Valentina Montero lleva siete años entregándole todo a su matrimonio. Vendió la herencia de sus padres, levantó una empresa desde la quiebra y renunció a su propia vida para que Andrés Fuentes alcanzara el éxito. Pero la noche en que él recibe el premio de Empresario del Año, en lugar de agradecerle, pronuncia el nombre de otra mujer frente a cientos de invitados. Minutos después, le entrega los papeles de divorcio ya firmados. Camila Gallardo, joven, ambiciosa y conectada con una de las familias más poderosas del mundo empresarial, ocupa ahora su lugar.
Sin hogar, sin familia y con la dignidad hecha pedazos, Valentina se niega a hundirse. Con la experiencia que ganó en años de trabajo invisible, consigue un puesto directivo en una de las corporaciones más importantes del país. Poco a poco, la mujer que todos descartaron empieza a brillar con luz propia. Y mientras ella asciende, la vida de quienes la humillaron comienza a desmoronarse: secretos enterrados salen a la luz, alianzas se quiebran y el arrepentimiento llega demasiado tarde.
En medio de su renacimiento, un hombre poderoso que la conoce desde mucho antes de que el mundo le diera la espalda empieza a demostrarle que el amor no siempre tiene que doler. Pero Valentina ha aprendido a desconfiar, y abrirle el corazón a alguien de nuevo es un riesgo que no sabe si está dispuesta a correr, sobre todo cuando las rivales que quieren verla destruida no se han dado por vencidas.
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Episode — 12.
Capítulo 12
Esa mañana, Valentina despertó más temprano que de costumbre. Se detuvo un buen rato frente al espejo mientras se ajustaba el blazer color crema que llevaría a la oficina. Su mirada tropezó con la marca rojiza en la muñeca izquierda. Aunque empezaba a desvanecerse, la huella de la presión de Andrés seguía visible.
La recorrió con los dedos.
Esta es la última vez. No voy a permitir que nadie vuelva a tratarme así.
Aspiró hondo, tomó su bolso de trabajo y salió. Hoy solo quería concentrarse en su puesto y demostrar de lo que era capaz.
Las oficinas del Grupo Valverde ya bullían de actividad cuando Valentina llegó. Varios empleados la saludaron antes de que ella pudiera hacerlo.
—Buenos días, señora Montero.
—Buenos días.
—Esperamos que se sienta a gusto trabajando aquí, señora.
Valentina devolvió cada saludo con una sonrisa cordial. Apenas llevaba unos días en la empresa, pero el ambiente era radicalmente distinto al de su vida anterior. No había miradas que la hicieran sentir menos ni cuchicheos incómodos.
Allí la aceptaban como profesional. Lo que se evaluaba era su capacidad y sus resultados, no su estado civil ni su pasado.
Al entrar a la oficina de la gerencia general, Lorena ya estaba sentada con toda tranquilidad, saboreando un café.
—Mira quién llegó por fin.
—Buenos días.
—¿Buenos días? —Lorena entrecerró los ojos, escrutándole el rostro—. Hoy traes otra cara. Se te ve más... fresca.
—¿Tú crees?
—Ajá.
Lorena le dedicó una sonrisa pícara.
—A lo mejor es porque anoche cierto director general la acompañó hasta su casa.
—No empieces. —Valentina la fulminó con la mirada.
—¿Qué? Si es la verdad.
—Fue una coincidencia.
—¿Coincidencia? —Lorena soltó una risa—. Si yo fuera tú, ya tendría el corazón desbocado.
Valentina negó con la cabeza mientras dejaba el bolso sobre el escritorio.
—Santiago... digo, el señor Valverde, simplemente pasaba por mi zona.
—Oooh... ¿ya lo llamas por su nombre? —Lorena alargó la vocal a propósito.
—¡Lorena! —Las mejillas de Valentina se encendieron.
—Ya, ya. Me callo. —Lorena seguía riéndose al ver a su amiga tan turbada.
