Alma Montenegro aceptó casarse con el comandante Damián Arce por una razón simple: proteger a su familia. Lo que debía ser un acuerdo frío se convierte en una vida compartida entre hospitales, misiones de frontera, secretos de sangre y un niño que no debería estar en medio de ninguna guerra.
Cuando una red criminal vuelve a reclamar lo que cree suyo, Alma y Damián tendrán que decidir si su matrimonio es solo una obligación... o la única casa capaz de resistirlo todo.
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Capítulo 23
Esperando en el puesto de mando
Después de medianoche, la lluvia cesó.
Valle Bajo se había convertido en una pequeña isla entre lodo, escombros y luces de emergencia. Los vecinos cuyas casas habían quedado destruidas dormían en el salón comunal; algunos permanecían sentados con las rodillas contra el pecho, otros contemplaban, sin ver realmente, las viviendas a las que ya no podían regresar.
Alma no durmió.
Estaba sentada en el puesto médico, suturando la herida de un adolescente con una linterna pequeña como luz adicional. El viejo generador de afuera se apagaba y volvía a encenderse desde hacía rato. Cada vez que la luz titilaba, todos contenían el aliento.
—Aguanta un poco más —le pidió Alma.
El muchacho mordió un pedazo de tela.
—Duele, doctora.
—Lo sé. Faltan dos puntos.
A su lado, Renata le tomaba la presión a una embarazada. Julián anotaba el inventario de medicamentos, cada vez más escaso. La doctora Nanda, del centro de salud, finalmente se había unido a ellos cuando la vía distrital quedó parcialmente habilitada. Seguía agotada, pero esta vez las manos no le temblaban.
Damián entró al salón comunal cerca de las dos de la madrugada.
Llevaba el uniforme cubierto de barro. Tenía sangre seca en la sien y el hombro se le veía rígido.
Alma le dedicó una mirada breve y volvió a la sutura.
En cuanto terminó con el paciente, se puso de pie y fue hacia él.
—Siéntese.
Damián frunció el ceño.
—Tengo que revisar los informes.
—Siéntese.
Renata levantó la cabeza.
Julián no se atrevió a mirar.
Damián sostuvo la mirada de Alma unos segundos y luego se sentó en un banco de madera.
Alma tomó una gasa y antiséptico. Le limpió en silencio la herida de la sien.
—Es solo un rasguño —comentó Damián.
—La frase favorita de quienes agotan a los médicos.
—Usted también la usa mucho.
—No le estoy pidiendo la opinión al paciente.
Damián guardó silencio.
Tenía las manos sobre las rodillas, pero Alma notó que los dedos le temblaban apenas. No de miedo. De cansancio, adrenalina y quizá frío.
—¿El hombro?
—Me golpeó una viga.
—Quítese la chaqueta.
—¿Aquí?
Alma lo miró sin expresión.
—No le estoy pidiendo que se quite la dignidad. Solo la chaqueta.
Renata tosió con fuerza en la mesa de al lado.
Damián se quitó la chaqueta. Tenía el hombro amoratado y un arañazo largo. No era profundo, pero había que limpiarlo.
Alma trabajó despacio.
—No debió entrar en los escombros —murmuró.
—Usted tampoco.
—Yo entré por un paciente.
—Yo entré por usted.
La mano de Alma se detuvo un instante.
Renata se puso de pie de golpe.
—Voy a revisar a los pacientes de afuera.
Julián se levantó también.
—La ayudo.
Se fueron con demasiada prisa.
Alma continuó limpiando la herida.
—No diga esas cosas si solo está cansado.
—No estoy solamente cansado.
—Estamos en un puesto de desastre.
—Lo sé.
—Mañana quizá se arrepienta.
—Empiezo a cansarme de que usted decida de qué voy a arrepentirme.
Alma lo miró.
Damián le sostuvo la mirada.
Del exterior llegaban las toses de los vecinos, el llanto de un niño y los llamados alternados de los soldados por radio.
