Leonardo Fontana, es un joven de 22 años, italiano, heredero de una importante casa de moda. Acostumbrado a una vida de excesos, se ve forzado a madurar de la noche a la mañana, y reacomodar su vida a los nuevos desafíos que le trae.
NovelToon tiene autorización de Kyoko... para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 22
Valeria
El resto de la tarde fue como una burbuja.
Fuimos a tomar un helado Leonardo pidió uno de chocolate para mí y otro de pistacho para él, aunque los mellizos todavía no podían comer, nos sentamos en una plaza cerca del Tíber. Tomas y Lucía se quedaron dormidos en el cochecito, agotados por la excursión, y yo me quedé mirando el río con la cabeza apoyada en el respaldo del banco.
—¿Te acuerdas de cuando llegaste a mi puerta aquel domingo?
preguntó Leonardo, rompiendo el silencio.
—Me acuerdo.
—Yo estaba seguro de que iba a morir. Que esos dos iban a acabar conmigo y que mi cadáver aparecería en el suelo de la cocina rodeado de pañales sucios.
Me reí. Era una risa cansada, pero era una risa.
—No ibas a morir.
—Lo sé. Porque llegaste tú.
—Yo solo hice mi trabajo.
—No
dijo, con una firmeza que me sorprendió.
— No hiciste tu trabajo. Hiciste mucho más que tu trabajo. Te quedaste horas extras, me enseñaste cosas que nadie me había enseñado, cocinaste para mí, me aguantaste cuando estaba desesperado. Y nunca pediste nada a cambio.
—No quería nada a cambio.
—Lo sé. Por eso es tan difícil para ti aceptar que quizá, solo quizá, yo quiero darte algo sin esperar nada a cambio.
—Leonardo...
—No te estoy pidiendo nada
dijo, con esa prisa que ya conocía, la de quien teme que me vaya antes de terminar.
— Solo quiero que sepas que esto no es por los niños. No es porque necesito que me ayudes. Es porque...
—Tus hijos están despiertos
lo interrumpí, señalando el cochecito donde Tomas había empezado a moverse.
Leonardo suspiró, pero sonrió. Se inclinó sobre el cochecito y sacó a Tomas en brazos, con ese movimiento que ya había perfeccionado en las últimas semanas.
—Hola, pequeño
dijo, con una voz que se transformaba cuando hablaba con ellos, que se hacía más suave, más cálida.
— ¿Has dormido bien?
Tomas lo miró con sus ojos claros, los mismos que veía cada mañana en el espejo, y estiró su manita para tocarle la cara.
—Pa pa pa
dijo.
Leonardo se quedó congelado. Literalmente congelado, con los ojos abiertos como platos y la boca entreabierta.
—¿Ha dicho...?
—Pa pa pa
repitió Tomas, con más claridad esta vez. Y luego, como si no fuera suficiente, señaló a Lucía, que también empezaba a despertarse.
— Pa pa pa.
—Lucía
dije, con la voz quebrada.
—Creo que tu hermano te está presentando a papá.
Leonardo me miró. En sus ojos azules había lágrimas, lágrimas de verdad, esas que los hombres como él aprenden a esconder desde niños.
—Me ha llamado papa
dijo, con la voz ronca.
—Te ha llamado papa.
—Mi hijo me ha llamado papa.
—Sí.
Se quedó un momento en silencio, mirando a Tomas con una expresión que nunca había visto en su cara. Era asombro. Era gratitud. Era algo tan grande que no cabía en su pecho y se desbordaba por sus ojos.
—Gracias
dijo, sin mirarme.
— Por estar aquí. Por haber hecho que esto pase.
—No he hecho nada. Tú has sido su padre desde el primer día. Solo que ahora él también lo sabe.
Leonardo se limpió los ojos con el dorso de la mano, con un gesto que pretendía ser casual pero que no engañaba a nadie. Luego se rió, una risa temblorosa, y apretó a Tomas contra su pecho.
—Pa pa pa
dijo el bebé, como si quisiera asegurarse de que habíamos escuchado.
—Sí, pequeño
respondió Leonardo, con una voz que no le había oído nunca.
— Papa. Estoy aquí.
