Tras la muerte de su esposa en un accidente automovilístico, Tomás Rojas, un padre trabajador de clase media, intenta sacar adelante a su única hija, Emma, de once años.
Su hogar nunca está en silencio.
Está lleno de perros, gatos, gallinas y, sobre todo, un gallo tan inteligente como problemático llamado Pelé, el verdadero cómplice de Emma.
Ninguna niñera soporta más de unos días.
Las travesuras de Emma y sus animales convierten la casa en un desastre constante.
Mientras Tomás trabaja durante largas jornadas para mantener el hogar, Emma esconde una enorme tristeza detrás de cada broma.
Todo cambia cuando llega Lucía, una joven huérfana que acepta ser su nueva niñera.
Lejos de regañarla, comprende el dolor que Emma lleva dentro y le enseña que sanar no significa olvidar.
Mientras tanto, Tomás conoce a Valeria, una mujer viuda con un hijo llamado Mateo, de nueve años.
Mateo y Emma conectan desde el primer instante como si siempre hubieran sido hermanos.
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Capítulo 4: La cuarta niñera, el cumpleaños más desastroso.
Desde que Carolina llegó a la casa de los Rojas ocurrió algo extraño.
La casa seguía siendo un desastre.
Seguía habiendo pelos de animales en los muebles.
Seguía escuchándose a Pelé cantar antes del amanecer.
Seguían desapareciendo objetos misteriosamente.
Pero algo había cambiado.
Emma estaba sonriendo más.
No todo el tiempo.
No como antes de la muerte de Mariana.
Pero eran sonrisas reales.
Pequeñas.
De esas que aparecían cuando Carolina contaba alguna historia absurda, cuando Max hacía alguna travesura o cuando Pelé hacía algo tan ridículo que era imposible no reír.
Tomás lo notaba.
Y aunque no quería hacerse demasiadas ilusiones, una parte de él sentía esperanza.
Quizás Carolina podía ser diferente.
Quizás esta vez alguien podía quedarse.
Pero había un pequeño detalle.
Emma todavía no confiaba completamente.
Porque una cosa era permitir que alguien entrara a su casa.
Y otra muy diferente era permitir que alguien entrara a su corazón.
Carolina llevaba casi dos semanas trabajando con ellos.
Era la primera persona que había sobrevivido tanto tiempo a la travesuras de los integrantes de la casa de los Rojas.
Un récord !!...
Aunque nadie quería decirlo en voz alta.
Especialmente Pelé.
El gallo seguía observándola con sospecha.
No la atacaba.
No la perseguía.
Pero tampoco parecía aceptarla completamente.
Era como si estuviera esperando el momento perfecto para ponerla a prueba.
Y ese momento llegó una mañana.
Tomás estaba preparando el desayuno mientras Emma buscaba su mochila para ir a la escuela.
—¿Alguien vio mi cuaderno de matemáticas?
Silencio.
Todos miraron alrededor.
Max, yacía recostado boca arriba sobre la alfombra, con las patas al aire.
Luna jugaba con una pelota mas grande en tamaño que ella, por el pasillo y el patio.
Misha dormía, como siempre plácidamente en una esquina del sofá
Copito estaba encima del refrigerador, observando lo que había dentro, para luego abrir la puerta y devorársela.
Las gallinas caminaban por el patio cacareando.
Y Pelé estaba junto a la puerta.
Mirando.
Demasiado tranquilo.
Emma entrecerró los ojos.
—Pelé...
El gallo giró lentamente.
—¿Tú sabes algo?
Pelé no respondió.
Simplemente caminó hacia el jardín.
Emma lo siguió.
Detrás de un arbusto encontró su cuaderno.
Perfectamente acomodado.
—¿Cómo llegó aquí?...
Tomás salió de la cocina.
—Emma, tenemos que hablar.
Ella levantó el cuaderno.
—Creo que Pelé está intentando esconder mis cosas- respondió con una sonrisa de medio lado.
Tomás miró al gallo.
—¿Pelé?
El gallo levantó la cabeza con orgullo.
—¡¡No parece arrepentido!! ... alguien comentó.
