Mi hermana me empujó por las escaleras. Yo estaba embarazada de nueve meses. Mi marido se quedó arriba, arrullando al bebé que había tenido con ella.
No bajó a ayudarme.
Morí. Y desperté con doce años.
Mi abuela seguía viva. Mi hermana aún sonreía como un ángel. Y mi familia todavía creía que podía decidir por mí.
Esta vez recuerdo cada mentira. Sé quién va a traicionarme y quién merece que lo salve. Puedo sonreírles, seguirles el juego y esperar el momento de devolver el golpe.
Voy a proteger a mi abuela, recuperar mi voz y conquistar los escenarios que abandoné por amor. Entre cámaras, trampas y escándalos, quienes quisieron verme de rodillas tendrán que verme triunfar.
Pero ni siquiera mis recuerdos me preparan para Emiliano, sus secretos y el riesgo de volver a confiar.
¿Quieren una villana?
Que se acomoden. Mi historia apenas comienza.
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Capítulo 7
Cap 7: Primera de la generación
No volví a mirar a Rogelio hasta que entregué el examen.
Había terminado pronto, pero usé el tiempo que quedaba para revisar. En la hoja de borrador resolví algunos problemas como los había aprendido de grande; en la de respuestas dejé un procedimiento que pudiera explicar si me preguntaban. No quería que una cuenta correcta pareciera copiada.
Al salir, una muchacha de dos trenzas me alcanzó junto a la reja.
—¿La última te salió? La de las fracciones. Yo cambié la respuesta y ahora creo que la tenía bien antes.
Me hizo reír sin que me lo propusiera. Me dolió el labio y me llevé una mano a la boca.
—Soy Lucero —dijo—. ¿Te pegaste?
Su mamá llegó mientras yo buscaba una respuesta. Doña Marta me miró la cara, después los brazos, y me preguntó quién iba a recogerme.
—Puedo irme sola. Voy a una tienda donde me conocen.
—¿Y eso te lo hicieron en tu casa?
Lucero dejó de hablar. Yo asentí, mirando la reja.
Les conté lo de Ulises, la clínica y la noche anterior. Marta sacó un pañuelo para limpiarme una mancha seca junto al labio. Luego abrió su estuche de maquillaje y me rozó el pómulo con un pincel.
—Para que tu papá no diga que no se ve.
Comprendí que estaba remarcando el moretón. No hacía falta: me habían pegado de verdad. Estuve a punto de decírselo, pero el pensamiento de llegar acompañada por una adulta enojada pudo más. Me quedé quieta.
Antes de ir a casa pasamos por Praga. Susana confirmó lo ocurrido y me dio mis cosas. Marta la escuchó sin interrumpir; cuando salió, ya sabía también el nombre de Herminia.
Genaro abrió la puerta con una sonrisa que se le borró al vernos.
—¿Usted es el papá de Daniela?
—Sí. ¿Qué pasó?
—Eso le pregunto yo. La encontré saliendo de su examen, golpeada y sin ningún adulto de su familia. Anoche tuvo que quedarse en una tienda porque la estaban persiguiendo.
Mi papá miró mi cara. Esta vez no pudo fingir que no la había visto.
—Su hermanastro es muy bruto, señora, pero ella también…
—Entonces impida que se le acerque. No me explique cómo es él.
Herminia apareció detrás de Genaro. Marta le dijo que había hablado con Susana y sabía de la visita a urgencias. La explicación que mi madrastra tenía preparada se quedó sin salir.
—Soy Marta Ontiveros. Mi esposo, Aurelio, trabaja en la dirección regional de la empresa. Daniela tendrá mi teléfono. Si vuelve a pasar, yo la acompaño a denunciarlo.
Me puso el papel en la mano. No prometió arreglar mi vida. Me dijo a dónde podía llamarla, y me hizo repetir su nombre para asegurarse de que lo recordara.
Lucero se despidió desde la puerta.
—Si quedamos las dos, te guardo lugar.
Cuando se fueron, fui a lavarme la cara. El agua se llevó el maquillaje. El moretón siguió ahí. Me quedé mirándolo y decidí que, la próxima vez, prefería que me vieran como estaba.
