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Prometida con un Salvatierra, deseando al otro

Prometida con un Salvatierra, deseando al otro

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Reencuentro / Dejar escapar al amor / Hija rica en bancarrota / Romance oscuro / Completas
Popularitas:9.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Estoy comprometida con Sebastián Salvatierra. El problema es que el único hombre que todavía sabe cómo hacerme perder el control es Gael, su medio hermano… y mi exnovio.
Tres años atrás abandoné a Gael sin despedirme y desaparecí de su vida. Creí que un heredero como él no tardaría en olvidarme.
Me equivoqué.
Para pagar el tratamiento de mi abuela, acepté un compromiso por conveniencia con Sebastián Salvatierra. No había amor entre nosotros, solo un acuerdo que beneficiaba a nuestras familias. Todo debía ser sencillo.
Hasta que Gael regresó de Estados Unidos la noche de nuestra fiesta de compromiso.
Ahora estudia en mi universidad, controla cada lugar al que intento escapar y disfruta llamándome cuñadita mientras se acerca demasiado. Dice que solo quiere vengarse por haberlo abandonado, pero sus manos, sus celos y la forma en que todavía recuerda cada reacción de mi cuerpo cuentan una historia diferente.
Sé que debería mantenerme lejos.
Sé que pertenece a la misma familia del hombre con quien voy a casarme.
Pero cada vez que Gael me toca, recuerdo que antes de convertirme en la prometida de un Salvatierra, fui completamente suya.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Capítulo 6

—¿De verdad la llamó “cuñadita”? Gael Salvatierra está loco.

—Mi hermano conoce a Sebastián. Dice que ni él se toma en serio ese compromiso, que solo está jugando con ella. ¿Y si Valeria está aprovechando la situación para acercarse a Gael?

—¿A quién le importa? ¿Vieron lo guapo que se veía cuando inclinó la cara hacia ella? Casi me desmayo.

Los comentarios y chillidos se multiplicaron a nuestra espalda.

No tuve tiempo de reaccionar. Gael me aferró por la muñeca y me llevó detrás de él.

Una puerta se cerró de golpe.

No sabía en qué oficina habíamos entrado.

Gael se remangó con calma y avanzó hasta acorralarme contra la pared.

—Según recuerdo, ni siquiera estás inscrita en esta optativa —dijo con un peligroso brillo en los ojos—. ¿También viniste solo para ver a Mateo?

No tenía adónde huir.

—La profesora Galván es excelente. Como hoy no tenía que cuidar a mi abuela, pensé que podía escuchar su clase.

—Ah…

Alargó la respuesta. En realidad, solo buscaba un pretexto para ponerse celoso y conseguir que yo lo contentara.

La comisura de sus ojos se curvó.

—Entonces dime, ¿quién es más guapo: Mateo o tu novio?

Mi rostro se calentó al verlo acercarse.

—Tú… Tú eres más guapo.

—¿Y quién soy yo?

Me tendía una trampa palabra por palabra.

—Mi… mi novio.

Bajé la cabeza, completamente roja. Mi voz había sido muy suave, pero Gael oyó cada sílaba.

El elogio consiguió exactamente lo que él quería.

Acarició mis labios con el pulgar y ordenó desde lo alto:

—Bésame.

Era una de las condiciones acordadas la noche anterior: tendría citas con él, lo besaría y también me acostaría con él.

Sabía que el acuerdo no me dejaba espacio para negarme.

Levanté los ojos y caí en aquella mirada cargada de deseo. El azul se había oscurecido hasta volverse profundo, hipnótico.

—Inclínate un poco…

Mi propia voz ronca me sorprendió.

Gael sonrió, me rodeó la cintura con un brazo y me levantó con facilidad. Dio media vuelta y me sentó sobre el escritorio. Después apoyó las manos a ambos lados de mis piernas, encerrándome entre su cuerpo y sus brazos.

—¿Te gusta más así, bebé?