Hacía mucho que no la veía reaccionar así. Al menos, Valentina estaba empezando a sonreír de nuevo.
En el piso más alto, Santiago dirigía la reunión semanal con todos los directores de división. Las presentaciones avanzaban rápido, sin rodeos. Esa era su forma de liderar: eficiente, directa, al grano.
Cuando la reunión estaba por terminar, el director de Finanzas abrió un expediente.
—Señor Valverde, la semana que viene arrancamos la evaluación de todas las subsidiarias. La División de Operaciones necesita ir a campo.
—Que la coordinación quede a cargo de la señora Montero —ordenó Santiago.
Algunos directores intercambiaron miradas.
—Señor... acaba de incorporarse.
—Justamente por eso quiero comprobar su capacidad de primera mano. —No hubo un ápice de duda en su voz—. Si alguien fue seleccionado por competencia, no lo frenen solo por antigüedad.
Los asistentes asintieron. Nadie contradijo la decisión.
A esa misma hora, Andrés permanecía solo en su despacho. No había pegado ojo en toda la noche. La marca del puñetazo de Santiago aún le ardía en el rostro, pero lo que realmente le dolía eran las palabras de Valentina.
«Ya te perdoné, pero perdonar no significa volver.»
Se presionó las sienes. Desde que firmó el divorcio, nunca la angustia lo había dominado de esa manera. Comenzaba a entender que la mujer que siempre había esperado fielmente por él se alejaba un poco más cada día.
Un golpe en la puerta.
Su secretario entró con varias carpetas.
—Señor, esta mañana tiene reunión con el Grupo Gallardo a las diez. La señorita Camila también lo llamó tres veces desde temprano.
—Hablaré con ella después. —Andrés exhaló.
—Entendido.
—Ah, una cosa más, señor... —El secretario vaciló antes de continuar—. El hospital volvió a comunicarse con la empresa. El especialista en andrología pide que acuda cuanto antes para los estudios de seguimiento. Dicen que cuanto más rápido identifiquen la causa, mayores serán las posibilidades de tratamiento.
La expresión de Andrés se ensombreció.
—Agéndalo para esta semana.
—Sí, señor.
Cuando el secretario salió, Andrés se dejó caer contra el respaldo.
Apenas unas semanas atrás, se consideraba un hombre impecable. Dueño de una empresa poderosa, un nombre que imponía respeto, una futura esposa de familia prominente. Sin embargo, una hoja de resultados médicos bastó para derrumbar toda esa soberbia.
No pasó mucho antes de que Camila irrumpiera en el despacho sin tocar.
—Andrés, ¿por qué te fuiste así anoche? Te esperé hasta tardísimo.
—Surgió algo. —Andrés no levantó la vista; siguió firmando documentos.
—¿Un asunto de la empresa?
—Sí.
Camila entrecerró los ojos.
—¿Seguro que solo fue eso?
—¿A qué te refieres? —Por fin alzó la cara.
—Me enteré de que tu auto no fue directo a la oficina. —Camila se acercó—. Fuiste a ver a Valentina, ¿verdad?
Andrés no respondió de inmediato. Su silencio fue respuesta suficiente.
La expresión de Camila se desfiguró.
—¡¿Sigues detrás de ella?!
—Solo quería hablar con ella.
—¿Hablar? —Camila soltó una risa ácida—. ¿O en realidad... te arrepientes de haberla dejado?
—No saques conclusiones por tu cuenta. —La mirada de Andrés se endureció.
—¡No soy tonta, Andrés! —Camila cruzó los brazos—. Desde que esa mujer volvió a aparecer, cambiaste por completo. Te quedas mirando al vacío, te irritas por cualquier cosa, y anoche me dejaste plantada sin una explicación.
Lo taladró con los ojos.
—Si todavía la quieres, ¿por qué te divorciaste de ella?
La pregunta dejó a Andrés mudo otra vez, porque ni él mismo tenía una respuesta que lo convenciera.