El vestido de novia caía perfecto sobre el cuerpo de Isabella Parker. La seda blanca abrazaba su figura con elegancia, y frente al espejo, sus ojos verdes brillaban llenos de ilusión.
—Hoy me caso… —susurró, sin poder creerlo.
Todo estaba listo. La iglesia, los invitados… Adrian Collins esperándola al final del altar. O al menos eso creía.
Muy lejos de ahí, Adrian no estaba en la iglesia.
Estaba en un estacionamiento, con el mismo traje de novio… pero con la decisión más fría en su mirada.
—No puedes hacer esto —le dijo Ethan, su mejor amigo.
Adrian no dudó.
—Ya no la amo.
El silencio fue brutal.
—Estoy enamorado de otra persona.
Ethan entendió todo sin necesidad de más palabras.
—La vas a destruir.
Adrian no respondió. Solo sacó un sobre.
—Entrégaselo.
Y se fue.
Se fue de su propia boda.
De la mujer que lo esperaba vestida de blanco.
De una vida que prometió… y que decidió romper.
Horas después, Isabella sostendría esa carta frente a todos.
Y ese día…
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Capítulo 9: No puedo superarlo
Capítulo 9
El ambiente en la enorme sala era elegante, casi intimidante. Adrian permanecía de pie frente al imponente escritorio de madera oscura, mientras el padre de Scarlett lo observaba con una mirada calculadora, de esas que parecían medir cada gesto, cada palabra, cada intención.
—Así que tú eres Adrian… —dijo el hombre, con voz firme—. He oído mucho sobre ti.
Adrian mantuvo la compostura, aunque por dentro la presión era evidente.
—Espero que sean buenas cosas, señor —respondió con una ligera sonrisa.
El hombre no respondió de inmediato. Se levantó lentamente de su silla, rodeando el escritorio hasta quedar frente a él. Lo analizó unos segundos más, como si buscara algo oculto.
—Mi hija no se equivoca fácilmente —continuó—. Si te ha elegido… confío en su decisión.
Scarlett, que estaba a un lado, sonrió con orgullo y tomó el brazo de Adrian, acercándose a él.
—Te lo dije —susurró, feliz.
El hombre asintió levemente.
—Bienvenido a la familia.
Las palabras fueron claras, directas… y suficientes para cerrar el trato.
Adrian asintió, agradecido, pero en el fondo algo en su interior no reaccionó como debería. No hubo emoción real… solo una sensación extraña, como si estuviera entrando a un lugar que no le pertenecía.
Minutos después, los tres se encontraban en una exclusiva boutique de vestidos de novia. El lugar estaba lleno de telas delicadas, encajes brillantes y espejos que reflejaban cada ángulo posible. Scarlett no podía ocultar su emoción.
—¡Este lugar es perfecto! —exclamó, girando sobre sí misma antes de desaparecer hacia los probadores.
Adrian se quedó sentado en uno de los sillones, observando sin realmente ver. Su mirada estaba fija en algún punto perdido, su mente lejos de ahí… demasiado lejos.
—Adrian —la voz de Scarlett lo sacó de sus pensamientos.
Ella salió con el primer vestido. Era blanco, elegante, con detalles sutiles que realzaban su figura. Caminó hacia él con una sonrisa radiante.
—¿Y bien? —preguntó, dando una pequeña vuelta—. ¿Qué opinas?
Adrian parpadeó, como si regresara de golpe a la realidad.
—Eh… sí, te ves bien —respondió, sin mucho entusiasmo.
Scarlett frunció ligeramente el ceño, pero decidió ignorarlo.
—Probaré otro —dijo, volviendo al probador.
Pasaron varios minutos. Salió con otro vestido, luego otro, luego otro más. Cada uno distinto, cada uno cuidadosamente elegido… y cada vez que aparecía, buscaba la mirada de Adrian, esperando algo más.
Pero él seguía igual. Distraído. Ausente.
—¿Cuál te gusta más? —preguntó finalmente, colocándose frente a él con uno de los vestidos más impresionantes, esperando una respuesta sincera.
Adrian la miró… pero no realmente. Sus ojos estaban sobre ella, pero su mente seguía en otro lugar.
Aun así, forzó una sonrisa, intentando sonar como el hombre que ella esperaba.
—Sin ellos estarías mejor, preciosa.
Hubo un pequeño silencio.
Scarlett lo miró por unos segundos… y luego sonrió, divertida, como si aquella respuesta hubiera sido exactamente lo que necesitaba.
—Extrañaba tu picardía —dijo, acercándose un poco más.
Adrian soltó una leve risa, pero por dentro algo se tensó.
Scarlett volvió a mirarse al espejo, feliz, imaginándose el gran día… sin notar que, detrás de ella, el reflejo de Adrian no mostraba la misma emoción.
Él la observaba… pero en sus ojos no había ilusión.
Solo una sombra de duda que no dejaba de crecer.
Eran las 11 de la noche e Isabella caminaba sin rumbo fijo, como un cuerpo que se mueve pero que ya no sabe a dónde ir. Las calles estaban casi vacías, silenciosas, iluminadas apenas por faroles que parpadeaban débilmente, proyectando sombras largas y solitarias sobre el pavimento. El viento era frío, pero ella no reaccionaba; era como si su cuerpo hubiera dejado de registrar cualquier sensación. Sus pensamientos, en cambio, no se detenían. Eran constantes, insistentes, crueles.