Acarició mi mejilla acalorada. El paso de sus dedos encendió un estremecimiento que recorrió mi cuerpo.

Entrecerré los ojos. De mis labios escapó un sonido suave.

—Sí… Me gusta.

Aquella posición me hacía sentir protegida. Gael era quien se inclinaba y bajaba la cabeza, mientras yo quedaba resguardada entre sus brazos.

—Entonces, ¿mi princesa quiere darme un beso? —pidió con voz grave.

—Mmm.

Rodeé su cuello y levanté el rostro hasta encontrar sus labios.

No era muy buena besando.

Mordisqueé su boca con movimientos torpes y hasta olvidé cerrar los ojos. Estaba avergonzada, pero me esforzaba de verdad.

Gael respondía de vez en cuando. En sus ojos había una sonrisa cálida y satisfecha.

—Qué dulce.

Ni siquiera había perdido el aliento.

—Tus labios son suaves como una gomita de fresa, preciosa.

Volvió a inclinarse y me robó otro beso.

Mis pestañas temblaron. El pecho subía y bajaba con rapidez. El elogio me hizo sentir todavía más avergonzada.

—Tú… tú también eres dulce.

Solo intentaba ser amable.

La respuesta pareció hacerle demasiada gracia. Gael apoyó la frente en mi hombro y comenzó a reír hasta que todo su cuerpo tembló.

—¡No te burles de mí!

Le di un golpe ligero en el hombro.

—Ya sé que beso mal. Si sigues riéndote, no volveré a besarte.

—Está bien, está bien.

Aceptó de palabra, aunque la sonrisa seguía instalada en sus ojos.

—No me estoy burlando. Ven, déjame enseñarte.

Me levantó la barbilla y volvió a besarme.

Esta vez no fue brusco. Movió los labios con una ternura lenta, guiándome para que siguiera su ritmo.

Cada vez que yo comenzaba a corresponderle, Gael retrocedía con astucia. Esperaba hasta dejarme impaciente, buscando su boca, y solo entonces profundizaba el beso con una risa baja.

Me acercaba y se retiraba.

Era perverso hasta para enseñar a besar.

La campana que anunciaba el final de la clase irrumpió en la oficina.

Recuperé la razón y lo empujé cuando volvió a inclinarse sobre mí.

—Tenemos que parar. Alguien podría encontrarnos.

Su respiración pesada me rozó el rostro. El pecho de Gael subía y bajaba mientras me acariciaba el cabello.

—Está bien.

Sabía cuándo detenerse. Si asustaba demasiado a su pequeña fugitiva, quizá la próxima vez ella no le permitiría besarla.

—Vigila la puerta. Tengo que arreglarme la ropa.

Yo acababa de darle una orden al heredero más indomable de los Salvatierra.

—Claro.

Gael obedeció sin protestar y se colocó junto a la puerta.

Ya se oían voces y pasos en el corredor. Me apresuré a alisar la ropa que él había arrugado y toqué con cuidado mis labios hinchados.

Me quité la diadema y utilicé el cabello suelto para ocultar las marcas de beso en el cuello.

—¿Crees que se note algo?

Una emoción clandestina y peligrosa comenzó a latirme en el pecho.

Gael se veía completamente tranquilo. Curvó los labios y me aseguró:

—No se nota nada.

En realidad, nadie se atrevería a comentar en voz alta un escándalo relacionado con él.

Respiré aliviada y caminé hasta la puerta.

—Por fin tenía tiempo para asistir a una clase de la profesora Galván y me la perdí.

—¿Te gusta tanto su trabajo?

—Claro. Es mi pintora favorita.

En cuanto comencé a hablar de ella, olvidé por completo la vergüenza anterior.

La belleza era el menos importante de los talentos de Lucía Galván. Se hizo famosa muy joven: a los dieciséis años, una de sus obras postimpresionistas se vendió por más de cinco millones de pesos. La llamaron prodigio y las mejores universidades quisieron reclutarla.

