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LAS LINEAS RECTAS DE TU HISTORIA

LAS LINEAS RECTAS DE TU HISTORIA

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Apoyo mutuo / Amor de la infancia / Romance / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Tras la trágica muerte de sus padres, Tom llega destrozado al orfanato de Santa María. Allí encuentra una luz en la pequeña Alesandra. Unidos por la soledad, los niños se vuelven inseparables y sellan una promesa inquebrantable bajo el solsticio: un día se casarán. Sin embargo, las leyes separan sus caminos; él se marcha a los 18 años hacia la capital financiera y ella es adoptada por una familia en España.
Diez años después, Tom regresa convertido en el temido "especialista de los números" de Londres, un multimillonario implacable dispuesto a usar todo su poder para encontrarla. Cuando un peligroso sindicato criminal ataca a la familia de Alie en Madrid, los hilos del destino colisionan. En mitad de un peligro mortal y secretos de sangre, el hombre de piedra arriesgará su imperio para blindar la vida de su única constante. ¿Podrán los lienzos del pasado vencer las sombras del mañana?

NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 1. EL SUSURRO DEL INVIERNO Y UNOS OJOS INFINITOS

La tormenta de viento azotaba los viejos muros de piedra del orfanato de Santa María con una violencia inusual para aquella época del año. En el interior del despacho de la Madre Superiora, el crepitar de la chimenea era el único sonido que competía con el rugido del exterior. Sor Elena, una mujer de rostro surcado por los años pero de mirada infinitamente compasiva, repasaba unos libros de cuentas cuando un gemido ahogado flotó en el aire, amortiguado por la pesada madera de la puerta principal.

La religiosa frunció el ceño, deteniendo la pluma en el aire. Dejó que el silencio se asentara por un segundo, convenciéndose a sí misma de que había sido una mala pasada del viento. Sin embargo, cuando el llanto se agudizó, fino y desamparado como el maullido de un gato herido, Sor Elena se puso en pie con una agilidad que desafiaba su edad.

Cruzó el gélido vestíbulo de entrada, donde las sombras de los santos tallados en madera parecían vigilar el recinto. Al abrir el portón de roble, una ráfaga de aire helado le golpeó el rostro, obligándola a entrecerrar los ojos. Allí, a sus pies, sobre el frío umbral de piedra, descansaba una cesta de mimbre desgastada.

—Dios mío —susurró la monja, persignándose antes de inclinarse hacia el bulto.

Bajo una manta de lana gris y áspera, ajena al frío mortal que amenazaba con apagar su frágil existencia, se encontraba una bebé de apenas unos meses de vida. Vestía un pijama de algodón humilde, desgastado por los lavados, pero lo que llamó de inmediato la atención de Sor Elena no fue la pobreza de sus ropas, sino el destello dorado que relució bajo la luz mortecina del farol de la entrada.

Con dedos temblorosos, la religiosa apartó la manta. En la pequeña y delicada muñeca de la lactante, descansaba una pulsera de oro macizo. El peso y el brillo de la joya contrastaban de forma casi grotesca con la humildad de la cesta. Sor Elena tomó la manita de la niña con delicadeza, girando la placa del brazalete para acercarla a sus ojos cansados. En el metal noble, grabado con una caligrafía inglesa impecable, se leía: Alesandra. Justo debajo, una fecha de nacimiento que indicaba que apenas sumaba cuatro meses de vida en este mundo.

Pero lo que verdaderamente desconcertó a la monja fue el reverso de la medalla. Había un sello heráldico, un grabado profundo y complejo que representaba un lobo rodeado por una corona de espinas encadenadas. No parecía el emblema de una familia corriente, sino una marca de poder, un secreto oscuro que alguien había querido ocultar.

—¿Quién te ha dejado aquí, pequeña criatura? —murmuró Sor Elena, mirando hacia la calle desierta, donde la oscuridad de la noche se había tragado cualquier rastro humano. No sabía que, a unos cientos de metros, un hombre con las manos manchadas de pólvora y el corazón roto por la culpa observaba el edificio desde el interior de un coche, asegurándose de que la niña estuviera a salvo antes de desaparecer para siempre en las sombras del hampa.

