Para la alta sociedad de Mayfair, Lady Lysandra Ashford lo tiene todo: belleza, fortuna y un compromiso idílico con el codiciado Lord Lucian Prescott. Sin embargo, la ilusión se quiebra la noche en que descubre que su prometido solo buscaba ganar una apuesta de club y acceder a la riqueza de su padre. Con el corazón endurecido por la traición, Lysandra rompe el compromiso y jura no volver a entregarse a las redes del amor romántico.
Obligada a regresar a los salones de baile para limpiar el nombre de su familia, su camino se cruza con el de Lord Gideon Ravenscroft, el nuevo e inmensamente rico Duque del Norte. A pesar de su imponente presencia física y su estatus inalcanzable, Gideon oculta un defecto catastrófico: una incapacidad total para desenvolverse en la hipocresía social de la capital. Lo que comienza como un pacto de conveniencia —donde ella le enseña a navegar por las garras de la aristocracia a cambio de mostrarse juntos— pronto despierta una atracción incontrolable.
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Cenizas de una ilusión
Lysandra no irrumpió en la estancia lanzando gritos ni provocó un escándalo que alimentara los periódicos de cotilleos de la mañana siguiente. El orgullo de la estirpe Ashford y la dignidad que su madre le había inculcado desde la cuna actuaron como un escudo impenetrable.
Tragándose el hiedra amarga de la traición, caminó de regreso por el pasillo con la cabeza alzada, esquivó a los invitados con sonrisas practicadas y se encerró en sus aposentos. Se paró frente al gran espejo de cuerpo entero. Miró su reflejo: el vestido de encaje claro, el peinado impecable, la mirada vulnerable.
Con manos firmes, se despojó del adorno de flores que llevaba en el cabello y lo arrojó al fuego de la chimenea. La joven crédula que creía en romances perfectos había quedado calcinada esa misma noche.
A la mañana siguiente, cuando el sol apenas comenzaba a entibiar la ciudad, Lord Lucian Prescott se presentó en la residencia Ashford. Fue conducido al salón de té, luciendo un traje de corte impecable y sosteniendo un delicado ramo de peonías blancas recién cortadas.
Entró con la desenvoltura de quien se sabe dueño del lugar, desplegando su sonrisa más cautivadora.
—Lysandra, mi vida —comenzó a decir con voz acaramelada, avanzando hacia ella con los brazos abiertos—. Estabas sencillamente deslumbrante anoche, aunque te eché de menos durante las últimas horas de la velada...
Lysandra estaba sentada junto a la ventana, erguida como una reina en su trono. Antes de que él pudiera acercarse o tomar su mano para besarla, alzó una mano con frialdad absoluta.
—Guarda las flores sobre la mesa, Lucian. Y ahórrate las adulaciones. No tienen ningún valor aquí.
Lucian parpadeó, frenando sus pasos. La calidez del ambiente pareció esfumarse de golpe.
—¿Sucede algo, querida? Te noto... extraña. Si estás molesta porque no bailé la última pieza contigo, puedo explicarte que los negocios del club...
—Ayer por la noche fui a buscarte a la biblioteca —lo interrumpió ella. Su voz no tembló; era una cuchilla de hielo cayendo sobre la estancia—. Y escuché con perfecta claridad cada una de las palabras que compartiste con Lord Etienne y tus amigos.
El rostro de Lucian pasó por una metamorfosis instantánea. El color sonrosado de sus mejillas desapareció, dejándolo pálido como la cera. La máscara de elegancia y devoción se desmoronó por completo, revelando la expresión acorralada y patética de un tramposo al descubierto.
—Lysandra... por favor, no malinterpretes las cosas... —balbuceó dando un paso hacia adelante, intentando desesperadamente recomponer su figura—. Era solo charla de hombres, desvarios estúpidos producidos por el exceso de brandy. Sabes cómo son los caballeros en los clubes, es solo bravuconería... Yo te amo, de verdad te amo...
—¿Me amas? —Lysandra dejó escapar una risa breve, helada y sin un solo ápice de alegría—. ¿Amas las doscientas guineas de tu apuesta? ¿O amas la fortuna de mi padre que planeabas dilapidar para sostener tus vicios?
Se puso de pie con una parsimonia imponente. Desabrochó con calma el broche del anillo de compromiso, esa enorme piedra de diamante que hasta ayer le parecía un símbolo de eternidad, y lo dejó caer sobre la mesa de caoba. El sonido metálico resonó en la habitación silenciosa.
—El compromiso queda anulado a partir de este instante —declaró mirándolo directamente a los ojos, sin una sola pizca de dudar—. Si intentas volver a cruzar el umbral de esta casa, o si me entero de que has atrevido a mencionar mi nombre o el de mi familia para limpiar tu reputación, me encargaré personalmente de enviar una nota detallada a cada uno de tus acreedores y a los patronos de tus clubes sobre el tipo de cazafortunas miserable que eres.
Lucian intentó dar un paso, abre los labios para replicar, pero al ver la determinación feroz y destructiva en la mirada de Lysandra, se tragó las palabras. Sabía que ella tenía la posición y el carácter para arruinarlo socialmente.
Sin esperar una respuesta, Lysandra dio media vuelta y abandonó el salón de té.
Las semanas posteriores fueron un incendio de rumores en la capital. El anuncio oficial de la cancelación del compromiso envió ondas de choque por toda la aristocracia. Las matronas murmuraban detrás de sus abanicos, los jóvenes especulaban y las miradas de lástima o regocijo morbo se multiplicaban en cada esquina.
Para no alimentar la vorágine de chismes, Lysandra tomó una decisión tajante: abandonó la capital y se retiró a la finca de campo de la familia Ashford, lejos del veneno social.
Allí, entre cabalgatas solitarias bajo la lluvia, lecturas junto a la chimenea y paseos por bosques de robles, reconstruyó los pedazos de su dignidad. Aprendió a perdonarse a sí misma por haber sido tan ingenua, pero implantó un juramento de hierro en su mente: jamás volvería a abrir su corazón a ningún hombre. El amor novelesco no existía; era solo una farsa victoriosa para los manipuladores.