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Las órdenes privadas de mi jefe

Las órdenes privadas de mi jefe

Status: En proceso
Popularitas:6.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

Capítulo 21: La tormenta

La Ciudad de México no llueve. Se ahoga.

Cuando las nubes se abren sobre el Valle de México, no lo hacen con delicadeza ni con advertencia. Lo hacen con la furia de algo que ha estado contenido demasiado tiempo y que al fin revienta: cortinas de agua, truenos que rebotan entre las torres de cristal, calles que se convierten en ríos, pasos a desnivel que se vuelven lagos, y un tráfico que pasa de infernal a bíblico en cuestión de minutos.

El jueves de la novena semana, a las cinco de la tarde, el cielo de Santa Fe se puso negro.

No gris. Negro. Como si alguien hubiera apagado el interruptor del sol y se hubiera olvidado de encender las luces de emergencia.

A las cinco y quince, el primer relámpago partió el cielo en dos.

A las cinco y media, el agua caía con una violencia que hacía temblar los ventanales del piso dieciocho.

A las seis, Protección Civil emitió una alerta: inundaciones en Periférico Sur, Santa Fe, Constituyentes. Se recomienda no salir. Vialidades cerradas.

Los empleados que quedaban empezaron a irse en oleadas, como ratas que abandonan un barco con prisa pero sin elegancia. Sofía se fue a las seis y cuarto, maldiciendo al cielo, al tráfico y a la Ciudad de México en general. Los analistas a las seis y media. El de archivo, que vivía en Naucalpan y conocía los atajos de memoria, fue el último.

A las siete, el piso dieciocho estaba vacío.

Vacío excepto por dos personas.

Alegra estaba terminando un reporte para la reunión del viernes cuando recibió el mensaje de Don Felipe:

"Señorita Vega, el estacionamiento está inundado. No puedo salir. Las salidas de Santa Fe están cerradas. Me dicen que hay que esperar por lo menos dos horas."

Miró por el ventanal. Ni siquiera podía ver la calle. Solo agua. Agua y relámpagos y la silueta borrosa de los edificios vecinos como fantasmas de concreto.

Dos horas. Mínimo. Estoy atrapada.

Miró hacia la oficina de cristal. Alejandro estaba en su escritorio, con la pantalla encendida, como si la tormenta del siglo fuera un evento meteorológico que no merecía su atención.

Estamos atrapados. Los dos. Solos. En un piso vacío.

No debería haber sido un problema. Era una oficina, no una isla desierta. Había electricidad, agua, baños, y probablemente algo comestible en la máquina expendedora del pasillo. Dos personas adultas podían estar en el mismo edificio durante dos horas sin que pasara nada.

Excepto que la última vez que estuvieron solos, en este mismo piso, él le dijo "sal" con una voz que sonaba como un grito contenido y ella se fue temblando.

Y desde entonces, ella sabía que la pintaba. Y él no sabía que ella lo sabía. Y el cristal entre ellos era transparente, pero lo que había debajo era opaco como la tinta.

Dos horas. Puedes sobrevivir dos horas.

Se concentró en el reporte. Las cifras del tercer trimestre. Márgenes de utilidad. Costos operativos. Números que no sentían nada y que no la miraban a través de una pared de cristal.

A las siete y media, la luz se fue.

No gradualmente. De golpe. Un apagón que dejó el piso dieciocho en una oscuridad absoluta, rota solo por los relámpagos que intermitentemente iluminaban las oficinas con destellos blancos y azules, como flashes de una cámara gigante.

Alegra se quedó inmóvil en su silla. La pantalla de su computadora se había apagado. La única luz era la de su teléfono y, a intervalos, la tormenta.

Perfecto. Justo lo que necesitaba. Estar atrapada, a oscuras, sola con...

Un ruido. La puerta de cristal se abrió.

—¿Vega?

La voz de Alejandro, baja, recortada contra el sonido de la lluvia en los ventanales.

—Aquí estoy, señor Montero.

Un relámpago. La oficina se iluminó un segundo. Lo vio de pie en el umbral del cristal, sin saco, con la corbata aflojada, el teléfono en la mano como una linterna improvisada.

Oscuridad otra vez.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Sí. Solo se fue la luz.

—El generador debería activarse en unos minutos.

—De acuerdo.

Silencio. Lluvia. Trueno lejano.

