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El Heredero Del Alfa

El Heredero Del Alfa

Status: En proceso
Genre:Embarazo no planeado / Hombre lobo / Salvar al hijo enfermo
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Violeta. E

En la noche de su compromiso, Aeryn descubre la peor de las traiciones: su prometido y su propia hermana esperan un hijo juntos. Destrozada por el dolor, huye de la corte hacia los jardines olvidados del palacio, donde se entrega a una noche de pasión prohibida con un imponente Alfa desconocido para calmar su tormento. Al amanecer, abrumada por la realidad, recoge sus pocas pertenencias y escapa sin dejar rastro, ignorando por completo que el misterioso hombre al que abandonó en la penumbra es el temido y supremo Emperador Lycan

NovelToon tiene autorización de Violeta. E para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 6

La biblioteca ancestral del ducado de los Ash era un laberinto de piedra y polvo.

Aeryn se movía entre las estanterías en mitad de la noche, sosteniendo una pequeña lámpara de aceite. El silencio del palacio solo era interrumpido por el eco lejano del viento invernal golpeando los ventanales.

Necesitaba respuestas urgentes.

Esa misma tarde, mientras arropaba a Ian en la fría cama del ala oeste, había notado que la temperatura del niño subía ligeramente. No era una gripe común; la piel de su hijo emitía un calor denso, casi magnético, que hacía flaquear sus propios supresores.

La temida fiebre de crecimiento Lycan estaba llamando a la puerta.

—Tiene que estar aquí —murmuró Aeryn, deslizando sus dedos sobre los lomos de cuero agrietado de la sección de linajes prohibidos.

Su mente trabajaba a mil revoluciones por minuto. Sabía que el poder dorado de Ian era de origen imperial, una manifestación mística que la teología del reino atribuía exclusivamente a la familia que gobernaba el imperio desde la capital. Pero el linaje Lycan era extenso, lleno de príncipes herederos, comandantes de sangre pura y duques de alta alcurnia que compartían fragmentos de esa genética superior.

¿Quién de todos ellos había estado en los jardines de su ducado hace seis años?

En su memoria seguían grabados a fuego esos ojos rojos carmesí y ese cabello negro impecable, pero aquella noche el hombre no portaba insignias, ni capas imperiales, ni joyas de la corona. Podía ser un general de paso, un príncipe renegado, o el mismísimo monarca supremo. Para una estratega como Aeryn, las suposiciones eran peligrosas; necesitaba confirmación exacta para saber a qué facción de la corte pertenecía el padre de su hijo.

Abrió un pesado tomo titulado

“Crónicas del Fuego Dorado y los Linajes del Norte"

Las páginas de pergamino amarillento crujieron.

Aeryn pasó los capítulos de heráldica tradicional hasta llegar a las anotaciones médicas del despertar Alfa. Sus ojos escanearon rápidamente las líneas escritas a mano por los antiguos eruditos.

"El cachorro de sangre imperial manifestará el fulgor áureo antes de su primer septenio. La fiebre quemará su sangre, exigiendo la presencia del Alfa progenitor para estabilizar el núcleo. De lo contrario, el poder consumirá los canales de energía del infante, provocando un colapso irreversible."

Aeryn contuvo el aliento, sintiendo un nudo frío en el estómago.

—Un colapso irreversible... —repitió en un susurro, apretando el borde del libro.

La lectura confirmaba su peor temor: no podía esconder a Ian en el sur para siempre. Si la fiebre avanzaba, el niño necesitaría la energía biológica de su verdadero padre para sobrevivir al despertar de su poder. La lógica de la Consejera de Hierro se enfrentaba a un callejón sin salida; para salvar a su hijo, primero tenía que descubrir exactamente la identidad de ese misterioso Alfa de ojos rojos y, después, encontrar la forma de acercarse a él sin que la corte de los Ash o el propio imperio la destruyeran por ocultar un heredero.

Pasó la página, buscando retratos o descripciones físicas de los miembros actuales de la familia imperial.

Justo cuando sus dedos rozaban una ilustración sellada con cera roja, el crujido de una bota sobre la madera de la entrada la obligó a cerrar el libro de golpe.

Apagó la lámpara de un soplo.

La oscuridad de la biblioteca se volvió absoluta, rota solo por la silueta de una figura alta que se recortaba bajo el umbral de la puerta. El aroma a madera de cedro quemada inundó el pasillo, delatando de inmediato al intruso.

Lucian.

—Sé que estás aquí, Aeryn —la voz del nuevo Alfa del ducado resonó con una arrogancia pesada—. Tus hábitos nocturnos no han cambiado en seis años. Siempre escondida entre papeles.

Aeryn se enderezó en la penumbra, recuperando instantáneamente su postura fría y distante. Salió del pasillo de estanterías, encarando a su ex-prometido con los brazos cruzados.

—La ignorancia siempre ha sido tu mayor virtud, Lucian —respondió ella, su voz arrastrando una calma cortante—. Algunos preferimos los libros a las intrigas baratas de pasillo.

Lucian dio un paso al frente, intentando usar su presencia Alfa para amedrentarla, pero los supresores de Aeryn se mantuvieron firmes.

—El consejo noble me está presionando —dijo él, ignorando el insulto—. No les gusta que una desterrada con un bastardo merodee por los archivos del palacio. Si estás buscando una forma de reclamar tu dote o desestabilizar mi posición con Daphne, te sugiero que te detengas. Este ducado ya no te pertenece.

Aeryn soltó una pequeña risa gélida, un sonido que hizo que Lucian se tensara.

—No tengo el más mínimo interés en tu ducado quebrado, ni en el hijo que crias con mi hermana —sentenció Aeryn, dándole un paso de distancia con absoluta indiferencia—. Vine por asuntos privados que tu limitada mente no alcanzaría a comprender. Ahora, si me disculpas, el aire de esta sección se ha vuelto sumamente denso.

Pasó por el lado de Lucian sin mirarlo, dejando al Alfa con la palabra en la boca y los puños apretados en mitad de la biblioteca.

Al regresar al ala oeste, Aeryn cerró la puerta de su habitación y corrió hacia la cama de Ian. El niño respiraba con dificultad, y un levísimo destello dorado parpadeaba bajo sus párpados cerrados.

El tiempo se estaba agotando.

Aeryn se sentó a su lado, tomándole la mano pequeña y ardiente. Aún no sabía el nombre del hombre que la había poseído en el jardín, ni qué rango ocupaba en la estricta jerarquía imperial, pero una cosa era segura: el tablero estaba listo, y ella tendría que moverse con extrema cautela en las próximas reuniones de la alta sociedad para identificar al dueño de los ojos rojos antes de que el poder de Ian se volviera una sentencia de muerte.

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