Carolina apareció en la puerta.
—Quizás solo quería ayudarte a encontrarlo.
Emma la miró.
—Él no ayuda.
Hizo una pausa.
—Él controla.
Carolina sonrió.
—Eso tiene sentido.
Tomás soltó una risa.
—¿Sabes? Creo que eres la primera persona que entiende eso.
Ese mismo día ocurrió algo importante.
Era el cumpleaños número once de Emma.
Tomás había pensado mucho sobre qué hacer.
Desde la muerte de Mariana, Emma nunca había querido celebrar su cumpleaños.
Decía que no tenía sentido.
Que las fiestas eran diferentes.
Que antes su mamá decoraba la casa con guirnaldas de colores, globos flotando en cada rincón, banderines que anunciaban "¡Feliz cumpleaños!" y una mesa cubierta con un mantel festivo, donde el pastel esperaba rodeado de flores y pequeñas luces que daban al lugar un aire acogedor.
Ponía su música favorita.
Invitaba a algunos familiares y amigos de la escuela y vecinos de Emma.
Y ahora todo eso parecía demasiado doloroso.
Pero ese año Tomás quería intentarlo.
No una gran fiesta.
No algo exagerado.
Solo un pequeño momento feliz.
—Emma —dijo por la media tarde—. ¿Qué te parece si hacemos algo especial este año?
La niña estaba dibujando.
No levantó la mirada.
—No quiero fiesta.
Tomás se sentó junto a ella.
—No tiene que ser una fiesta.
—Entonces ¿qué?
—Un día diferente.
Emma guardó silencio.
—Mamá hacía mis cumpleaños.
Tomás sintió un golpe en el pecho.
—Lo sé.
—Ella sabía qué pastel me gustaba.
—Lo sé.
—Ella siempre decía que cumplir años era celebrar que seguía aquí.
Tomás respiró lentamente.
—Y tenía razón.
Emma miró su dibujo.
Era una imagen de ella, su papá y Mariana.
Los tres juntos.
Como antes.
—No quiero olvidarla.
Tomás tomó su mano.
—Celebrar tu cumpleaños no significa olvidarla.
Emma no respondió.
Pero tampoco dijo que no.
Y para Tomás eso ya era una pequeña victoria.
Carolina tuvo una idea.
—¿Y si hacemos algo pequeño?
Emma la miró.
—¿Como qué?
—Un día con las personas que quieres.
Emma pensó.
—¿Y los animales cuentan?
Carolina sonrió.
—Creo que ellos son los que más quieren estar contigo el día de tus cumpleaños.
Desde la ventana, Pelé emitió un sonido.
—¡Quiquiriquí! agitando sus emplumadas alas.
Emma sonrió.
—Él cree que es el invitado principal.
—Probablemente lo sea.
El problema fue que organizar una celebración en la casa de los Rojas era una misión imposible.
Especialmente cuando Pelé estaba involucrado,( pues no dejaba de cantar y de llamar a las gallinas para que recorrieran toda la casa en busca de cualquier cosa que pudieran comer. Y, como era de esperarse, más de una vez terminaban devorando los bocadillos de la mesa o picoteando los globos hasta reventarlos, que asustadas por el estruendo, echaban a volar en todas direcciones, convirtiendo la celebración en un auténtico caos.)
Tomás compró algunos globos.
Carolina preparó decoraciones.
Emma ayudó a colocar algunas cosas.
Todo parecía tranquilo.
Hasta que dejaron una caja de comida sobre la mesa.
Un error.
Un enorme error.
Porque Max la encontró.
Y cuando Max encontraba comida, olvidaba cualquier regla.
El perro saltó sobre la silla.
La silla se movió.
La mesa tembló.
La caja cayó al suelo.
Y en menos de diez segundos todos los animales estaban alrededor.
—¡Max! —gritó Emma.
Pero ya era tarde.
Las gallinas entraron corriendo agitando sus alas.
Los gatos que andaban durmiendo en el sofá, aparecieron de la nada.
Y Pelé llegó caminando lentamente.
Como si hubiera esperado toda su vida ese momento.
