Una apuesta. Un engaño. Un precio imposible de olvidar.
Porque hay decisiones que cambian la vida para siempre.
NovelToon tiene autorización de Marion Cecilia Coloma Aguirre para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 23 La torta que esperó por mí
Era el día que yo había esperado con más ilusión durante todo el año:
el cumpleaños de mi Leylany.
Llevaba semanas soñando con este momento:
quería ser la primera en despertarla con un beso, quería que estuviéramos juntas desde el primer segundo, quería cantarle su cumpleaños a la hora exacta en que llegó a mi vida para cambiarlo todo para siempre.
Pero Leonardo, con esa frialdad que lo caracteriza y sin preguntar ni importarle nada, me entregó una montaña de documentos y me dijo con voz tajante que no podía irme hasta que todo estuviera revisado y firmado.
Intenté explicarle, supliqué que me diera solo unas horas, le dije que era el cumpleaños de mi hija… pero él solo me miró con indiferencia y dijo que en su empresa no hay excepciones por asuntos personales.
Me quedé allí, sintiendo cómo cada minuto que pasaba era un pedazo de mi corazón que se quedaba atrás, junto a mi pequeña que me esperaba.
Cuando por fin pude salir y llegué a casa, ya era mucho más tarde de lo que jamás imaginé.
La casa estaba en silencio, las luces de la fiesta estaban bajas, y al entrar al comedor me detuve en seco con el alma en un puño:
la torta seguía allí, en el centro de la mesa, perfecta, con las velas puestas pero sin encender, sin siquiera haber sido partida.
Mis padres me miraron con tristeza y compasión, y allí en el sofá estaba mi princesa, con los ojos rojos e hinchados de tanto esperarme y de haber llorado en silencio, abrazada a su regalo sin abrir.
Al verme entrar se levantó muy despacio, sin correr como siempre hacía, y me dijo con vocecita temblorosa:
—Todos me decían que te fueras a divertir, pero yo te dije que te esperaría hasta que llegaras.
No quería cantar ni partir la torta si no estabas tú, mamá.
No pude aguantar más:
me arrodillé y la abracé con todas mis fuerzas, pidiéndole perdón mil veces entre lágrimas, sintiendo que le había fallado a la persona por la que lo había dado todo.
Encendimos las velas las dos solas, con mis padres acompañándonos, y cantamos su cumpleaños bajito, despacio, mientras ella me miraba con esos ojos grises llenos de amor y comprensión, perdonándome ya cuando yo no me perdonaba a mí misma.
Al verla soplar las velas y sonreírme de nuevo, sentí que el odio hacia Leonardo crecía en mí con una fuerza que nunca había sentido antes.
Él no solo me había destrozado a mí hace años:
Ahora se había atrevido a interponerse entre mi hija y yo, había robado la alegría de este día tan sagrado y había hecho sentir a mi niña que no era importante.
Esa noche supe que no había vuelta atrás:
podría aguantar sus órdenes, su mal carácter y su indiferencia, pero jamás le perdonaría habernos hecho esperar a las dos.
Leylany me esperó con amor, pero yo a él ya no le esperaba nada más que el deseo de que pagara cada una de sus crueldades.