Renata creció siendo "la hija recuperada" de una familia que solo la quería para pagar sus deudas. Cuando la constructora de los Beltrán se hunde, el trato es simple: una boda con los Vargas a cambio de un rescate millonario. La novia debía ser Camila, la consentida de la casa. Pero Camila huye… y empujan a Renata al altar de un hombre que ni siquiera puede decir "sí": Maximiliano Vargas, el empresario más temido de México, lleva meses en coma.
Renata acepta sin pelear. Tiene sus propias razones —y una herida que nadie conoce—. Lo que no imagina es que, bajo esa apariencia de hombre dormido, Max está despierto. La oye. La observa. Y por primera vez en su vida, alguien la ve de verdad.
Cuando Max abre los ojos, el imperio entero contiene la respiración esperando el divorcio. En cambio, el hombre al que llaman "témpano de hielo" la toma de la mano frente a todos y se niega a soltarla. Mientras tanto, Renata empieza a mostrar quién es en realidad: una cirujana brillante que esconde más de un nombre, más de un secreto y un pasado que la persigue desde un hotel, cinco años atrás.
Entre suegras venenosas, una falsa primera dama del corazón, traiciones de familia y dos niños que aparecen donde menos se espera, Renata tendrá que decidir si se atreve a creer en el único hombre que la eligió cuando nadie más lo hizo.
Porque algunos secretos no se entierran. Regresan. Y este tiene los ojos de Max.
¿Y si el hombre que la compró fuera también el que perdió con ella lo que más amaba?
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Capítulo 16
Capítulo 16: Lo que Gonzalo llama "precaución"
Tres semanas en la mansión y Renata todavía no conocía la casa entera. Esa mañana, buscando el cuarto de lavado para dejar unas batas que no quería que tocara el servicio, se metió por el ala norte, un pasillo más viejo y más oscuro que el resto, con retratos de cacería y una alfombra que tragaba los pasos.
Por eso no hizo ruido. Por eso, cuando pasó frente a una puerta entreabierta, alcanzó a oír.
Era el estudio de Gonzalo. La voz era la suya, pero distinta de la que usaba en las comidas: sin la cordialidad de fachada, baja, rápida, tensa. Hablaba por teléfono. Renata no se detuvo a propósito; se detuvo porque las primeras palabras la clavaron al piso.
—…si despierta, todo el balance de poder cambia. Necesito más tiempo. —Una pausa—. No. No es una opción hablar con él directamente. Todavía no. —Otra pausa, y la voz se hizo más dura, más fría—. La mujer complica las cosas. No sé cuánto sabe, y eso no me gusta. Hay que averiguar cuánto sabe antes de decidir qué hacemos con ella.
La mujer.
Renata no necesitó que dijera el nombre. Sintió el frío subirle por la nuca con la precisión de un diagnóstico que uno no quería confirmar.
No entró. No carraspeó. No hizo nada de lo que haría alguien sorprendido. Retrocedió un paso, despacio, apoyando el pie en el borde de la alfombra para no hacer crujir el piso, y luego otro, y otro, hasta que la puerta entreabierta volvió a quedar lejos. Solo entonces dio media vuelta y caminó hacia la luz del resto de la casa con el paso de quien no ha oído nada, las batas todavía en el brazo.
Salió al jardín. El aire de la mañana, el canto de un pájaro, el aspersor regando el pasto: todo seguía igual, indiferente, como si en esa casa no acabara de confirmarse que alguien la consideraba un problema a resolver.
Renata sacó el teléfono. No llamó a nadie. Abrió la grabadora de voz y, en voz baja, de espaldas a la casa, dictó:
—Hoy, alrededor de las diez de la mañana. Ala norte, estudio de Gonzalo Vargas. Lo escuché decir, palabras textuales: "Si despierta, todo el balance de poder cambia." "No es una opción hablar con él directamente, todavía no." "La mujer complica las cosas, hay que averiguar cuánto sabe antes de decidir qué hacemos con ella." —Hizo una pausa—. Contexto: tres días después de que la junta médica confirmara la emergencia de conciencia de Max.
Guardó la nota. La mandó a su propio correo, con fecha en el asunto, a una cuenta que solo ella conocía. La primera regla de cualquier caso: documenta antes de que la realidad se vuelva discutible. Una palabra dicha en un pasillo no valía nada al día siguiente; una grabación fechada, con contexto, empezaba a valer. Renata había aprendido esa regla a la mala, cinco años atrás, cuando no tuvo nada con qué probar lo que le habían hecho. No le iba a volver a pasar.
