Un matrimonio nacido de un acuerdo silencioso parecía destinado a la distancia, hasta que una decisión amenazó con arrebatarles todo. Entre ruinas, lágrimas y un campo de tulipanes, David y Elena descubrirán que el amor verdadero no nace perfecto, sino que se construye cuando el mundo se desmorona. A veces, el invierno más frío de la vida es solo la antesala de un nuevo florecer. Esta es la historia de una promesa rota por el miedo, un diagnóstico que cambió sus destinos y un amor inquebrantable que, treinta años después, sigue respirando en el corazón de quienes más los aman.
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13
David
El silencio en la casa se había vuelto insoportable. Miraba con nostalgia los espacios, recordando a Elena caminar de un lado a otro mientras cocinaba o limpiaba los retratos; recordaba sus sonrisas, a veces apagadas por el peso de mi propio cansancio. Me abrumaba la soledad. Ana ya se había ido, y eso hacía que todo se sintiera aún más desolador.
Ya habían pasado dos semanas desde que Elena se fue y, a pesar de la ausencia, no había reunido la voluntad para llamarla o pedirle que regresara. Sentía —o quería convencerme— de que ella merecía ser libre, lejos de alguien como yo, que no tenía ni la menor idea de qué hacer con su vida. Pero admitía que dolía; dolía ver que ya no estaba ni siquiera para obligarme a comer. Al menos, su sola presencia hacía que mi soledad fuera menos punzante.
No había querido salir de casa; prefería refugiarme en el silencio antes que afrontar la realidad de mi existencia.
Los días siguientes fueron un castigo autoimpuesto. La comida empezaba a saber menos insípida y me resultaba imposible permanecer en la cama; necesitaba estar en el sofá, observando la ciudad, como si esperara verla aparecer en cualquier esquina. Tanto así, que en muchas ocasiones salía hasta la entrada del edificio, donde me encontraba, por desgracia, con el ex de Elena. Llegamos a conversar un par de veces, en contra de mi propia voluntad.
—Creí que eras su novio actual —dijo el imbécil, sin rastro de culpa en su voz—. Pero al ver que no ha venido a visitarte, me di cuenta de que quizás solo fuiste un ligue pasajero.
Su mirada parecía segura, arrogante, muy distinta a la mía. Quise gritarle que era su esposo, pero las palabras se me atoraron en la garganta; la realidad es que ella ya no estaba aquí.
—¿Hace cuánto que no se ven? —terminé preguntando.
Él, antes de responder, encendió un cigarrillo y me ofreció uno. Lo acepté sin dudar. No era la primera vez que fumaba, pero lo había dejado desde que mi mamá enfermó; era la primera vez en años que volvía a encender uno. El humo fue extrañamente reconfortante.
—Nos dejamos de hablar hace como tres años y medio —dijo, mirando el piso con nostalgia—. Pude impedir que se alejara, pero fui un ingenuo, un tonto —sonrió con amargura.
—¿Por qué lo dices?
—Ella era tan linda conmigo que eso me abrumó; era demasiado para mí. Tenía la costumbre de ser intensa, llamaba todos los días, escribía para saber de mí... eso empezó a molestarme.
Él me miró fijamente, como si estuviera intentando expiar sus culpas.
—Hasta que decidí cortar. Prometí buscarla después de terminar la universidad, pero no pensé en lo que estaba perdiendo. Le escribí y nunca respondió. Sus amigas se volvieron tumbas. Solo hasta que la vi hace poco comprendí que ella ya me había superado.
Su sonrisa se destruyó por completo; quizás aún guardaba el recuerdo de ella rechazándolo. No debería sentirme aliviado por su derrota, pero lo hacía.
—Sabes... ella es una gran mujer —dijo.
—¿Por qué me dices estas cosas? —pregunté, extrañado.
—El día que la vi salir de aquí con las maletas, pensé en el daño que debió sentir cuando terminamos nosotros. Pero viendo lo mal que estaba ese día, creo que tú tienes más oportunidades de volver con ella que yo.
Después de esas conversaciones, no nos volvimos a dirigir la palabra; no lo he visto más por el edificio. Las cajetillas de cigarros empezaron a acumularse en el basurero. Me reclamo una y otra vez si debería llamarla, si debería saber de ella, pero no me atrevo. No tengo la valentía. No mientras siga siendo este hombre deshecho.
Mirando el cigarrillo entre mis dedos, tomé la única decisión posible: lo apagué, levanté la mirada y regresé a mi apartamento. Me metí a la ducha, me di un baño largo y me peiné el cabello. Ana me esperaba con el almuerzo, pero no tenía hambre; salí de casa sin probar bocado.
Llegué a la primera barbería que encontré. El hombre a cargo bajó mi barba y cortó mi cabello, dejándome una apariencia menos deplorable. Salí de allí con una energía renovada. Regresé caminando; las calles tenían una alegría que yo aún no sentía, pero las personas sonreían, avanzaban. Quizás yo también debía hacerlo. A pesar de todo, debía intentarlo.
Terminé en el cementerio, visitando a mi madre. Sobre su lápida había un tulipán blanco. Elena había estado aquí. Un calor cálido y acogedor se instaló en mi pecho.
—Mamá, creo que fui un idiota —susurré, sin dejar de mirar el tulipán en mis manos—. Pero tengo miedo; miedo de no saber qué hacer con tanto —mi voz sonaba tranquila, aunque por dentro estaba muriendo de los nervios.
Sonreí al recordar la primera vez que vi a Elena. No parecía para nada mi tipo; estaba buscando a la "chica correcta", esa que le agradara a mi mamá. Nunca imaginé que esa chica de cabello azul y rosa sería la indicada. Mi madre estaba feliz de haberla elegido; en el fondo, sabía que Elena era un ángel comparada conmigo.
—Después de todo, tenías razón. Ella tenía algo que me sacaba de la rutina —dije al aire.
Sonreí con tristeza recordando cómo la traté hace apenas un mes. Fui un imbécil. Pero tenía que remediarlo. Tenía que intentar ser el hombre que ella merecía.