Sor Elena llevó la cesta al interior del despacho. Al calor de la chimenea, la bebé abrió los ojos. Eran de un azul inmenso, profundo como el océano en un día de calma, una mirada tan limpia y despierta que la monja sintió un vuelco en el corazón. Sabía que una joya así de valiosa despertaría la codicia de cualquiera en un lugar donde escaseaba el pan. Con presteza, desabrochó la pulsera de la muñeca de la niña.

—Esto estará a salvo conmigo, Alesandra —le prometió, guardando la joya en una pequeña caja de terciopelo oculta bajo el doble fondo de su escritorio—. Tu pasado te pertenecerá cuando tengas la madurez para soportar su peso.

Seis años pasaron con la rapidez de un suspiro entre los pasillos de techos altos y el olor a cera de Santa María. Alesandra había crecido en línea con los presentimientos de Sor Elena: era una niña extremadamente despierta, con una curiosidad insaciable que a menudo metía en problemas a las cuidadoras.

Mientras los demás niños se resignaban a la rutina del orfanato, ella buscaba respuestas en cada rincón, devorando los pocos libros de la biblioteca del convento con una agilidad mental asombrosa.

Sin embargo, la rutina del lugar cambió por completo una tarde de primavera, cuando los pesados portones volvieron a abrirse para recibir a un nuevo huésped.

Alesandra, sentada en uno de los escalones del patio central con las rodillas raspadas y un libro de cuentos sobre el regazo, levantó la vista. Una asistenta social de rostro severo escoltaba a un niño. El chico aparentaba unos diez años, pero su postura no era la de un infante desamparado, sino la de un soldado que había aprendido a defenderse solo en una guerra que no eligió. Era moreno, de facciones angulosas para su corta edad, y arrastraba los pies con una apatía densa.

—Su nombre es Tom —le explicó la asistenta social a Sor Elena en voz baja, aunque el eco del patio permitió que Alesandra escuchara cada palabra—. Su madre falleció hace dos meses de una enfermedad fulminante. El padre... bueno, no soportó la pérdida. Se refugió en el alcohol hasta perder la conciencia de la realidad. La escuela dio la voz de alarma porque el niño llevaba semanas sin asistir a clases.

Alesandra contuvo el aliento, cerrando el libro despacio. Sus ojos azules se clavaron en el perfil del muchacho.

—Cuando la policía entró a la vivienda —continuó la mujer, con un tono de voz que pretendía ser clínico pero destilaba lástima—, el panorama era descorazonador. El padre estaba tirado en el suelo del salón, intoxicado. Este niño, Tom, se había encargado de limpiar la casa, de conseguir algo de pan duro y de cuidar de un hombre que ya ni siquiera recordaba su nombre. No tienen más familia. El padre ingresó en el hospital central anoche, pero los médicos dicen que su hígado no resistirá otra semana.

Tom no lloraba. Mantenía la mirada fija en las baldosas del suelo, con los puños hundidos en los bolsillos de una chaqueta que le quedaba notablemente pequeña. Su silencio era más ruidoso que cualquier lamento. Había una madurez forzada en sus hombros, un peso demasiado grande para un niño de diez años.

 La asistenta se despidió y Sor Elena se acercó al niño, colocándole una mano suave en el hombro.

 —Ven, Tom. Te mostraré dónde vas a dormir. Los primeros días siempre son difíciles, pero aquí estás seguro.

 El niño asintió de forma mecánica, sin emitir un solo sonido. Fue en ese instante, al dar el primer paso hacia el pabellón de los varones, cuando Tom levantó la cabeza y sus ojos se cruzaron con los de Alesandra.

 Eran unos ojos verdes. Pero no un verde cualquiera; eran del color del musgo húmedo tras la lluvia, una mirada profunda, cargada de una desconfianza tan severa que a cualquier otro niño de seis años le habría hecho retroceder. Sin embargo, Alesandra no se movió. Se limitó a sostenerle la mirada con una seriedad que desarmó por un segundo la coraza del recién llegado.

 Alesandra sintió un magnetismo extraño, una chispa de empatía pura que la impulsó a ponerse en pie. Dejó el libro sobre el escalón y dio un paso hacia él, pero el niño apartó la vista de inmediato, siguiendo a la monja por el pasillo interior.

Aquel fue el primer día de una nueva era en las vidas de ambos. Ninguno de los dos sabía que el destino, con sus hilos invisibles y caprichosos, acababa de unir dos almas rotas que se convertirían en el único pilar de salvación de la otra, desafiando el tiempo, la distancia y los secretos de un pasado teñido de sangre.

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