Morgana tiene 24 años y siente que su vida se detuvo entre los campos de soja de Entre Ríos. Cansada de la monotonía, del trabajo pesado y de la presión de un futuro trazado por su familia, decide armar las valijas y mudarse a la provincia de Buenos Aires en busca de una nueva oportunidad.
Sin embargo, el cambio de aire resulta ser más caótico de lo que esperaba. En medio del bullicio de la gran ciudad y durante una multitudinaria marcha manifestante, un choque fortuito cambia sus planes por completo: termina cara a cara con el hijo mimado de la presidenta de Argentina.
Entre el choque de dos mundos opuestos -la vida rural y humilde contra el privilegio y la política de alto nivel-, Morgana se verá envuelta en un torbellino de secretos, flashes de prensa y una tensión inesperada de la que no podrá escapar tan fácilmente.
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CAPÍTULO 10
Ya sabía qué quería de mí ese engreído de Caín; no sé por qué me consideraban mala para Elian. ¿Capaz sí lo soy?
Me dormí sin contestar su mensaje. No tenía ganas de lidiar con personas como él, que se creen superiores solamente porque tienen dinero; son muy distintos con su hermano.
Pensar en Elian solo hacía que mi corazón se acelerara.
O sea, era lindo, amable, un poco tímido, pero cada vez que nos conocíamos más se volvía más abierto.
¿Por qué Elian hacía acelerar mi corazón? ¿Será que me estaba enamorando? No, me reí; era imposible que yo, Morgana, estuviera enamorada de Elian; además, recién nos conocíamos.
El sol todavía no terminaba de asomar entre los edificios cuando la alarma de mi celular empezó a vibrar sobre la mesa de luz. Un hilo de luz fría colaba por las rendijas de la persiana, recortando las siluetas conocidas de mi pieza: el placar destartalado, la silla con la ropa del día anterior y la mochila apoyada contra el piso.
Me quedé unos minutos boca arriba, mirando el techo mientras el silencio de la mañana se quebraba despacio con el ruido del tránsito lejano. La cabeza me pesaba, llena todavía con los ecos de la noche anterior: la frialdad de la mansión Capell, las advertencias de Hestia y, sobre todo, ese mensaje seco de Caín ordenándome que me mantuviera lejos.
—Ni loca le doy el gusto —murmuré para mí misma.
Me destapé de un tirón antes de que las dudas me ganaran de mano. El piso frío contra los pies descalzos me espabiló de golpe.
Fui directo a la cocina, prendí la hornalla y puse la pava a calentar para armar unos mates amargos que me devolvieran el alma al cuerpo. Mientras el agua agarraba temperatura, pasé por el baño a lavarme la cara con agua helada. Al mirarme al espejo, no vi a una chica intimidada por un apellido de alcurnia; vi las ojeras de alguien que no dormía bien, pero también la mirada firme de siempre.
De vuelta en la habitación, me vestí rápido: un jean cómodo que ya tenía un par de manchas de pintura viejas, una remera negra holgada y mis zapatillas gastadas. Me até el pelo en una colita alta para que no me molestara durante la jornada y agarré la mochila, asegurándome de llevar los bocetos y el cuaderno de anotaciones.
Serví el primer mate, rápido, sintiendo el calor del recipiente entre las manos. Al agarrar el celular para guardarlo en el bolsillo, vi la pantalla encendida: la notificación del mensaje de Caín seguía ahí, implacable. No lo borré, pero tampoco le respondí.
Giré la llave de la puerta de entrada, la cerré a mis espaldas y bajé las escaleras a paso firme, lista para enfrentar lo que fuera que me esperara en el taller.
Caminé explorando esta bella ciudad; era bonita, pero muy ruidosa en comparación con mi linda Entre Ríos, silenciosa y rodeada de gente que me había visto crecer.
Un motor de auto muy cerca me sacó de mis pensamientos. Asustada, me quedé paralizada, cerré los ojos y esperé que pasara lo peor.
El auto frenó a unos metros de mí y abrí los ojos asustada cuando vi quién se bajaba.
El mismísimo Caín.
—¿No mirás por dónde vas, idiota?
Enojado, me zamarreó el brazo y me miró con esos ojos penetrantes.
—Disculpame, no te vi.
Se rio secamente y me miró de pies a cabeza, una costumbre ya.
—No contestaste mi mensaje ayer. ¿Quién te creés para hacerme eso?
Lo miré saliendo de mi shock y me zafé de su agarre poniéndome la máscara de enojada.
—No tenés ningún derecho a andar tironeándome para todos lados como si fuera tu juguete.
Respiré calmando mis latidos.
—No te contesté porque no quería.
Caín se tensó al instante. Sus ojos oscuros se entrecerraron y la mandíbula se le apretó con tanta fuerza que los músculos del cuello se le marcaron bajo la piel. No estaba acostumbrado a que nadie le hablara así, y mucho menos a que le marcaran el terreno con tanta frialdad.
Dio un paso lento hacia mí, acortando la distancia hasta que su sombra me cubrió por completo.
—Mirá vos —dijo en un susurro bajo, cargado de una ironía peligrosa—. La provinciana resultó tener carácter.
No bajé la cabeza. Sostuve su mirada fija, aunque el corazón me retumbaba en el pecho como un tambor.
—Pensás que tenés el control de todo, Caín, pero conmigo te equivocás —agregué, dando un paso al frente para no ceder ni un milímetro de espacio—. A mí no me manejás con tu plata ni con tus amenazas por mensaje.
Él dejó escapar una risa corta, amarga, y se pasó una mano por el pelo antes de inclinarse apenas hacia mí.
—No sabés en la que te estás metiendo, Morgana —murmuró, con la voz rasposa—. No tenés ni idea de cómo funcionan las cosas acá, y mucho menos en mi familia. Si no te alejás de Elian por las buenas, vas a descubrir de la peor manera de lo que soy capaz para protegerlo.
—No me intimidás y si seguís así, vos también me vas a conocer. No me pienso alejar de Elian; él es un buen chico y me cae bien. No porque me lo diga un niño mimado como vos me va a mandar a hacer algo a mí.
Sentía que por mi cuerpo subía un calor que peor me ponía.
Él solo soltó una risa y sonrió.
—Sos divertida, Morgana Castellantes.
Escuchar ese apellido después de todo lo que había pasado se sentía como una herida abierta a la que le hubieran echado sal y limón.
Decidí darme la vuelta y dejarlo ahí parado mientras yo caminaba rápido para que no viera mis lágrimas.
Detrás de mí escuchaba sus gritos llamándome, pero hice oídos sordos.
Esta era la definición de evasión y eso me frustraba.