Los resultados salieron una semana después. Marta y Lucero llegaron con la lista que había publicado el periódico local. Yo tenía las manos mojadas de lavar platos y tuve que secármelas antes de tomarla.
Mi nombre estaba arriba: Daniela Serrano Vega. Beca completa. Diez puntos por encima del segundo lugar.
Rogelio Fuentes.
Volví a leerlo para asegurarme. Sabía que podía aprobar; no había sabido cuánto me iba a importar tener aquella confirmación en las manos.
—¡Te dije! —Lucero me abrazó por un costado—. ¡Y yo también quedé!
Genaro me quitó el periódico para verlo. Sonrió hacia Marta.
—Siempre fue lista. Por eso la trajimos.
Herminia seguía junto a la estufa. Quise acercarle la lista y preguntarle qué iba a decirle a sus conocidos de Puente Negro. No lo hice. La beca acababa de sacarme de un peligro; no quería darle un motivo para inventar otro esa misma tarde.
Pero lo intentaron de todos modos.
—La colegiatura sí —dijo Genaro por la noche—. ¿Y el uniforme? ¿Y los libros? La beca no lo paga todo.
Yo ya había leído las condiciones. Cubría las clases y contemplaba un apoyo de material al cierre del semestre, pero necesitaba algunas cosas para empezar.
—Voy a ver cuáles pueden ser usados.
—Ve a ver a tu abuela. Que ayude. Tiene el terrenito. A su edad, para qué lo quiere.
No contesté de inmediato. En la otra vida el terreno había ido desapareciendo de las conversaciones igual que las medicinas: primero una urgencia, después otra, hasta que no quedó nada.
—El fin de semana voy —dije.
Mi abuela estaba barriendo cuando llegué. Dejó la escoba para abrazarme y después me apartó, buscando las marcas que ya empezaban a borrarse.
No pude contarle solamente la beca. Le había prometido no esconderle las cosas.
Se sentó conmigo y escuchó. Quiso irse a Puebla en ese mismo momento. Le enseñé los números de Marta y Lázaro, le hablé de Susana y de la escuela. Necesitaba que supiera que ya no dependía de que ella se gastara lo poco que tenía en venir corriendo.
—¿Y en ese colegio no puedes quedarte a dormir? —preguntó—. Aunque sea entre semana.
Le prometí averiguarlo. Era una posibilidad que no había considerado lo suficiente. Dormir lejos de Genaro valía más que cualquier nombre impreso en el periódico.
Antes de regresar le pregunté por los papeles del baúl. Me dejó revisarlos mientras preparaba café.
Encontré el pagaré de Genaro. Había pedido dinero a la familia de mi abuela para un negocio; mi mamá, Azucena, terminó devolviéndolo con su sueldo de maestra. La deuda estaba pagada. Lo recordaba también la anotación al reverso.
El papel no servía para cobrarle otra vez. Servía para recordar quién había sostenido a quién.
—¿Puedo sacar una copia?
Mi abuela quiso saber para qué. Le dije que Genaro estaba pidiéndole dinero otra vez y que yo no pensaba pedírselo por él. Se quedó mirando su firma un rato, cansada.
—No te metas en problemas por una deuda vieja, mija.
—Entonces que no haga una nueva.
Dejé el original con ella y regresé con la copia.
Mi papá preguntó si iba a vender la tierra. Puse el papel en la mesa.
—No. Y antes de volver a pedírselo, acuérdate de esto.
Genaro reconoció la firma y arrugó la hoja.
—Eso ya se pagó. Tu madre lo pagó.
—Sí. Mi mamá. Con lo que ganaba dando clases. Ahora quieres que su madre venda el terreno para pagar mi uniforme.
Herminia se acercó a mirar. Genaro hizo pedazos la copia.
—No hables de lo que no sabes.
—Mi abuela sí sabe. Y también se acuerdan en el rancho. Si quieres pedirle, vas tú. Yo no le voy a decir que se quede sin lo suyo por mí.
Me mandó al cuarto. Esa semana dejó de mencionar la tierra.
Guardé la lista del Monteverde con mis papeles. Al día siguiente tenía que preguntar por el uniforme usado y por el alojamiento. Había ganado una plaza; todavía faltaba convertirla en un lugar donde pudiera quedarme.