Kira es una loba fuerte y decidida, el tesoro más resguardado de la manada central. Durante la noche de su vigésimo cumpleaños, frente a la gran piedra ancestral, su destino parece sellarse al estallar el lazo de pareja con Jared, el Alfa del Este. A pesar de las dudas de su padre y sus hermanos mayores, Kira marcha con él a sus tierras, pero la convivencia no es lo que esperaban: el vínculo se siente vacío, no hay pertenencia y el dolor no aparece cuando deciden rechazarse de mutuo acuerdo.
Tras regresar a su hogar sumida en la incertidumbre, su tía le propone un viaje desesperado hacia el Reino de la Noche para buscar la sabiduría del vampiro Vlad. Allí, la Bruja Madre le revelará una maldición ancestral que pesa sobre la tercera generación de su sangre, condenándola a un desfile de parejas falsas. ¿Podrá Kira romper el castigo de la deidad y reconocer el verdadero latido de su corazón cuando el enigmático Aidan se cruce en su camino? Descúbrelo en el quinto y último libro de la saga
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CAPITULO 24. LA MEJOR DEFENSA.
La luz de la mañana caía de forma vertical sobre la mesa de madera del despacho, donde los planos de los desfiladeros del norte permanecían desplegados bajo la fijeza de todas las miradas. El ambiente de la estancia estaba colmado de una seriedad que nos obligaba a todos a mantener una respiración pausada. Tras las revelaciones de la noche anterior, la casa de la manada se había convertido en un centro de mando. Mi padre presidía la reunión desde la cabecera del escritorio de piedra, flanqueado por mis hermanos mayores y mis primos, mientras el viejo Vlad y su hijo Aidan completaban el círculo de las coronas.
Yo permanecía sentada en un rincón discreto junto al gran ventanal, vestida de forma sencilla con unos pantalones cargo en tono gris y un jersey fino de punto azul marino, intentando asimilar el rumbo de los acontecimientos.
—No podemos cometer el error de quedarnos de brazos cruzados esperando a que el ejército de Valerius termine de organizar su arremetida frontal —sentenció mi padre con su voz profunda, ronca y baja, apoyando sus manos sobre los mapas territoriales—. La presencia de esos rastreadores humanos en las fronteras secundarias demuestra que el enemigo nos está midiendo las fuerzas. Si permitimos que ellos den el primer paso, pondríamos en jaque la seguridad del imperio y debilitaríamos nuestras aduanas. Nuestra mejor estrategia es la ofensiva: atacaremos antes de ser atacados.
El menor de mis hermanos mayores dio un paso al frente, con el semblante endurecido por una rabia contenida destructiva que delataba sus ganas de entrar en combate, asintiendo con total firmeza.
—Estoy totalmente de acuerdo, papá —intervino, trazando una línea sobre el plano con su dedo—. Saldremos en los todoterrenos negros hacia los desfiladeros helados antes de que la noche vuelva a caer, dividiendo a nuestras bestias en dos contingentes. Pero no podemos dejar desprotegido nuestro territorio de origen. Una parte de la guardia, liderada por mis primos, permanecerá atrincherada en los perímetros de la vivienda, actuando como una muralla invencible que blinde la seguridad de mi madre, mi tía y las cuñadas ante cualquier intento de sabotaje sorpresa.
Mi hermano mayor, aplicando la agudeza de su mente calculadora, coordinó las mallas de los horarios de las patrullas conjuntas junto a Vlad, asegurando que la casa de la manada quedara completamente protegida mientras el grueso de los lobos marchaba hacia el norte. Aidan escuchaba cada orden con una madurez admirable y una templanza de carácter que de inmediato comenzó a llamar mi atención, asintiendo de forma tranquila, demostrando que estaba listo para luchar hombro con hombro a nuestro lado.
Una vez que se disolvió la reunión y los Alfas se retiraron a paso rápido hacia los patios exteriores para equipar a los guerreros, el despacho quedó sumido en un silencio reconfortante. Me puse en pie despacio, pero antes de que pudiera cruzar el umbral, una silueta conocida me cortó el paso de forma suave.
Aidan se había quedado en la estancia, y al clavar sus ojos oscuros en mis facciones, un hormigueo ardiente, caliente y profundamente romántico me recorrió las venas de forma instantánea. No era un chispazo eléctrico artificial en la piel, sino una corriente de afecto puro y tierno que me caló hasta los huesos, haciendo que mi loba, Vesta, soltara un suspiro de auténtica felicidad en mis adentros. Vestía unos pantalones de vestir oscuros y una chaqueta informal de pana marrón. Se acercó a paso lento y seguro, deteniéndose a escasos centímetros de mi silueta, rompiendo la distancia con una ternura infinita que disipó de golpe mi palidez.
—Sé que te debates en un vaivén de dudas, Kira —me habló en un susurro claro, bajo y dulce, mirándome con una sensibilidad hermosa que me devolvió todo el sosiego—. Sé por el desfile doloroso que has tenido que pasar con esos pretendientes falsos y que tienes miedo de estar equivocándote otra vez. No he venido a apresurar tus sentimientos ni a exigirte una entrega inmediata en mitad de los preparativos de una guerra. Solo quería mirarte a los ojos y recordarte que mi devoción hacia ti es inmensa y real.
Extendió su mano con una parsimonia tranquila y rozó la yema de mis dedos pequeños con una delicadeza extrema. El contacto físico directo desató una ráfaga de calor sobrecogedor que unió nuestras almas en una tregua perfecta. Sentir la naturalidad de su trato, desprovisto de cualquier posesividad jerárquica o actitud dominante, me confirmó en secreto que la profecía de la Bruja Madre tenía razón: mi corazón no se estaba dejando engañar.
—Siento que eres tú, Aidan —le confesé en un hilo de voz clara, sosteniendo su mirada sin miedo, aunque una sombra de cautela seguía latiendo en mis sienes—. Pero necesito ir paso a paso. Mi alma ha sufrido demasiado con las mentiras del pasado y necesito leerme a mí misma antes de entregarme por completo a nuestro amor. En este momento nos enfrentamos a una batalla decisiva y quiero mantener la cordura para proteger a mi familia.
Aidan esbozó una sonrisa de lado, dulce y colmada de un romanticismo inmenso, apretando mis dedos con un cariño sincero que me infundió una firmeza absoluta.
—Te esperaré el tiempo que sea necesario, Kira —me aseguró con una suavidad infinita que delataba su entereza—. Lucharé en los desfiladeros para blindar tu mañana y regresaré a tu lado para demostrarte que este lazo es el verdadero camino de nuestro porvenir.
Nos quedamos unidos en mitad del despacho durante unos minutos más, compartiendo un silencio colmado de complicidad que disipó el desgarro de mis temores. Sabía que la farsa del maleficio ancestral seguía latente sobre nuestra estirpe y que la inminente tempestad contra Valerius pondría a prueba la templanza de la corona; pero al sentir la fuerza tranquila de Aidan a mi lado, comprendí que la agónica melancolía se había evaporado de mi vida para siempre, lista para caminar hacia la victoria bajo el amparo del amor real.