El Rey Alfa Kael, conocido como el Lobo Plateado, lleva cargando una maldición ancestral: sin descendencia su poder se desvanecerá y su reino caerá en ruinas. Buscando solo cumplir su deber, pasa una noche desconocida con una chica marginada y sin nombre, a quien todos llaman solo “la huérfana”. Esa noche cambia todo: ella queda embarazada… ¡de seis bebés! Pero antes de que pueda contárselo, su madrastra cruel la vende en una subasta clandestina. Cuando el destino los vuelve a cruzar, Kael descubre que ella no es cualquiera: es su pareja destinada, la única capaz de romper su maldición. Pasará de vivir entre basura y desprecios a sentarse en el trono más alto, demostrando que quien parecía la más débil, es la dueña de su corazón y de todo su reino.
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Capítulo 14: Los enemigos acechan
El papel arrugado temblaba entre sus dedos. Ve sola al amanecer al puente de piedra. Conocerás tu verdad. Lo leyó una y otra vez, sintiendo que el corazón se le aceleraba: por un lado, la esperanza de saber quién era, de encontrar sus raíces, de dejar de ser “la huérfana sin nombre” la empujaba a ir; por otro, una voz interior le advertía que aquello podía ser una trampa, justo lo que sus enemigos llevaban tiempo esperando.
Casi le cuenta a Kael. Casi corre a su lado, le muestra el mensaje y le pide consejo. Pero se detuvo: si era verdad, si alguien de su sangre la buscaba… quizás no quería que el rey se interpusiera. Quizás era algo que debía enfrentar sola. Y además, pensó con un rastro de orgullo: no puedo depender de él para todo. Tengo que aprender a valerme por mí misma.
Decidió callar. Esa noche apenas durmió, dando vueltas entre sábanas de seda, acariciando su vientre que crecía visiblemente, recordando las advertencias de Kael sobre la corte, sobre quienes no la querían. Cuando la luna empezó a bajar y el cielo se tiñó de gris pálido, se levantó sin hacer ruido, se vistió con ropas sencillas y salió de sus aposentos. Caminó por los pasillos oscuros, evitando los puestos de guardia, sintiendo que cada sombra la observaba.
El puente de piedra estaba a las afueras del palacio, en un valle cubierto de niebla, lejos de cualquier camino frecuentado. El aire era frío y húmedo, y el sonido del río abajo rugía constante, ahogando cualquier otro ruido. Cuando llegó, no había nadie. Elara se detuvo en el centro del puente, abrazándose a sí misma, mirando a ambos lados entre la bruma.
—¿Hay alguien aquí? —llamó, con voz temblorosa pero firme—. Vine como me pidieron. Dijeron que sabrían de mi origen.
Nadie respondió de inmediato. Pero entonces, de entre la niebla, aparecieron tres figuras. No eran personas amables: eran hombres de rostros duros, ropas oscuras y miradas que no prometían nada bueno. Y detrás de ellos, saliendo lentamente de la sombra, estaba Ismene.
Elara dio un paso atrás, sintiendo cómo el miedo le helaba la sangre:
—Tú… fuiste tú quien envió el mensaje.
Ismene sonrió, una sonrisa fría y cruel, avanzando hasta quedar frente a ella:
—Tan lista aprendiendo leyes… y tan ingenua cuando se trata de lo que más deseas. Por supuesto que fui yo. Sabía que la curiosidad por saber de dónde vienes te llevaría a cualquier lugar.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó Elara, retrocediendo poco a poco, buscando con la mirada alguna vía de escape—. No te he hecho nada.
—¿Nada? —repitió Ismene, con la voz cargada de rencor—. Ocupaste mi lugar. Tú te quedaste con lo que me correspondía a mí. Kael debía elegirme a mí. Yo soy de sangre noble, de linaje antiguo… y tú… tú no eres nada. Una basura que apareció de la nada para robarlo todo.
—No lo robé —respondió Elara, con voz temblorosa pero sin bajar la cabeza—. Él me eligió libremente. Y llevo a sus hijos.
—¡Sus hijos! —Ismene soltó una risa amarga—. Eso es lo que más duele. Si desapareces… si tú y lo que llevas dentro dejáis de existir… todo vuelve a su lugar. El rey volverá a ser libre, el reino no caerá en manos de extraños, y yo recuperaré lo que me pertenece.
Elara sintió que el suelo se le escapaba:
—¿Vas a hacernos daño? ¿A seis criaturas que aún no han nacido?
