Durante veinte años, un matrimonio arreglado unió el destino de dos de las familias más poderosas del país. La elegida siempre fue la hija menor de los Moretti. Pero cuando oscuros rumores sobre la crueldad del heredero Volkov salen a la luz, los Moretti toman una decisión despiadada: proteger a su hija favorita… sacrificando a la mayor. Ivonne nunca imaginó que sería entregada como moneda de cambio por las mismas personas que juraron amarla. Sin embargo, descubrirá que el verdadero peligro no siempre se encuentra en el hombre con el que debe casarse, sino en la familia que la abandonó. Porque algunas alianzas se firman con tinta… Y otras, con sangre.
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Buenos días , señora Volkov
Los primeros rayos del sol atravesaron las cortinas de la habitación.
Ivonne abrió los ojos lentamente.
Por un instante no supo dónde estaba.
El techo era diferente.
Los muebles.
El aroma a madera y lavanda.
Entonces vio el vestido de novia cuidadosamente colgado junto al armario.
Y recordó.
Ya no estaba en la mansión Villald.
Ahora vivía en la residencia Volkov.
Permaneció unos segundos sentada sobre la cama antes de levantarse.
La habitación estaba completamente en silencio.
Se acercó al balcón.
Los jardines eran enormes. Una fuente ocupaba el centro y, más allá, se distinguía un pequeño lago artificial.
Era hermoso.
Y, sin embargo…
Extrañaba su hogar.
O quizá no el hogar.
Sino a Ivy.
Después de cambiarse por un vestido azul claro y recoger su cabello en una coleta sencilla, salió al pasillo.
No había dado más de diez pasos cuando una empleada hizo una ligera reverencia.
—Buenos días, señora Volkov.
Ivonne tardó un segundo en reaccionar.
—Buenos días.
La mujer sonrió con amabilidad.
—El desayuno está servido. El señor Volkov ya se encuentra en el comedor.
Ivonne sintió un ligero nerviosismo.
Era la primera mañana de su matrimonio.
Respiró hondo antes de bajar las escaleras.
El comedor era amplio y luminoso.
Ivako ya estaba sentado leyendo el periódico mientras bebía café.
Al escuchar sus pasos, levantó la vista.
—Buenos días.
—Buenos días.
Él dobló el periódico y lo dejó a un lado.
—¿Descansó bien?
Ivonne tomó asiento frente a él.
—Mejor de lo que esperaba.
—Me alegra.
Un empleado sirvió café y dejó frente a ella una bandeja con frutas, pan recién horneado y huevos revueltos.
Ivonne abrió ligeramente los ojos.
—Es demasiado.
Ivako bebió un sorbo de café.
—Mi abuela cree que nadie puede empezar el día con hambre.
Como si lo hubiera invocado, la anciana apareció en la puerta.
—¡Eso es porque es verdad!
Los dos se pusieron de pie.
—Abuela.
La mujer abrazó a Ivonne con cariño.
—¿Dormiste bien, querida?
—Sí, muchas gracias.
—Perfecto.
La anciana tomó asiento junto a ellos.
Miró discretamente de un lado al otro.
Después sonrió.
—Veo que ninguno tiene cara de haber dormido poco.
Ivonne casi se atragantó con el café.
Ivako tosió discretamente.
La abuela soltó una pequeña carcajada.
—Solo estaba bromeando.
Los dos respiraron aliviados.
—Aunque debo admitir que las rosas quedaron preciosas.
—Abuela… —murmuró Ivako con resignación.
—Está bien, está bien. No volveré a mencionar el tema.
Pero la sonrisa traviesa en su rostro decía exactamente lo contrario.
Después del desayuno, Ivako dejó la taza sobre la mesa.
—Hoy no iré a la empresa.
Ivonne lo miró sorprendida.
—¿No?
—No.
Los primeros días después de una boda siempre están llenos de compromisos familiares.
Además…
La observó con calma.
—Quiero mostrarle la casa.
Ella parpadeó.
—¿Toda?
—Es bastante grande.
Conviene que sepa dónde está todo antes de perderse.
Ivonne dejó escapar una risa.
—¿Tan fácil es perderse?
En ese momento la abuela intervino.
—El primer día me perdí tres veces.
Ivonne volvió a reír.
—Eso no me tranquiliza.
Ivako tomó las llaves que estaban sobre un aparador.
—Entonces será mejor empezar el recorrido.
Él caminó hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo.
Esperó a que Ivonne estuviera a su lado.
No unos pasos detrás.
A su lado.
Ella lo notó.
Era un gesto pequeño.
Casi insignificante.
Pero nadie había esperado por ella de esa manera en mucho tiempo.
Y sin darse cuenta…
Comenzó a caminar junto a él, mientras ambos se adentraban en la enorme residencia que, poco a poco, dejaría de sentirse como la casa de los Volkov para convertirse también en la suya.