Seis años atrás, Luz Acosta fue traicionada por su propia familia, acusada de una vergüenza que no pudo explicar y echada de la casa como si nunca hubiera llevado su sangre.
Ahora volvió a Buenos Aires con dos hijos, una identidad que todos buscan y una sola idea clara: nadie va a volver a usarla.
Pero apenas pisa la ciudad, Ciro desaparece unos minutos y regresa con un hombre que no debería cruzarse en su camino: Bruno Ferrer, dueño de un imperio, frío hasta la crueldad y famoso por no dejar que ninguna mujer se le acerque.
Tina, en cambio, lo mira una vez y decide que ese hombre tiene que ser su papá.
Luz no quiere saber nada con Bruno. Bruno está convencido de que ella se le acercó con segundas intenciones. Y mientras los Acosta intentan volver a encerrarla en el papel de hija descartable, un secreto de aquella noche de hace seis años empieza a salir a la luz.
Dos hijos. Una traición vieja. Un padre que no sabe que lo es.
Y una mujer que esta vez no piensa bajar la cabeza.
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Capítulo 19
Capítulo 19
En el auto, Luz miró al hombre sentado frente a ella.
Tendría unos cincuenta años, pero la edad no le quitaba presencia. Rasgos firmes, traje caro, una calma de alguien acostumbrado a mandar.
—Doctora Ynua —presentó Ramiro—, él es Federico Ferrer, tío de Bruno y uno de los pesos pesados de la familia Ferrer.
—Señor Ferrer.
Luz fue educada, pero distante.
—¿Para qué quería verme?
Federico sonrió.
—Me gusta la gente directa.
Luz casi puso los ojos en blanco.
Había dicho una sola frase.
—Voy al punto —siguió él—. Su medicina es famosa. Paciente que usted trata, paciente que mejora. Quiero pedirle ayuda.
—Usted no parece enfermo.
—No es por mí. Es por mi sobrino, Bruno.
Luz entrecerró los ojos.
No creía que ese hombre quisiera ayudar a Bruno.
Las disputas internas de la familia Ferrer no eran un secreto.
Federico suspiró.
—Bruno fue un chico pobre en afecto. A los tres años ni siquiera hablaba. Luego sus padres murieron en un accidente aéreo y cayó en un autismo profundo.
Luz sintió un golpe.
A los tres años no hablaba.
Ciro.
La frase de Tina volvió a su cabeza: se parecían, comían igual, quizá Bruno era su padre.
—Después mejoró —continuó Federico—, pero apareció esa enfermedad absurda. Nadie puede tocarlo. Si lo hacen, le salen ronchas, fiebre, a veces se descompensa.
—¿Existe algo así?
Luz fingió duda.
Ahora estaba más alerta.
Muy poca gente conocía los detalles de la enfermedad de Bruno. Doña Lidia había buscado al Dr. León con discreción. Federico, en cambio, hablaba como si quisiera que el mundo lo escuchara.
—Imagínese —dijo él—. Bruno es el heredero Ferrer. Si no puede tocar a nadie, ¿cómo va a darle descendencia a la familia?
Ahí estaba.
No buscaba curarlo.
Buscaba exponerlo.
—Este fin de semana habrá una reunión familiar —agregó—. Si usted viene conmigo y puede tratarlo, le pagaré lo que pida.
—No tengo tiempo.
No pensaba meterse en esa guerra.
Federico mantuvo la sonrisa.
—El dinero no será problema.
Luz iba a responder cuando recibió una llamada.
Al escuchar, su cara se endureció.
—Disculpe. Tengo una urgencia.
Bajó del auto y tomó un taxi.
Federico dejó de sonreír.
En el hospital, Bruno entró con Facundo.
Sissi, vestida con un vestido rosa claro y el pelo peinado con ondas, se cruzó en su camino.
—Señor Ferrer. Qué casualidad encontrarlo acá.
Bruno frunció el ceño.
—¿Y vos quién sos?
La sonrisa de Sissi se congeló.
Facundo se acercó.
—Jefe, es Sissi Acosta. La hermana de Luz.
Ella lo oyó y sonrió mejor, intentando mostrar su lado más elegante.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
Bruno siguió de largo.
Sissi quedó clavada en el lugar.
Se había arreglado para “casualmente” verlo y él ni siquiera sabía quién era.
Cuando Luz llegó, Sissi la interceptó.
—¿Tenés cara para venir?
Luz la ignoró.
—Si Don César muere, los César no van a perdonarte. Bruno tampoco.
Luz siguió caminando.
Sissi sonrió.
Quería ver qué quedaba de la gran Ynua después de matar a un paciente.
Frente a terapia estaban Bruno, Facundo, el señor César y Lara.
Lara se lanzó primero.
—¿Todavía te animás a venir? Sos una estafadora.
Luz fue directo al señor César.
—¿Cómo está Don César?
—Lo están reanimando —respondió él, frío.
El arrepentimiento y el miedo le habían cambiado la cara. Otra vez dudaba de ella.
Luz caminó hacia la puerta.
Lara le cerró el paso.
—¿No te alcanzó con casi matarlo?
—Es mi paciente. Yo conozco su cuadro. Si usan la medicación equivocada, pueden matarlo de verdad.
—No vas a entrar.
Luz miró al señor César.
—¿Usted tampoco confía?
—Señorita Acosta, espere como todos.
Luz respiró hondo.
—Soy médica. No voy a quedarme sentada viendo morir a mi paciente.
El señor César hizo una seña y los custodios bloquearon la puerta.
—Yo tampoco voy a ver morir a mi padre.
El pasillo quedó en tensión.
Entonces Bruno habló.
—Déjenla entrar.
Todos lo miraron.
—Bruno, no puede —protestó Lara—. Ella no sabe nada.
Una mirada de Bruno la silenció.
—Si Don César muere, la responsabilidad es mía.
El señor César cedió.
Luz le lanzó a Bruno una mirada de gratitud y entró.