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LA HEREDERA DEL SILENCIO

LA HEREDERA DEL SILENCIO

Status: En proceso
Genre:Aventura de una noche / Casarse por embarazo / Malentendidos
Popularitas:932
Nilai: 5
nombre de autor: Genesis YEPES

Valentina Rivas es la heredera de un poderoso imperio empresarial. Tras desaparecer dos meses, regresa a casa marcada por un secreto que no puede revelar. Su matrimonio por contrato con Aniel, un hombre reservado y observador, se tensa cuando comienzan a llegar amenazas silenciosas: fotografías de su hija y mensajes que demuestran que alguien cercano conoce cada debilidad de su familia.
Mientras el tiempo del contrato se agota, Valentina debe decidir entre seguir callando para proteger a los suyos o enfrentar la verdad que podría destruirla. En un mundo donde el poder se hereda y el silencio tiene un precio, algunas herencias no se eligen.

NovelToon tiene autorización de Genesis YEPES para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

DE REGRESO A CASA

La casa quedó en silencio cuando la última risa se apagó.

Anisette se había quedado dormida en mis brazos a mitad de la película, con la cabeza apoyada en mi pecho y una mano pequeña agarrada a la tela de mi blusa. Su respiración era calma, profunda. Como si el mundo fuera un lugar seguro.

Aniel se levantó sin decir nada y me miró. Extendió los brazos.

—Yo la llevo.

Dudé un segundo no quería soltarla mientras la tuviera contra mí, todo lo demás podía esperar. Pero al final asentí y se la entregué con cuidado. Él la acomodó contra su pecho con una naturalidad que me dolió. Había algo en la forma en que la sostenía… una ternura que yo ya no sabía si merecía recibir.

Subimos juntos las escaleras. El pasillo de mármol estaba a media luz. Las fotos familiares en las paredes me observaban como si supieran que yo ya no era la misma mujer que había posado en ellas.

En la habitación de Anisette, la cama de castillo esperaba con las sábanas perfectamente tendidas. Aniel la recostó con delicadeza yo me incliné y le besé la frente. Él hizo lo mismo luego murmuró una bendición en voz baja, como siempre hacía.

Yo no dije nada.

No pude.

Cuando salimos al pasillo, el silencio entre nosotros se volvió denso. Aniel se detuvo frente a la puerta de nuestra habitación yo seguí caminando hacia la de huéspedes.

—¿No vas a dormir aquí?

preguntó.

Me detuve, pero no me giré.

—Prefiero estar sola esta noche.

Hubo una pausa larga.

—Está bien

dijo al final. Su voz sonó tensa.

—Buenas noches.

Entré al cuarto de huéspedes y cerré la puerta con cuidado. Me apoyé contra ella y dejé que el aire saliera de mis pulmones de golpe las piernas me temblaban me quité los zapatos y caminé hasta el baño encendí la luz y me miré en el espejo.

La mujer que me devolvió la mirada tenía los ojos hinchados y la piel pálida había practicado la sonrisa durante horas, pero ahora, a solas, ya no quedaba nada de ella. Me desnudé con movimientos mecánicos y entré a la ducha abrí el agua caliente hasta que el vapor llenó el espacio.

Restregué mi piel con fuerza.

Otra vez.

Y otra.

Como si pudiera borrar las manos que me habían tocado. Como si el jabón pudiera llegar hasta los recuerdos el agua corría por mi cuerpo y yo seguía frotando, más fuerte, hasta que la piel se puso roja y empezó a arder. Solo entonces me detuve me senté en el suelo de la ducha, con las rodillas contra el pecho, y dejé que el agua cayera sobre mi cabeza.

No lloré.

Ya no me quedaban lágrimas para esa noche.

Cuando salí, me sequé con toallas gruesas y me puse un pijama holgado, de esos que esconden el cuerpo. No quería sentirme atractiva no quería sentirme nada. Me metí en la cama y apagué la luz en la oscuridad, el techo parecía más cerca. Cada sonido de la casa me hacía tensar los hombros: el aire acondicionado, un crujido lejano, el latido de mi propia corazón en los oídos.

Había pasado casi una hora cuando escuché los golpes suaves en la puerta.

—Soy yo

dijo la voz de Aniel.

—Necesito hablar contigo.

Cerré los ojos.

—Puede ser mañana.

—No. Por favor. Ahora.

Me quedé en silencio varios segundos. Luego me levanté, fui al baño, me eché agua fría en la cara y abrí la puerta lo justo para verlo estaba en pantalones de pijama y una camiseta negra. El cabello todavía húmedo. Me miró de arriba abajo, como buscando algo.