Después marcó.
—Ximena. —Su voz era plana otra vez, controlada—. Necesito un favor que no es para chismear. ¿Te acuerdas del abogado de tu familia, el que llevó lo del terreno de tu papá? El bueno, el que da miedo. —Escuchó—. Ese. Necesito su contacto. No para nada urgente todavía. Para tenerlo a la mano.
—Renata. —Del otro lado, Ximena bajó la voz, alarmada—. ¿En qué te metiste?
—En nada que no pueda manejar —dijo Renata—. Todavía. Pásame el contacto y te invito el tequila que me debes.
—Te lo paso. Pero me marcas si la cosa se pone fea. Me marcas, ¿eh? No me entero por las noticias.
—Te marco.
Colgó. Se quedó un momento en el jardín, mirando la fachada blanca de la mansión, todas esas ventanas, calculando detrás de cuál estaría Gonzalo terminando su llamada. La casa ya no era solo territorio hostil. Era territorio donde alguien con poder, dinero y prisa la había puesto en una lista. Bien. Ella también sabía hacer listas.
—————
Esa tarde, cuando volvía de la clínica, el teléfono sonó con el nombre de Damián.
Su hermano no llamaba por gusto; prefería los mensajes de una línea. Que llamara ya era una señal. Y cuando contestó, la voz de Damián tenía un tono que Renata no le oía desde que eran chicos: más bajo, más cerrado, el tono de cuando algo amenazaba a la familia.
—Renata. —Una pausa—. Hoy vino alguien a preguntar por ti. A la colonia. A casa de mi mamá.
Renata se enderezó en el asiento.
—¿Quién?
—No de los Beltrán. No era nadie de esos. Un tipo que no conocemos. Bien vestido, fuera de lugar para el barrio, en una camioneta sin placas a la vista. Le preguntó a la vecina por "la doctora que viene los domingos". Por dónde trabajabas, a qué horas venías. —Damián hablaba apretado—. Mi mamá no estaba, gracias a Dios. La vecina no le dijo nada porque le dio mala espina. Pero se quedó dando vueltas como media hora antes de irse.
—¿Cómo era? —Renata ya tenía la otra mano cerrada sobre la rodilla, los nudillos blancos—. Descríbemelo. Despacio.
Damián lo describió: alto, treinta y tantos, lentes oscuros, un tatuaje asomando en la muñeca, modos de quien sabe cuidarse. Renata escuchó cada detalle y lo guardó junto a la nota de voz de la mañana, junto a la lista que apenas empezaba.
—Damián. —Su voz salió tranquila, y por eso mismo más seria que cualquier grito—. Escúchame bien. No le abran la puerta a nadie que no conozcan. Si vuelve ese tipo, no salgan, no hablen con él, me llaman a mí en el momento. Y dile a mi mamá que esta semana no voy a poder ir el domingo. Que no se preocupe. —Cerró los ojos un segundo—. Voy a arreglar unas cosas primero.
—Renata, ¿esto tiene que ver con esa familia de ricos en la que te metiste?
—Te marco, Damián. Cuídala.
Colgó. Y no se quedó sentada con el miedo, porque el miedo, sin un plan, no servía de nada.
Marcó otra vez. El número que Ximena le acababa de pasar: el abogado de los Toledo, el que daba miedo. Le explicó en tres frases lo que necesitaba, sin nombres, sin detalles que no hicieran falta: discreción, un par de personas de confianza vigilando una casa en Iztapalapa durante unas semanas, sin que los de adentro lo notaran. Que pasara la factura a una cuenta que ella iba a indicarle. La tarjeta negra de Doña Esperanza, por fin, iba a servir para algo que valiera la pena.
—Que sea gente seria —dijo—. Y que me avisen de cualquier cara nueva en esa cuadra. Cualquiera.
Colgó por última vez. Afuera, la ciudad pasaba veloz por la ventanilla del coche. Adentro, Renata respiró hondo una sola vez. La amenaza ya no era solo para ella. Acababa de estirarse hasta la única casa del mundo donde estaba lo que más le importaba, y un hombre con tatuaje en la muñeca había preguntado por la doctora que iba los domingos. Y eso, decidió mientras los nudillos se le ponían blancos sobre la rodilla, no se lo iba a perdonar a nadie.
Ojalá siga así .
últimamente los libros repiten las historias ,solo cambian los nombres de los personajes.
Este es distinto.Excelente trabajo del autor .