No se sentía para nada bien. Sentía un vacío tan profundo que ni siquiera sabía cómo explicarlo. Enterarte de que solo fuiste un estorbo en la vida de la persona que más amabas… no era solo dolor, era humillación, era ruptura, era sentir que todo lo que diste no valió absolutamente nada. Cada paso que daba parecía más pesado que el anterior, como si estuviera cargando con el peso de todos esos recuerdos que no la dejaban en paz.
Y entonces comenzaron a llegar… uno tras otro… sin permiso.
La primera vez que vio a Adrian Collins. La forma en que todo empezó tan simple, tan natural. Recordó su sonrisa, la manera en que la miraba como si realmente le importara. Recordó las conversaciones interminables, las risas, los silencios cómodos. Recordó cómo todo fluyó sin esfuerzo, como si el destino los hubiera empujado el uno hacia el otro. Recordó el momento exacto en que empezó a enamorarse… sin darse cuenta de que también estaba empezando a perderse.
Y ahora todo eso se sentía como una burla.
Su rostro permanecía completamente inexpresivo. Ya no había rabia, ya no había lágrimas. Sus ojos estaban secos, apagados, como si se hubiera quedado sin nada más que dar. Había llorado durante tres días enteros, sin descanso, hasta que su cuerpo simplemente se agotó. Ya no podía llorar, aunque quisiera. Ya no tenía fuerzas ni para eso.
Caminaba como una sombra más en la noche.
En sus manos llevaba una chequera. La sostuvo con fuerza por unos segundos, observándola como si ese objeto representara todo lo que alguna vez fue su relación con él: promesas, seguridad, dependencia… una ilusión que ahora le resultaba insoportable. Su respiración se volvió más pesada.
Se detuvo frente a un bote de basura.
Lo miró.
Y sin dudarlo más, lanzó la chequera dentro.
El sonido al caer fue seco, insignificante… pero para ella fue como cerrar una puerta. Como si intentara arrancarse de raíz todo lo que la ataba a él. Todo lo que la había hecho sentir pequeña, insuficiente, reemplazable.
Pero el vacío no desapareció.
Siguió caminando.
Sus pasos eran lentos, descoordinados, como si su cuerpo ya no respondiera con claridad. Llegó a una esquina y se detuvo unos segundos. Miró al frente… pero en realidad no veía nada. Su mente seguía atrapada en el pasado, repitiendo palabras, escenas, gestos… todo lo que ahora dolía.
Sin pensar, decidió cruzar la calle.
No miró a los lados.
No escuchó.
No reaccionó.
A lo lejos, un auto negro venía a toda velocidad. El sonido del motor rompía el silencio de la noche, acercándose cada vez más… pero Isabella no estaba presente para percibirlo.
Y entonces ocurrió.
Un golpe seco.
Violento.
El impacto fue brutal, lanzando su cuerpo varios metros antes de caer con fuerza contra el asfalto. El sonido de su cuerpo contra el suelo fue aún más cruel que el choque mismo.
El auto no se detuvo.
No hubo frenazo.
No hubo culpa.
Solo desapareció en la oscuridad, dejando atrás el desastre.
Isabella quedó tendida en medio de la calle, completamente inmóvil. Su cabello desordenado se extendía sobre el pavimento, su respiración era casi imperceptible… tan débil que parecía que en cualquier momento se apagaría.
La noche volvió a quedarse en silencio.
Un silencio pesado, incómodo… como si el mundo hubiera decidido ignorar lo que acababa de pasar.
Los segundos se alargaban.
El tiempo se distorsionaba.
Su cuerpo apenas reaccionaba. Un leve movimiento, un intento fallido de respirar con normalidad. Todo en ella estaba al límite.
¿Qué tan mala podía ser su vida… para terminar así?
A lo lejos, el sonido de una ambulancia comenzó a escucharse. Primero lejano… luego más cercano… más urgente. Las luces rojas y azules comenzaron a reflejarse en las paredes, en el pavimento… en su cuerpo inmóvil.
El vehículo se detuvo bruscamente.
Los paramédicos bajaron con rapidez, moviéndose con precisión, con urgencia.
—¡Tenemos una víctima! —gritó uno de ellos, arrodillándose a su lado.
—¡Revisa signos vitales!
Uno colocó sus dedos en su cuello, buscando pulso.
—¡Es muy débil… casi no lo siento!
—¡No responde! ¡Está inconsciente!
—¡Trae el desfibrilador!
El ambiente se llenó de tensión. El sonido del equipo, las instrucciones rápidas, el caos organizado.
—¡Despejen!
La primera descarga recorrió su cuerpo, haciéndolo estremecerse levemente.
—¡Otra vez!
Segunda descarga.
El monitor emitía un sonido irregular… luego casi plano.
—¡Vamos, resiste! —insistió uno, aumentando la presión en las compresiones.
—¡No la perdamos!
Tercera descarga.
Los segundos se sentían eternos.
Pero no había respuesta.
El sonido continuo del monitor comenzó a dominar el ambiente… un pitido largo, constante… vacío.
Los paramédicos se miraron entre ellos, respirando con dificultad.
Uno de ellos bajó lentamente las manos, negando con la cabeza.
—No responde…
El otro cerró los ojos por un segundo, apretando la mandíbula.
El tiempo parecía haberse detenido por completo.
Las luces seguían parpadeando.
El viento seguía soplando.
La noche seguía su curso…
Pero Isabella… permanecía ahí, inmóvil, en medio de una calle que nunca se detuvo por ella.
^^^Continuará...^^^
excelente capitulo gracias, vamos x mas