No había espacio para una conversación larga.
Alma pegó el apósito.
—Listo.
Damián permaneció sentado.
—Su pierna.
—Después.
—Ahora.
—Damián...
—Me dijo que no tomara decisiones por usted. Bien. No la estoy obligando. Se lo pido: deje que revise su pierna ahora.
Alma se quedó callada.
Eso era jugar sucio.
Se sentó en otro banco y se subió un poco el pantalón. Tenía un corte bastante largo en la pantorrilla, causado por una madera entre los escombros. La sangre ya se había secado.
Damián tomó una gasa.
—¿Qué cree que hace?
—Limpiarla.
—Usted no es médico.
—Usted les enseñó a los soldados a detener hemorragias. Limpiar una herida pequeña no está fuera de mi alcance.
Alma quiso negarse.
Pero estaba demasiado cansada.
Damián se arrodilló frente a ella.
La escena la dejó sin palabras.
El mayor Damián Arce, el comandante que antes la había hecho sentir una invitada indeseada en su propia vida, estaba arrodillado sobre el suelo embarrado del salón comunal, limpiándole la herida de la pantorrilla con manos cuidadosas.
—¿Duele? —preguntó.
—Un poco.
—Mentira.
—Bastante.
—Mejor.
Alma contempló el cabello de Damián, húmedo de lluvia y sudor.
—Damián.
—¿Sí?
—Cuando entró a los escombros...
Se interrumpió.
Damián alzó el rostro.
—¿Qué pasa?
—Tuve miedo.
Las palabras salieron apenas en un susurro.
Damián no se movió.
—Tuve miedo de que quedara enterrado.
El rostro de Damián cambió. Toda la tensión de su mandíbula pareció ceder.
—Yo también tuve miedo —admitió.
—¿Usted?
—Cuando te oí llamarme desde adentro.
Alma tragó saliva.
Damián siguió limpiando la herida, pero bajó la voz.
—He enfrentado disparos, explosiones, operaciones nocturnas. Sé cómo cerrar la mente y mantener la cabeza fría. Pero hace rato, durante unos segundos, solo pude pensar en una cosa.
—¿En qué?
—En que todavía no he tenido tiempo de arreglarlo todo.
Alma cerró los ojos un momento.
Aquella frase dolía más de lo que endulzaba.
Porque era cierta.
Todavía no habían tenido tiempo.
Siempre estaban a punto de hablar, de confiar, de acercarse; y entonces algo los arrastraba otra vez hacia la sangre, los pacientes, las familias, el desastre.
Damián terminó de vendarle la pierna.
—Tienes que dormir una hora.
—No puedo.
—Sí puedes.
—Los pacientes...
—Renata y Nanda están de guardia. Yo también estoy aquí.
—Usted también debe dormir.
—Dormiré después de que tú duermas.
Alma lo miró.
—¿Es una orden?
—Una negociación pésima.
Estuvo a punto de reírse.
Al final, Alma durmió cuarenta minutos sobre una colchoneta junto a la mesa de medicamentos. No fue una hora, pero bastó para que dejara de sentir que la cabeza le estallaba. Al despertar, Damián estaba sentado a poca distancia, con la espalda contra la pared, los ojos cerrados y la radio aún en la mano.
No dormía de verdad.
Solo esperaba.
La mañana llegó con nuevas noticias.
La agencia distrital de gestión de desastres había abierto una vía para que llegara ayuda. Arribaría un equipo conjunto del Ejército, la Policía, voluntarios y la Secretaría de Salud. El saldo provisional era de dos muertos, decenas de heridos y varias casas inhabitables.
Alma leyó la lista de pacientes y frunció el ceño.
—Renata, ¿tres pacientes tienen fiebre desde anoche?
—Sí. Son niños. Tal vez se mojaron demasiado con la lluvia.