Lucía se despertó del todo y empezó a gimotear en el cochecito. Me incliné para sacarla, y cuando la tuve en brazos, la pequeña me miró con esos ojos oscuros que parecían verlo todo.
—Ma ma ma
dijo.
No fue un balbuceo. Fue claro, directo, con la seguridad de quien sabe exactamente a quién se dirige.
—No soy tu mama
susurré, con la voz quebrada.
—Mamama
insistió Lucía, aferrándose a mi collar con sus manitas diminutas.
—Déjala
dijo Leonardo, con una sonrisa que le iluminaba la cara.
— Déjala que te llame como quiera.
—Pero no soy...
—Eres lo más parecido a una madre que han tenido. Y yo... yo no quiero que eso cambie. Si tú tampoco quieres.
Lo miré. En sus ojos azules no había presión, no había exigencia. Solo esperanza. La misma esperanza que yo sentía en mi pecho desde hacía semanas y que no había querido reconocer.
—No quiero
dije.
— No quiero que cambie.
—Entonces quédate
dijo, con una simpleza que me rompió.
— Quédate con nosotros.
—Ya estoy con ustedes.
—No
negó con la cabeza.
— No es lo mismo. Estás con nosotros porque vienes a limpiar. Porque te quedas más horas de las que te pagan. Pero en cualquier momento puedes irte. Y yo no quiero que te vayas. No quiero que pienses que esto es temporal. Porque para mí no lo es.
—Leonardo...
—No te estoy pidiendo que te mudes
dijo, con esa prisa otra vez.
— No te estoy pidiendo que seas su madre. Solo te estoy pidiendo que te quedes. Que sepas que tienes un sitio aquí. Que sepas que te queremos. Que te quiero.
Las lágrimas me cayeron por las mejillas antes de que pudiera contenerlas. Lucía las miró con curiosidad, y con su manita diminuta intentó atrapar una, como si fuera una gota de lluvia.
—No sé hacer esto
dije, con la voz rota.
— No sé estar en una familia. No sé querer sin que duela.
—Yo tampoco sé
admitió Leonardo, con una honestidad que me desarmó.
— Pero estoy aprendiendo. Contigo. Por ti.
Tomas empezó a gimotear, cansado de tanta emoción. Leonardo lo acomodó contra su hombro, con ese movimiento suave que ya formaba parte de él. Y en medio de esa plaza romana, con el Tíber sonando de fondo y los árboles meciéndose con el viento, sentí que algo se rompía dentro de mí.
No era miedo. Era otra cosa. Era la armadura que había construido durante años, la que me protegía de esperar, de desear, de querer. Esa armadura que me había mantenido a salvo desde que mi madre murió, desde que aprendí que nadie se quedaba para siempre.
Ahora se estaba cayendo. Pieza por pieza. Y yo no sabía quién iba a ser sin ella.
—Vale
dijo Leonardo, con una voz tan suave que casi no la oí.
—No te voy a pedir que decidas nada hoy. Solo quiero que sepas que aquí tienes un sitio. Cuando quieras. Si quieres.
—Quiero
dije, y la verdad salió de mi boca antes de que pudiera detenerla.
— Quiero quedarme. Pero tengo miedo.
—¿De qué?
—De que esto se acabe. De que un día desaparezca. Como todo en mi vida.
Leonardo me miró un largo rato. Luego, con Tomas todavía en sus brazos, se acercó a mí y apoyó su frente contra la mía. Las cabezas de los mellizos casi se tocaban, y por un segundo, los cuatro estuvimos unidos en un círculo que parecía proteger el mundo entero.
—No va a desaparecer
susurró.
— Porque yo no voy a dejar que desaparezca. Y ellos tampoco.
Lucía, como si hubiera entendido, apretó su manita contra mi mejilla. Tomas hizo un sonido contento desde el hombro de su padre.
Y yo, Valeria Rossi, la chica que había aprendido a no esperar nada de nadie, cerré los ojos y dejé que el momento me envolviera.
No sabía lo que pasaría mañana. No sabía si Leonardo se cansaría de mí, si su familia dejaría de aceptarme, si el mundo nos devolvería a los lugares que nos correspondían. Pero en ese momento, en esa plaza romana, con dos bebés que me llamaban mama y un hombre que me miraba como si fuera suficiente...
En ese momento, dejé de tener miedo.