Nadie imaginó que, años después, su padre perdería todo apostando y, cuando Lucía tenía veintiuno, la entregaría a la familia Santillán para pagar sus deudas.

—¿Sabes quién compró aquel cuadro? —preguntó Gael.

—¿Quién?

Él bajó la mirada y sacudió la cabeza. Había una emoción que no conseguí interpretar.

—No lo sé.

Lo que yo ignoraba era que Gael sí conocía la respuesta.

Mateo Santillán.

Si Mateo no hubiera elevado deliberadamente el precio, tal vez Lucía nunca se habría convertido en la joven genio celebrada por toda la ciudad. Y si el padre de Mateo no hubiese encontrado aquella pintura en su casa, quizá jamás habría reparado en su bellísima autora ni se habría obsesionado con poseerla.

Era una herida que Mateo llevaba clavada desde entonces.

Gael lo sabía, pero no tenía motivos para contarme un secreto que no le pertenecía. Se limitó a acariciarme la cabeza.

—Si la admiras tanto, puedo pedirle que te dé clases privadas.

Mis ojos se abrieron de par en par. Le tomé la mano sin pensar.

—¿En serio? ¿No sería abusar de su tiempo?

El calor de mis dedos pareció dejarlo aturdido durante un instante.

—En serio. Nunca te miento.

Todo lo que su princesa deseara, Gael quería entregárselo con sus propias manos.

Giró la perilla y abrió la puerta.

Lucía y Mateo estaban justo enfrente.

La profesora frunció ligeramente el ceño al encontrar a dos estudiantes dentro de su oficina. Conocía a ambos: él era el medio hermano de Sebastián y yo, la prometida que Sebastián acababa de presentar en sociedad.

Resultaba fácil imaginar lo que había sucedido detrás de aquella puerta cerrada.

Lucía soltó una risa irónica. Gael era amigo de Mateo; no debía sorprenderle que los dos compartieran la misma falta de escrúpulos.

—Profesora Galván —la saludé con toda la admiración que sentía.

—Hola, Valeria.

Me respondió con una sonrisa cortés. Al parecer ya había oído que yo era una alumna aplicada.

Gael intercambió una mirada con Mateo. Los dos conocían demasiado bien los deseos prohibidos del otro.

Ignorando la señal con la que Mateo intentaba apresurarlo para que se marchara, Gael se dirigió a Lucía.

—Profesora, ¿tiene tiempo esta noche? A mi novia le encanta su obra. Le gustaría hacerle algunas preguntas en privado.

Como Lucía era mi maestra favorita, Gael no utilizó su apellido ni su poder para presionarla. Por una vez se comportó como un alumno respetuoso.

A Lucía le desagradaba Mateo y, por extensión, desconfiaba de sus amigos. Sin embargo, su impresión de mí era buena.

—Sí. Puedes buscarme esta noche en el estudio de pintura.

Casi salté de emoción.

Iba a agradecerle cuando la voz de Mateo cayó sobre nosotros.

—¿Tienes tiempo? —preguntó, mirando fijamente a Lucía—. ¿Estás segura de que esta noche estarás libre?

Sus ojos se estrecharon. La posesividad que contenían hacía pensar que quería encerrarla en ese mismo instante.

Lucía estaba harta de sus exigencias y le dirigió una mirada fría.

—Entonces explícaselo tú a Gael.

Ella no pensaba enfrentarse a Gael Salvatierra.

Mateo contuvo la rabia y miró a su amigo.

—No estoy de acuerdo…

Gael lo interrumpió con una risa.

—Perfecto. Puedo preguntárselo a tu padre. ¿Crees que él se negará?

Mateo se quedó sin respuesta.

Su padre era el esposo legal de Lucía y quien tenía la última palabra dentro de los Santillán. Mateo, en cambio, no tenía ningún derecho reconocido sobre ella.

—Está bien —escupió entre dientes.