Alma los revisó uno por uno. Fiebre, dolor en las pantorrillas, un ojo enrojecido en uno de ellos. Les preguntó si habían jugado en los charcos o si se habían lastimado.
La respuesta fue afirmativa.
El estómago de Alma se encogió de frío.
—Damián.
Damián, que hablaba con Rodrigo, se volvió de inmediato.
—¿Qué ocurre?
—Tenemos que separar las zonas de descanso, revisar el agua potable y empezar a explicar el lavado de manos. Pida a la Secretaría de Salud ciertos antibióticos y pruebas rápidas, si tienen.
—¿Qué sospecha?
Alma observó a los niños tendidos en las colchonetas.
—Leptospirosis. También podría ser otra infección posterior a la inundación. Pero si esperamos a que presenten todos los síntomas, será demasiado tarde.
Damián no hizo más preguntas.
Levantó la radio enseguida.
Fuera del salón comunal, el sol subía sobre la tierra agrietada.
El primer desastre no había terminado.
El segundo quizá apenas comenzaba.
La noticia se extendió más rápido que las instrucciones oficiales. Algunos vecinos entraron en pánico de inmediato, convencidos de que toda el agua estaba contaminada. Un hombre llegó cargando bidones y pidió medicinas para toda su familia. Una mujer lloraba porque su hijo había jugado desde temprano en una zanja desbordada.
Alma se plantó en medio de la multitud, con la voz ronca.
—Escúchenme primero. No todos tienen que tomar antibióticos. Quienes tengan fiebre, dolor en las pantorrillas, ojos rojos o heridas abiertas después de haber tocado agua de inundación, repórtense en esa mesa. Los niños tienen prioridad. Las embarazadas, vengan directamente conmigo.
—¿Y si solo tenemos miedo, doctora? —preguntó una mujer.
—Tener miedo está bien. Pero no le quiten el medicamento a quien ya está enfermo.
Damián la observaba desde el otro extremo de la mesa. En el cuartel estaba acostumbrado a ver gente impartir órdenes a gritos. Alma no levantaba la voz. Hablaba breve, claro y sin dejar sitio para el drama. Extrañamente, eso era justo lo que hacía que todos escucharan.
Una hora después, el puesto quedó dividido en tres circuitos. Rodrigo organizaba la lista de nombres. Verónica ayudaba a anotar las direcciones de los pacientes, porque varios vecinos no podían deletrear bien el nombre de sus barrios. Dos parteras de la aldea llegaron con termómetros viejos y una caja de mascarillas cuyos elásticos ya estaban resecos.
—Solo quedan ocho bolsas de suero —advirtió una enfermera joven.
—Úsenlas únicamente para quienes tengan deshidratación grave —respondió Alma—. Quienes aún puedan beber, sales de rehidratación oral.
—Se acabaron las sales.
Alma cerró los ojos un instante.
—Sal, azúcar y agua hervida. Las prepararemos aquí.
Damián se volvió de inmediato hacia la cocina comunitaria.
—Verónica, ¿puede hacerlo?
—Sí, pero necesitamos agua limpia.
—Tomen la del tanque del batallón.
Rodrigo vaciló.
—Es la reserva de la tropa.
Damián lo miró.
—Hoy los vecinos también son nuestra tropa.
Alma oyó aquella frase, pero no alcanzó a mirar a Damián por mucho tiempo. Un niño vomitó de pronto junto a la puerta; su cuerpo estaba débil entre los brazos de su hermana mayor. Alma corrió, se agachó y le tocó la frente.
Ardía.
Demasiado.
—¿Cómo se llama?
—Timo —contestó la hermana, casi inaudible—. Tiembla de frío desde anoche.
Alma le levantó los párpados al niño, revisó su respiración y se volvió hacia Damián.
—Hay que bajarlo al hospital público regional.
—La carretera principal sigue bloqueada.
—Busque otra ruta.
Damián no perdió tiempo diciéndole que era imposible.