Hace seis años dejé a Damián Carvajal con una mentira:
«Me aburrí de ti».
Hoy es un magnate, mi nuevo jefe y el hombre que acaba de pedirme que sea su esposa durante un año.
Él necesita librarse de las mujeres que su familia insiste en presentarle. Yo necesito una oportunidad para ejercer mi carrera y ayudar a mi padre a conservar su taller. Damián me ofrece ambas cosas a cambio de un matrimonio que terminaremos cuando se cumplan doce meses.
Acepto. Conozco las condiciones. También conozco al hombre con el que voy a compartir la cama… o eso creía.
Porque el Damián que me provoca en la oficina es el mismo que se enfrenta a su familia por mí. Recuerda hasta lo que no me gustaba comer en la prepa. Y cuando me llama «mi esposa», cada vez me cuesta más acordarme de que tenemos un acuerdo.
Entonces reaparece una grabación de cuando tenía diecisiete años.
Mi voz. Un trato. La verdadera razón por la que me acerqué a él.
Damián cree que lo dejé porque nunca lo quise. ¿Qué va a pensar cuando escuche que, al principio, alguien me ofreció algo a cambio de enamorarlo?
NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 8
Capítulo 8
Ese fin de semana no lo vi. Cada vez que miraba el teléfono tenía que recordar que Damián podía escribirme si quería. No necesitaba que yo encontrara un asunto de trabajo para ayudarlo.
El lunes llegaría su padre a supervisar Vértice. El viernes habían enviado el programa del recorrido y la lista de documentos para la junta; yo llevaba entre ellos el análisis de mercado que Julián me había encargado. Lo revisé el domingo por la noche, buscando un error que me permitiera pensar en otra cosa.
Había solicitado un puesto en Grupo Carvajal dos años antes, recién egresada del Tec. Pasé tres entrevistas. En la última, la evaluadora cerró mi expediente y me dijo que le encantaba mi perfil. Salí calculando cuánto podría darle a mi madre de mi primer sueldo.
Tres semanas después me informaron que habían elegido a otro candidato.
No era el único rechazo que había recibido, pero sí el que más trabajo me costaba explicarme. Había repasado mis respuestas hasta volverlas irreconocibles. El lunes, al ver el nombre de don Ernesto en el programa, recordé la sonrisa de aquella mujer y deseé que no viniera con la comitiva.
Karla había pedido el día para una consulta médica. Cecy cubría recepción; a mí me tocaba preparar la sala y estar pendiente de los documentos durante el recorrido. Llegué temprano. Cuando terminaron de aspirar, volví a poner las sillas en su lugar y comprobé que el proyector funcionara.
Don Ernesto entró con el licenciado Fuentes, que llevaba una tableta abierta. Era alto, canoso, de sesenta y tantos. Se parecía a Damián en la forma de detenerse a esperar una respuesta: sin repetir la pregunta, convencido de que el silencio incomodaría primero al otro.
Con su hijo no le funcionaba.
—El margen del trimestre está por debajo de lo que presentaste al consejo —dijo durante el recorrido.
—Adelantamos la reinversión. Te envié el desglose.
—Lo vi.
—Entonces viste también las proyecciones.
Don Ernesto pidió un dato a Fuentes. Damián esperó sin ayudarlo a encontrarlo. Yo, que tenía el mismo cuadro impreso en la carpeta, dudé antes de abrirla. El problema entre ellos parecía anterior a cualquiera de esas cifras.
En la sala, los directivos tomaron asiento y la discusión siguió. Damián defendió el gasto con números; su padre preguntó por los plazos y volvió dos veces a una contratación. Cuando finalmente cerró el reporte, creí que pasaríamos al siguiente punto.
—Tu madre te consiguió dos citas —dijo—. Esta vez no las canceles.
Fuentes dejó de escribir. Uno de los directivos se puso a ordenar sus hojas.
—Habla conmigo de eso después —contestó Damián.
—Después nunca tienes tiempo. Con la del Prado ya quedó esta semana. Para la otra, tu madre te avisará.
Yo acababa de servir el último café. Tenía que dejar la jarra junto a la pared y salir, pero don Ernesto habló de nuevo antes de que llegara a la puerta.
—Y no te encapriches con una cara bonita. No traigas amantes a la empresa. Aquí se viene a trabajar.
No me miró. Tal vez hablaba de alguien más; me habría gustado creerlo. Sin embargo, uno de los hombres de la mesa alzó los ojos hacia mí y los bajó enseguida.
Dejé la jarra en su sitio. Quería que Damián aclarara que yo tenía un contrato, un sueldo, un trabajo. Me avergonzó esperarlo tanto: hacía un momento había estado pensando que no iba a buscarlo el fin de semana y ahora necesitaba que dijera una sola frase en mi favor.
Él permaneció mirando a su padre. Don Ernesto pasó al siguiente punto.
Al terminar la junta fui a recoger las tazas. Fuentes se había llevado las copias del reporte financiero, pero en la mesa seguía mi análisis de mercado. Don Ernesto lo abrió mientras esperaba el elevador.
Leyó la primera página. Volvió atrás para comparar una cifra y después preguntó quién lo había preparado.
—Yo, señor. Renata Nájera.
Aparté las tazas de la carpeta para que pudiera desplegarla.
—¿Por qué descartaste a este proveedor?
Le señalé el cuadro de costos. La cotización parecía mejor hasta que se incluían la entrega y el mantenimiento. Si el volumen crecía como esperábamos, el ahorro inicial desaparecía antes de terminar el año.
—Los datos los validé con el área —añadí—. La proyección es mía.
Me pidió que explicara otro supuesto. Lo hice sin mirar a Damián. Por fin me estaban preguntando algo que sabía contestar, y no quería desperdiciarlo pensando en lo que se había dicho unos minutos antes.
Don Ernesto cerró la carpeta.
—¿Y la tienes contestando teléfonos?
La pregunta fue para su hijo.
—Está trabajando en lo que necesito —respondió él.
—Yo necesito gente así en el corporativo. Fuentes, busca dónde incorporarla. —Volvió hacia Damián—. Mándamela el lunes. Allá va a tener puesto y sueldo para hacer esto.
Puesto y sueldo. Eran precisamente las dos cosas por las que había pasado tres entrevistas años atrás. Tuve el impulso de preguntar en qué área, con qué funciones. Quizá podría dejar de justificar por qué una secretaria preparaba análisis después de atender llamadas.
Abrí la boca, pero don Ernesto ya estaba hablando de la fecha de incorporación con Fuentes.
Todavía no me habían hecho una oferta. Estaban decidiendo mi traslado.
Dejé la última taza. No quería perder la oportunidad; tampoco quería aceptar algo que nadie se había tomado la molestia de explicarme. Busqué un espacio para intervenir y entonces Damián contestó:
—No.