Tomás observó la escena.
—No puede ser... Si no es Pelé, es Max, el perro... —dijo Tomás, llevándose una mano a la frente, apenado, mientras una sonrisa de medio lado se dibujaba en su rostro.
Carolina estaba riéndose.
—Creo que la fiesta empezó antes.
La hora del cumpleaños llegó.
Y contra todo pronóstico, Emma estaba emocionada.
No quería admitirlo.
Pero lo estaba.
Había globos.
Había comida.
Había música.
Y había algo que no esperaba.
Había alegría.
Aunque fuera diferente.
Aunque no fuera igual a los cumpleaños con Mariana.
Era otro tipo de felicidad.
Una nueva.
Pero, a la mañana siguiente, ocurrió algo que nadie había previsto.
La cuarta niñera.
Aunque en realidad nadie sabía por qué había aparecido.
Se llamaba Teresa. - Vestía un largo vestido negro que caía con elegancia hasta los tobillos, medias negras, zapatos planos de tacón bajo y una gabardina negra de corte largo que realzaba su porte sobrio y distinguido. Llevaba el cabello corto, cuidadosamente peinado, y del hombro le colgaba un bolso grande, tan impecable como el resto de su atuendo. Su sola presencia transmitía orden, disciplina y una seriedad difícil de ignorar.
Y había llegado para reemplazar a Carolina durante algunos días porque ella debía resolver un asunto familiar.
Tomás pensó que serían solo unos días.
Un pequeño descanso.
Pero Emma no estaba preparada.
Porque para ella significaba una cosa:
Otra persona nueva.
Otra persona que podía irse.
Teresa era completamente diferente a Carolina.
Muy ordenada.
Muy estricta.
Demasiado estricta.
Al entrar a la casa, lo primero que dijo fue:
—Creo que aquí hace falta disciplina.
Emma dejó de sonreír.
Esa frase no le gustó.
Porque ya había escuchado eso antes.
"Hay que cambiar tus hábitos".
"Hay que controlar a los animales".
"Hay que poner límites".
Pero nadie parecía entender que aquella casa funcionaba así.
—Los animales necesitan reglas —continuó Teresa.
Emma miró a Pelé.
Pelé miró a Teresa.
Fue una mirada de guerra.
Tomás lo notó.
Y supo que algo malo estaba por pasar.
La primera mañana con Teresa fue tranquila.
Demasiado tranquila.
Pelé estaba desaparecido.
Y eso preocupaba a Emma.
Porque todos sabían que, cuando Pelé se quedaba tranquilo, no era una buena señal. Algo estaba tramando, y tarde o temprano aquel silencio terminaba convirtiéndose en un completo caos.
—¿Dónde está? —preguntó.
Max ladró mirando hacia la cocina.
Emma caminó hasta allí.
Y encontró a Pelé sentado frente a Teresa.
La mujer estaba intentando tomar café.
El gallo la observaba.
—Buenos días —dijo Teresa.
Pelé no se movió.
—¿Qué haces aquí?
El gallo inclinó la cabeza.
Teresa suspiró.
—Voy a dejar claro desde ahora que los animales no mandan.
Emma abrió mucho los ojos.
Grave error.
Muy grave.
Porque Pelé no soportaba que cuestionaran su autoridad.
El desastre comenzó una hora después.
Teresa intentó guardar los juguetes de Emma.
Después organizó los platos.
Luego movió algunas cosas de lugar.
Y finalmente cerró la puerta del patio para que los animales no entraran pero para la mala suerte de Teresa... la puerta quedó entre abierta.
Ese fue el momento.
La guerra había comenzado.
Primero apareció Max con una almohada de plumas .
Después Luna arrastrando una toalla de mano en la boca .
Los gatos empezaron a correr por toda la casa como si fuera una pista de carreras, empujando y haciendo caer todo objeto que encontraban a su paso, especialmente aquello que no estaba lo suficientemente firme.
Las gallinas empezaron a recorrer toda la casa, atendiendo al insistente llamado de Pelé, el gallo. Iban de un lado a otro, confundidas y desesperadas por encontrarlo, sin imaginar que su líder ya estaba preparando otra de sus inesperadas travesuras.