La rabia ardía en sus ojos. Movió los labios sin emitir sonido para advertirle a Gael:

*Los dos somos amantes sin derecho a reclamar. ¿Qué te hace sentir superior?*

Ya encontraría la debilidad de Gael.

Gael Salvatierra respondió con un silbido burlón y pasó junto a él sin darle importancia.

En cuanto nos alejamos, contuve un chillido y comencé a dar vueltas alrededor de Gael.

—¡Aceptó! ¡La profesora Galván va a darme una clase solo a mí!

Yo no siempre había sido reservada. Los años de dificultades me habían hecho olvidar cómo se sentía desear algo solo porque me hacía feliz.

Qué bonito era recuperar esa ilusión y verla cumplida.

—Cuidado.

Gael caminaba pegado a mí y extendía una mano cada vez que alguien podía chocar conmigo. La alegría en mi rostro había suavizado por completo sus ojos.

—Espera.

Salté dos pasos hasta quedar a su lado.

—Mateo parecía muy enojado. ¿Fue por mí?

Yo tenía la costumbre de preocuparme demasiado por molestar a los demás.

—No.

Gael tocó la punta de mi nariz.

—No tiene nada que ver contigo. Ese hombre carece de principios; no pierdas el tiempo tratando de entenderlo.

¿Carecía de principios?

Una sospecha extraña cruzó mi cabeza, aunque estaba demasiado contenta por la clase para prestarle atención.

Al llegar a una esquina vacía del corredor, Gael comprobó que nadie estuviera cerca y se inclinó hacia mí.

—¿Estás feliz?

Acercó su hermoso rostro como una tentación deliberada.

—Si lo estás, ¿me das un beso como recompensa?

Volvía a pedir cariño, elogios y besos, igual que años atrás.

El calor me subió a las mejillas. Miré alrededor.

Era la hora del almuerzo y aquella parte del edificio estaba apartada. Nadie parecía dispuesto a pasar por allí.

Tragué saliva. Cerré los ojos, me puse de puntillas y lo besé en la mejilla.

Mis labios lo rozaron apenas, como una pluma insegura.

El aroma tenue de mis flores de gardenia pareció envolverlo por completo.

Gael se quedó inmóvil.

Toqué el borde de mi ropa, sin atreverme a moverme. Sentía las orejas ardiendo.

—¿Así está bien?

Tal vez un beso en la mejilla era demasiado poco. Además, había calculado mal la distancia y mis dientes rozaron su piel. ¿Pensaría que era terriblemente torpe?

***

Gael tardó varios segundos en reaccionar.

El hombre que podía pronunciar las provocaciones más indecentes acababa de perder el ritmo del corazón por un beso ligero en la mejilla.

Se tocó el lugar con la punta de un dedo.

Su princesa le había dado un beso como premio.

Cuando levantó la mirada, la inocencia desapareció de sus ojos. Una posesividad oscura ocupó su lugar.

Gael contempló los labios húmedos de Valeria, inclinó la cabeza y los besó.

Un simple roce en la mejilla nunca sería suficiente para él.

Valeria seguía comprometida y Gael no podía reclamarla como deseaba. Solo podía liberar la tensión acumulada besándola una y otra vez.

Era una tortura.

—Bebé —murmuró contra su boca—, ¿cuándo vas a darme mi lugar?

Era celoso, caprichoso, posesivo y bastante perverso.

Pero había reservado toda su paciencia y su ternura para Valeria. A cambio, solo quería dejar de ser un secreto.

¿En qué era inferior a Sebastián?

No lograba comprenderlo.

La mano en la cintura de Valeria se cerró con más fuerza y el beso se volvió cada vez más exigente.

Quería besarla hasta hacerla llorar.

Quería cogerla hasta dejarla sin fuerzas para levantarse, incapaz de ir a buscar a otro hombre.

No se detendría para consolarla. Quería oírla suplicar con los ojos enrojecidos y decirle que solo lo amaba a él.

Quería poseerla por completo.

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