No se movía. Estaba de pie en el umbral, a cinco metros de ella, en la oscuridad, y ninguno de los dos se movía.

—¿Puedes ver? —preguntó él.

—No mucho.

—Hay velas en el estudio. —Pausa—. Si quieres luz.

Velas. En el estudio. El estudio donde pinta. Donde tiene el cajón con llave. Donde la última vez me dijo "sal" con los ojos negros.

—Voy —dijo, antes de que la parte racional de su cerebro pudiera intervenir.

El estudio de Alejandro Montero, iluminado por velas, era otro universo.

La guarida tensa y cargada de pintura se había vuelto íntima, casi suave. Las cuatro velas gruesas de los rincones daban una luz dorada: las manchas de la mesa parecían constelaciones, los papeles apilados contra la pared parecían nieve y la trementina se mezclaba con el aroma de la cera caliente.

Alejandro encendió la última vela y se quedó de pie junto a la mesa, con el encendedor en la mano. La luz le iluminaba desde abajo, marcándole la mandíbula, los pómulos, la línea del cuello donde la corbata aflojada dejaba ver la piel.

Alegra se quedó en la puerta. No entró.

—Siéntate —dijo él—. No sabemos cuánto va a durar el apagón.

Había un sofá bajo contra la pared derecha. Pequeño, de piel oscura, con cojines que parecían más decorativos que funcionales. Alegra se sentó en la orilla, con las manos en el regazo, con la postura de una estudiante en examen oral.

Él se sentó en la silla frente a la mesa de pintura. A dos metros de ella. Una distancia que en la oficina era profesional y que aquí, con velas y tormenta y la puerta cerrada, era otra cosa.

La lluvia golpeaba el ventanal del estudio con una cadencia que era casi musical. Un relámpago iluminó la habitación. Alegra vio los papeles en la pared: trazos que reconocía. Sus hoyuelos. Su sonrisa. Sus ojos.

Él debió notar hacia dónde miraba, porque su mano se movió hacia la pared —un gesto instintivo, de protección, como quien tapa un diario— y luego se detuvo. Era demasiado tarde. Ella ya los había visto.

Y él sabía que ella ya los había visto.

El silencio se espesó como la tinta.

—Señor Montero —dijo Alegra, porque alguien tenía que hablar y el silencio estaba empezando a sonar más fuerte que la tormenta.

—¿Qué?

—¿Puedo hacerle una pregunta?

—No.

Lo dijo rápido. Demasiado rápido. Con la velocidad de un hombre que sabe exactamente qué pregunta viene y que lleva semanas construyendo un muro para no tener que responderla.

—De acuerdo —dijo Alegra.

Más silencio. Más lluvia.

Él giró el pincel entre los dedos. No estaba pintando. Solo lo sostenía, como un ancla, como algo a lo que aferrarse.

—¿Qué ibas a preguntar? —dijo, después de un minuto que duró una hora.

Alegra lo miró. En la luz de las velas, sus ojos no eran claros ni oscuros. Eran de un color intermedio, como el amanecer antes de decidir si va a ser día o noche.

—Iba a preguntar por qué pinta de noche.

—Porque de día trabajo.

—No. Iba a preguntar por qué pinta esto. —Señaló la pared con la barbilla. Los trazos. Los hoyuelos—. Esto de noche. Esto que guarda con llave.

La mandíbula de Alejandro se apretó. El pincel dejó de girar.

—Encontraste un papel —dijo. No era una pregunta.

—En la basura. Hace semanas.

—¿Y lo guardaste?

—Sí.

Silencio. Un trueno sacudió las ventanas. Las velas temblaron.

—¿Sabes lo que es? —preguntó él, con la voz más baja que ella le había oído. Más baja que el "sal." Más baja que todo.

—Sé que soy yo —dijo Alegra.

Tres palabras. Dichas con calma. Dichas mirándolo a los ojos. Dichas con la misma firmeza con que le había dicho que no a su madre, con que se había ido de su casa a los dieciocho, con que había decidido que su vida le pertenecía a ella y a nadie más.

Alejandro cerró los ojos. Un segundo. Dos. Cuando los abrió, algo había cambiado en ellos. No se habían oscurecido —no esta vez—. Se habían vaciado. Como si acabaran de soltar algo que llevaba mucho tiempo sostenido.