Pelé...
Entonces, el gallo hizo algo que nadie esperaba.
Se detuvo en medio de la sala, agitó sus alas con fuerza y levantó el pecho con orgullo, como si estuviera reuniendo valor para una misión importante.
De pronto, corrió hacia Teresa, que estaba en la cocina, y antes de que alguien pudiera detenerlo, tomó impulso y levantó vuelo directo hacia ella.
—¡Pelé! —gritó Emma, sorprendida.
El gallo pasó por encima de la mesa y, con una precisión increíble, terminó aterrizando sobre la cabeza de Teresa, quien quedó completamente inmóvil por unos segundos, sin entender qué acababa de ocurrir.
Todos se quedaron en silencio.
Las gallinas observaron la escena como si esperaran el resultado de una batalla.
Emma abrió los ojos, entre sorprendida y preocupada.
—¿Cómo puede hacer eso? —susurró.
miró al gallo, completamente desconcertada.
—No quiero saber qué más es capaz de hacer...
En pocos minutos la casa era un caos.
Teresa intentaba mantener el control.
Pero era imposible.
porque las gallinas a tal escena empezaron a cacarear por toda la casa por lo asustadas que estaban
Max no paraba de ladrar y correr por toda la casa y el patio.
Y Pelé caminaba orgulloso sobre la mesa del comedor, en el centro del desastre.
Como un rey.
Cuando Tomás regresó del trabajo encontró una escena inolvidable.
Teresa estaba sentada en una silla.
Agotada y llorando.
Los animales estaban alrededor.
Y Pelé estaba sobre la mesa.
Tomás cerró los ojos.
—¿Qué pasó? - preguntó.
Teresa respiró profundamente.
—Señor Rojas...
Pausa.
—Creo que su gallo me odia.
Emma intentó no reír.
Pero no pudo.
Y, por primera vez en mucho tiempo, la risa de Emma volvió a llenar la casa.
Era una risa que todos habían extrañado; una que parecía haber quedado escondida desde la partida de su madre. Durante mucho tiempo, aquel hogar había estado lleno de silencios y recuerdos, pero ese día, gracias a las travesuras de Pelé y al caos que siempre lo acompañaba, algo dentro de ella comenzó a despertar nuevamente.
Por unos instantes, Emma no pensó en la tristeza ni en la ausencia. Solo rió.
Una risa fuerte.
Una risa verdadera.
Tomás la miró.
Y sonrió.
Porque aunque el día había sido un desastre, algo importante había ocurrido.
Emma había reído.
Esa noche Teresa tomó una decisión.
—Creo que no soy la persona indicada para esta familia.
Tomás asintió.
Ya no estaba sorprendido.
Cuando ella se fue, Emma miró la puerta.
Después miró a Pelé.
—Ganaste otra vez , le dijo feliz.
El gallo caminó orgulloso.
Pero entonces Emma suspiró.
—Aunque creo que también perdimos.
Tomás escuchó.
—¿Por qué?
La niña miró el suelo.
—Porque todos se van.
Aquella frase volvió a doler.
Porque detrás de cada travesura había una niña intentando protegerse.
Una niña que tenía miedo de querer a alguien y perderlo.
Tomás se acercó.
—Emma...
Ella abrazó a Pelé.
—No quiero que nadie reemplace a mamá.
Tomás se arrodilló.
—Nadie puede reemplazarla.
Emma levantó la mirada. - y preguntó...
—¿Seguro?
—Completamente seguro, respondió Tomas
La niña abrazó a su padre.
Y mientras afuera Pelé cantaba bajo la luna, Tomás entendió algo:
Su hija no necesitaba que alguien reemplazara a Mariana.
Necesitaba aprender que el corazón podía guardar más de un amor.
Pero ese camino todavía sería largo.
Porque después de cuatro niñeras fallidas, la casa de los Rojas todavía tenía mucho caos por vivir.
Y Pelé todavía tenía muchas batallas pendientes por ganar junto a sus gran amiga de travesuras Emma.