—¿Puedo pasar?

Asentí y me hice a un lado. Él entró y cerró la puerta detrás de sí se quedó de pie en medio de la habitación, con las manos en los bolsillos.

—¿Estás bien?

preguntó.

—Sí...

—No lo parece.

No respondí. Me senté en el borde de la cama. Él permaneció de pie.

—¿Por qué no duermes en nuestra habitación?

La pregunta era simple la respuesta no lo era.

—Porque necesito espacio.

Aniel soltó una risa corta, sin humor.

—Espacio. Después de dos meses.

Levanté la vista sus ojos estaban oscuros, tensos.

—¿Con quién estuviste mientras estabas en Bali? —dijo de pronto.

—Si es que realmente estuviste allá.

El aire se me atascó en la garganta.

—Aniel…

—Hay una marca en tu cuello

continuó, ignorándome.

—Casi no se ve, pero está ahí y tú no me miras a los ojos desde que llegaste. Te estremeces cuando te toco y ahora resulta que necesitas “espacio”.

Me puse de pie de un salto.

—Sal de la habitación.

—No. Tenemos una conversación encurso.

—Ya se acabó. Sal.

—Dije que no.

La forma en que lo dijo… la dureza, el volumen apenas contenido… me hizo retroceder un paso. El cuerpo reaccionó antes que la mente. El corazón se me disparó las manos empezaron a sudar. Vi la oscuridad de otra habitación, otras manos, otra voz que también decía “no” y no importaba.

Aniel notó el cambio de inmediato. Su expresión se suavizó de golpe.

—Perdón

dijo rápido, bajando la voz.

—Perdón no debí alzar la voz. No… no voy a hacerlo otra vez.

Se quedó quieto, con las manos a la vista, como si yo fuera un animal asustado al que no quería espantar más.

—Podemos hablar civilizadamente

añadió.

—Por favor.

Asentí apenas. Las piernas me temblaban. Volví a sentarme. Él se sentó en la otra punta de la cama, dejando una distancia prudente entre los dos.

Durante un rato nadie habló solo se escuchaba el sonido lejano del aire acondicionado.

—¿Cómo te fue en Bali?

preguntó al fin, con un tono mucho más cuidadoso.

Mentí. Porque tenía que mentir.

—Bien. Me enseñaron muchas cosas. Aprendí a… respirar otra vez.

Él asintió despacio, aunque no parecía creerme del todo.

—Está bien. No tienes que contarme nada si no quieres. Sé que… esto entre nosotros es complicado. Sé que el contrato existe por Anisette. Sé que no me debe explicaciones sobre tu vida.

Se pasó una mano por la cara.

—Solo… no me gusta verte así. Como si estuvieras a punto de romperte.

Quise decirle que ya me había roto que lo que quedaba de mí era solo una cáscara que sonreía y abrazaba a nuestra hija y fingía que el mundo seguía igual. Pero las palabras no salieron.

—Estoy cansada

dije en cambio.

—Eso es todo.

Aniel me miró un segundo más. Luego se levantó.

—Está bien descansaré. Si necesitas algo… estoy al otro lado del pasillo.

Se dirigió a la puerta. Antes de salir, se detuvo sin girarse.

—Lamento haberte asustado

dijo en voz baja.

—De verdad.

La puerta se cerró con un clic suave.

Me quedé sentada en la cama durante mucho tiempo, con las manos apretadas sobre las rodillas el cuerpo seguía en alerta cada músculo tenso. Cada sonido una posible amenaza.

Al final me metí bajo las sábanas y apagué la lámpara de nuevo en la oscuridad, las imágenes volvieron: la habitación cerrada, el olor a colonia cara, la impotencia de no poder moverme, la certeza de que nadie iba a buscarme porque yo misma había dicho que necesitaba desaparecer dos meses.

Apreté los ojos con fuerza.

Anisette.

Tenía que aguantar por Anisette.

Esa fue la última frase que me repetí hasta que el agotamiento me venció. Dormí mal, a ratos, despertando cada vez que el cuerpo recordaba que ya no estaba a salvo.

Cuando la primera luz del amanecer se filtró por las cortinas, yo seguía en la misma posición, mirando el techo, preguntándome cuánto tiempo más podría seguir fingiendo que no estaba destrozada por dentro.

Y sabiendo, con una certeza fría, que el hombre que me había hecho esto todavía estaba allá afuera.

Esperando.

Valentina Rivas

Anisette Vargas Rivas

Aniel Vargas

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karencitha
no entiendo porque se queda cayada porque no le cuenta lo que le paso 😡
rey marisol
oh Dios
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