—Sí —dijo—. Eres tú.

La tormenta arreciaba afuera. Adentro, en un estudio iluminado por velas, dos personas se miraban a través de un abismo que acababa de hacerse un milímetro más estrecho.

—Desde cuándo —exigió ella.

—Desde la fiesta. Desde que me entregaste el trofeo al hombre equivocado y te quedaste parada con la boca abierta y los hoyuelos y el olor a tacos al pastor. —Pausa. Larga—. Desde esa noche.

Desde el primer día, pensó Alegra. Me pinta desde el primer día. Dos meses de noches cerrando la puerta con llave, pintando mi cara en secreto, con esos ojos que se oscurecen y esas manos que tiemblan.

—¿Por qué no me dijo? —preguntó.

Él la miró como si la pregunta fuera absurda. Como si la respuesta fuera tan obvia que decirla en voz alta sería un insulto a la inteligencia de ambos.

—Porque soy tu jefe. Porque tengo treinta y dos años y tú tienes veinticuatro. Porque lo que siento no está en ningún manual de recursos humanos. Y porque... —se detuvo. El pincel en su mano tembló un milímetro— ...porque lo que siento no es solo eso.

—¿Qué más es?

No respondió. Pero su mirada se desvió un instante hacia algo que Alegra no vio: un cajón cerrado con llave al lado de la mesa de pintura. El cajón que contenía, ella lo intuía, algo más que retratos con hoyuelos.

—Es tarde —dijo él, cambiando de dirección como quien cambia de carril a toda velocidad—. La tormenta va a pasar. Don Felipe va a poder subir.

—Señor Montero.

—Deberías volver a tu escritorio.

—Alejandro.

La primera vez que lo llamaba por su nombre. La primera vez que cruzaba esa línea que el "usted" y el "señor" habían mantenido durante nueve semanas como una cerca eléctrica.

Él se quedó inmóvil. Como la vez de la corbata. Como la vez del brazo. Cada vez que ella lo tocaba —con las manos, con la voz, con su nombre—, él se congelaba como un animal que no sabe si lo que siente es peligro o algo peor.

—No me da miedo —dijo ella—. Lo que pinta. Lo que siente. Nada de eso me da miedo.

Un relámpago iluminó el estudio. Los ojos de él, en ese flash blanco, estaban llenos de algo que no era deseo ni control ni miedo, sino las tres cosas al mismo tiempo, revueltas, inseparables.

—Debería darte miedo —dijo.

—Pues no me da.

La lluvia golpeó los cristales como un aplauso. Las velas ardieron. El olor a pintura y a cera y a champú de fresa —porque ella olía a fresa, siempre, en todas partes— llenó el espacio entre ellos como un puente invisible.

—Vete a tu escritorio, Alegra —dijo, y esta vez sonó a ruego.

Ella se levantó. Caminó hacia la puerta. Se detuvo con la mano en el marco.

—Alejandro.

—¿Qué?

—No me da miedo. Y no me voy a ir.

Salió. La puerta se cerró detrás de ella. El sonido del cerrojo no llegó esta vez. Él no cerró con llave.

Alegra volvió a su escritorio en la oscuridad. Se sentó. El teléfono le iluminó la cara.

Un mensaje de Don Felipe:

"Señorita, las calles empiezan a despejarse. En cuarenta minutos paso por usted."

Se quedó mirando la pantalla. El corazón le latía con la fuerza de la tormenta que empezaba a calmarse.

Sabe que lo sé. Y no me pidió que me fuera de la empresa. No me pidió que olvidara. Solo me pidió que saliera del estudio.

Pero no cerró con llave.

Cuarenta minutos después, Don Felipe la recogió en el estacionamiento. La lluvia se había reducido a una llovizna fina que barnizaba la ciudad de plata.

En el piso dieciocho, las luces del estudio se encendieron cuando volvió la electricidad. A través de la puerta que no tenía llave, un hombre con pintura en las manos miraba la silla vacía donde ella había estado sentada, y el espacio que había dejado era más ruidoso que la tormenta.

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♾️Virginia☘Quijada☘Márquez☘️☘️
Es q no tiene un espejo para ver el. Parecido con ella misma 🥴
♾️Virginia☘Quijada☘Márquez☘️☘️
Interesante 🤣🤣ay Alejandro
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