—No me dejas opción —dijo Ismene, haciendo una seña a los hombres que la rodeaban—. Llévenla lejos. Al lugar donde nadie la encuentre nunca. Que nadie sepa qué pasó. Que su rastro se pierda para siempre.
Los hombres se acercaron. Elara dio media vuelta y corrió, pero el manto de niebla la confundía, el terreno era resbaladizo y sus pasos, pesados por el vientre, no eran rápidos. La alcanzaron en pocos metros. La sujetaron con fuerza bruta, sin importarles su estado, y ella luchó, pataleó, gritó… pero el rugido del río ahogó su voz.
—¡Suéltenme! —gritó, mientras las lágrimas le nublaban la vista—. ¡Kael sabrá lo que hicieron! ¡No dejará que queden impunes!
—Kael no sabrá nada —dijo Ismene, acercándose para mirarla a los ojos—. Cuando despierte y vea que no estás… creerá que lo abandonaste. Que te fuiste como viniste: sin decir adiós, sin dejar rastro. Y cuando pase el tiempo… olvidará.
Elara sintió una desesperación profunda, más honda que el río que corría abajo. Luchó con todas sus fuerzas, pero eran tres hombres fuertes contra una mujer sola y embarazada. En su muñeca, la marca empezó a arder con un calor intenso, como fuego bajo la piel, pero nadie la vio. Casi la arrastraban hacia el camino de tierra, lejos del puente, hacia un destino que no podía imaginar… cuando de pronto, algo cambió en el aire.
Un aullido. No era el de un lobo común: era profundo, poderoso, desgarrador, que hizo temblar la niebla misma. Los hombres se detuvieron en seco, pálidos. Ismene abrió los ojos con terror. Y de entre la bruma, una sombra inmensa surgió con velocidad devastadora: un lobo de pelaje plateado, grande como ningún animal conocido, con ojos que ardían con la misma luz que la marca de Elara.
—¡Kael! —susurró ella, con el corazón a punto de estallar.
El lobo se abalanzó sobre los captores con una furia terrible, lanzándolos lejos, rompiendo el cerco en un instante. Los hombres huyeron aterrorizados, tropezando, sin atreverse a mirar atrás. Solo Ismene quedó allí, rígida, sin poder moverse, mientras la bestia enorme se acercaba a ella, lentamente, con los ojos fijos en los suyos… y entonces, la forma cambió. Allí donde estaba el lobo, apareció Kael, con el cabello revuelto, la respiración agitada y una expresión de furia que helaba la sangre.
—Te advertí —dijo, con voz baja y letal—. Te advertí a ti y a tu padre. Quien le haga daño… muere.
Ismene retrocedió, tropezando, perdiendo su arrogancia:
—Yo… yo solo quería asustarla… no pensaba…
—No mientas —la cortó él, señalándola con un dedo—. Escuché cada palabra. Viste a mi pareja, a los herederos de este reino, y decidiste que debían desaparecer. Eso no es asustar. Eso es traición.
Se giró hacia Elara, y la dureza se desvaneció al instante, reemplazada por un terror profundo. Corrió hacia ella y la tomó entre sus brazos, examinándola con mirada ansiosa:
—¿Te hicieron algo? ¿Estás herida? Perdóname… perdóname por no llegar antes. Sentí tu miedo, sentí que te llamabas… y corrí sin descanso.
—Estoy bien —susurró ella, abrazándolo con fuerza, temblando de pies a cabeza—. Estoy contigo. Eso es lo único que importa.
Kael la sostuvo con firmeza, protegiéndola contra su pecho, y miró a Ismene por última vez:
—Vuelve con tu padre. Dile que lo que hiciste ha sido descubierto. Y dile que la justicia de los Lobos Plateados no perdona.
Ismene huyó despavorida, desapareciendo entre la niebla. Cuando quedaron solos, Kael la miró con tristeza y ternura a la vez:
—Nunca más salgas sin decirme, mi vida. No porque no confíe en ti… sino porque no soportaría perderte. Donde quiera que vayas, mi corazón te siente. Pero el camino es peligroso… y yo necesito saber que estás a salvo.
Elara asintió, con lágrimas en los ojos:
—Lo prometo. No lo haré más.
Pero ambos sabían algo: el ataque de esa mañana no había sido el final. Era solo el comienzo. Valerius no dejaría que su hija cargara sola con la culpa… y la guerra entre quienes aceptaban a Elara y quienes la querían destruir acababa de empezar