Abril tiene 17 años, leucemia y una lista: aprovechar cada segundo que le queda.
Sus padres siempre trabajan, así que vive sola y se refugia estudiando en el colegio. Hasta que aparece Kael, 18, el chico que divide su tiempo entre las clases y una escuela de boxeo, con los nudillos siempre rotos y el corazón blindado.
Él cree que pelear es la única forma de no sentir. Ella le va a enseñar que vivir también duele.
Lo que Kael no sabe es que Abril se está apagando, que los dolores son cada vez más fuertes y que un día se va a desmayar frente a él.
Una historia sobre amar sabiendo que tienes fecha de vencimiento.
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Capítulo 11: El secreto de Abril
Hasta ese día Kael sabía que iba al hospital, que me dolía la espalda a veces y que tomaba pastillas nuevas. Sabía que me cansaba rápido y que algunos días llegaba tarde porque tenía control. Pero no sabía la palabra completa. Nadie en el colegio la sabía, solo la profe jefe y la señora Marta, porque mi mamá les había dicho al principio de año para que no me exigieran tanto.
Yo no quería que se supiera. No por vergüenza, sino porque cuando la gente sabe esa palabra te mira distinto. Te mira con pena, te habla más despacio, te toca el hombro como si fueras a quebrarte. Y yo no quería que Kael me mirara así. Quería que me siguiera viendo como la niña que no sabe pegar un jab pero que aprende rápido, no como la niña enferma.
Ese lunes me tocó control temprano otra vez, a las siete y media. Mi mamá me acompañó y me dijeron que los exámenes no habían salido tan bien como esperaban, que había que ajustar el tratamiento y que iba a tener que ir dos veces por semana en vez de una. Me dieron una pulsera de papel amarilla que decía mi nombre y mi rut y que no me la podía sacar hasta que me sacaran sangre. Se me olvidó sacármela.
Llegué al colegio a las diez, con la pulsera puesta. Me subí la manga del polerón para taparla, pero se me corría y se veía. En el recreo me senté en la banca de siempre y Kael llegó con su sándwich. Me miró la muñeca al tiro, porque yo estaba tratando de taparla con la otra mano.
Me dijo ¿qué es eso? Le dije nada, una pulsera del hospital, me la pusieron hoy. Me dijo ¿por qué te ponen pulsera? Le dije porque me sacan sangre y tienen que identificarme. Me dijo ¿y por qué vas tanto? Le dije porque tengo que ir.
Se quedó callado un rato, comiendo su sándwich despacio. Después me dijo Abril, ¿me estás escondiendo algo? Le dije que no, que solo iba al hospital. Me dijo ya, pero todos van al hospital alguna vez, no dos veces por semana.
Me puse nerviosa y me paré para irme. Le dije que tenía que ir a la biblioteca. Me dijo espera. Me tomó de la manga, sin fuerza, y me dijo si no me quieres contar no me cuentes, pero no me mientas.
Me senté de nuevo y me quedé mirando el suelo. El patio estaba lleno de gente gritando, corriendo, comprando papas fritas. Yo sentía que todo sonaba muy fuerte. Le dije ¿te acuerdas que te dije que tenía la sangre enferma? Me dijo que sí. Le dije que no era solo eso, que era leucemia. Lo dije rápido, en voz baja, como si dijera una mala palabra.
Kael se quedó quieto. No puso cara de pena, no me tocó el hombro, no me dijo pobrecita. Se quedó mirándome la pulsera amarilla y después me miró a mí y me dijo ¿desde cuándo? Le dije desde los quince, desde hace casi dos años. Me dijo ¿y por eso te duele la espalda? Le dije que sí, que a veces.
Me preguntó si me iba a mejorar. Le dije que no sabía, que los doctores decían estable, que es la palabra que usan para no decir que estoy bien ni que estoy mal. Me preguntó si tenía miedo. Le dije que sí, que a veces tenía mucho miedo, sobre todo en la noche cuando me despierto con dolor.
Me preguntó si por eso hice la lista. Le dije que sí, que la hice porque sentía que tenía que apurarme, que todos tenían todo el tiempo y yo no. Le dije que por eso quería ver el amanecer y que alguien me esperara y aprender a pegar un jab y enamorarme, aunque fuera la peor idea.
Kael se sacó la botella de agua y me la pasó. Me dijo toma agua. Tomé agua y me sentí un poco mejor. Me dijo gracias por contarme. Le dije gracias por no mirarme con pena. Me dijo no te voy a mirar con pena porque no me das pena, me das rabia a veces porque no me cuentas las cosas.
Nos reímos los dos, un poco, porque era verdad. Me dijo ¿te puedo preguntar algo más? Le dije que sí. Me dijo ¿te puedo seguir esperando en la azotea? Le dije que sí, que más que nunca.
Sonó el timbre y entramos a clases. En la tarde no subimos a la azotea porque yo tenía que irme temprano al hospital otra vez. Kael me acompañó hasta la micro y me dijo mañana a la misma hora. Le dije mañana a la misma hora.
En la micro me saqué la pulsera amarilla y la guardé en la mochila. No la boté. La guardé porque era la primera vez que le decía a alguien la palabra completa sin que me mirara con pena.
Llegué a mi casa y mi mamá me preguntó cómo me había ido. Le dije que le había contado a Kael. Se asustó un poco y me dijo ¿y qué te dijo? Le dije que me dijo gracias por contarme. Mi mamá se quedó callada y después me dijo que Kael parecía buen niño.
Me metí a mi pieza y saqué el cuaderno de cálculo. Miré la lista tachada y al lado del margen escribí: 20 de junio, le conté a Kael y no me miró con pena.
Guardé el cuaderno y me acosté. Por primera vez en mucho tiempo no me sentí sola con esa palabra.