.
Permanecía inmóvil.
La observaba.
Cuando sus miradas se cruzaron, el hombre salió de la iglesia.
Lucía sintió un miedo profundo.
—Papá.
Roberto se acercó.
—¿Qué pasa?
—Ese hombre.
Roberto miró hacia atrás.
—¿Cuál?
Pero ya no estaba.
La ceremonia se detuvo.
Los invitados comenzaron a murmurar.
El sacerdote pidió calma.
Lucía no escuchaba.
Solo pensaba en Mateo.
En el mensaje.
En los documentos.
En Esteban.
En la fotografía.
En Valentina.
En la amenaza.
Algo terrible estaba ocurriendo.
Y estaba ocurriendo allí.
El día de su boda.
En el lugar donde había imaginado comenzar su vida.
Entonces un automóvil se detuvo bruscamente frente a la iglesia.
Varias personas miraron hacia afuera.
Se escucharon gritos.
El vehículo se alejó inmediatamente.
Lucía permaneció inmóvil.
—¿Qué fue eso? —preguntó Teresa.
Nadie respondió.
El conductor del automóvil de Lucía se acercó corriendo desde el exterior.
—Señor, señora...
Roberto lo miró.
—¿Qué pasó?
El hombre tenía el rostro pálido.
—Encontraron un automóvil abandonado a unas calles.
Lucía sintió una presión en el pecho.
—¿De quién?
El hombre negó con la cabeza.
—No lo sé.
Entonces su teléfono comenzó a sonar.
Esta vez no era un mensaje.
Era una llamada.
El número era desconocido.
Lucía miró la pantalla.
Contestó.
—¿Sí?
No escuchó inmediatamente una voz.
Solo respiración.
Después alguien dijo:
—Lucía.
Ella reconoció la voz.
Era Mateo.
—¿Dónde estás?
—Escúchame.
—¿Dónde estás?
—No salgas de la iglesia.
—¿Por qué?
—Porque te están buscando.
Lucía comenzó a llorar.
—Mateo, ¿dónde estás?
—No puedo decirte.
—¡Dímelo!
—Lo siento.
—¿Dónde estás?
Hubo una pausa.
Y entonces él dijo:
—Si algo me pasa, busca la caja azul.
Lucía sintió que el corazón se detenía.
—¿Qué caja?
Pero la llamada se cortó.
Lucía intentó volver a llamar.
El teléfono estaba apagado.
—¿Mateo? —murmuró.
Nadie respondió.
Roberto se acercó.
—¿Qué dijo?
Lucía no podía hablar.
Teresa la abrazó.
—Hija.
Finalmente logró decir:
—Está en peligro.
A las cinco y doce de la tarde, la boda ya no existía.
No hubo ceremonia.
No hubo votos.
No hubo beso.
No hubo esposo.
Solo confusión.
Familiares saliendo.
Invitados murmurando.
Algunas personas llamando.
Otros preguntando qué ocurría.
La música había dejado de sonar.
Las flores seguían allí.
El altar también.
Pero todo lo que representaban se había convertido en algo vacío.
Lucía permaneció sentada en una banca.
Todavía vestía de novia.
Su rostro estaba lleno de lágrimas.
Teresa estaba junto a ella.
Roberto hablaba con alguien afuera.
Diego llamaba repetidamente a Mateo.
Nadie respondía.
Y entonces llegó la noticia.
No por un mensaje.
No por una llamada.
Sino por el sonido de varias sirenas acercándose.
Los vehículos se detuvieron frente a la iglesia.
Dos policías entraron.
Uno preguntó:
—¿Lucía Andrade?
Ella levantó la mirada.
—Sí.
El policía se acercó.
—Necesitamos hablar con usted.
Lucía sintió que algo terrible había ocurrido.
—¿Por qué?
El policía dudó.
—Encontramos un vehículo.
—¿De quién?
El hombre respiró.
—Está registrado a nombre de Mateo Salazar.
Lucía sintió que el mundo se detenía.
—¿Dónde está él?
El policía la miró.
No respondió inmediatamente.
Y ese silencio fue suficiente.
Lucía se puso de pie.
—¿Dónde está Mateo?
El policía bajó la mirada.
—Necesitamos que venga con nosotros.
—¿Está vivo?
El silencio volvió.
—¡¿Está vivo?!
Teresa la sostuvo.
El policía finalmente habló.
—Señora...
Una pausa.
—Encontramos sangre dentro del vehículo.
Lucía sintió que las piernas le fallaban.
—No.
—Todavía no sabemos...
—No.
—Tenemos que hacerle unas preguntas.
—No.
Lucía empezó a retroceder.
—No.
Miró hacia el altar.
Luego hacia la puerta.
Después hacia su familia.
Y finalmente hacia el vestido que había elegido para comenzar una vida.
Ahora estaba cubierto de lágrimas.
Y, mientras las sirenas continuaban sonando afuera, Lucía entendió que aquel día no había terminado con una boda cancelada.
Había comenzado algo mucho peor.
Algo que todavía no comprendía.
Algo de lo que ya no podría escapar.
Porque el hombre que había amado durante seis años había desaparecido.
Y en su lugar había dejado preguntas.
Documentos.
Amenazas.
Una mujer llamada Valentina.
Un hombre llamado Esteban.
Una caja azul.
Y una vida que, en cuestión de horas, había dejado de parecerle suya.
Todavía no sabía que esa noche no dormiría en su casa.
Todavía no sabía que al día siguiente su fotografía aparecería junto a noticias sobre la desaparición de Mateo.
Todavía no sabía que algunos ojos comenzarían a mirarla como sospechosa.
Todavía no sabía que las personas que habían amenazado a Mateo ahora comenzarían a buscarla directamente.
Y tampoco sabía que, dentro de pocas horas, el hombre que había esperado en el altar aparecería muerto.
Pero una cosa ya había cambiado para siempre.
Lucía había llegado a la iglesia creyendo que estaba a punto de descubrir la verdad sobre su novio.
Saldría de allí convertida en una mujer cuya vida acababa de ser arrancada de sus manos.
El día que debía ser perfecto había terminado.
Y la tragedia acababa de comenzar.