Los malentendido de mantener un amor oculto, los fantasmas de un rey que no sabe expresar amor y una segunda op0rtunodad que Anastacia no desperdiciaría
NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Sombras en la Galería
Con el discurrir de las semanas y los meses, la vida dentro del Palacio de Veloria se convirtió para Anastasia en una rutina de soledad opresiva. Aunque habitaba en un alcázar de mármol decorado con los tapices más finos y los jardines más frondosos del continente, se sentía más prisionera que cualquier reo en las mazmorras subterráneas.
Nataniel gobernaba con una severidad implacable. Si bien es cierto que jamás le alzó la voz de forma desmedida en público, ni levantó la mano contra ella, ni faltó a las normas formales del respeto que exigía la etiqueta, su trato en la intimidad era un invierno perpetuo. Hablaba con su esposa únicamente para dictar instrucciones sobre eventos oficiales, cuestionaba con severidad los horarios de sus paseos por los jardines y fruncía el ceño con profunda irritación cada vez que la descubría sonriendo por asuntos ajenos a él. Nataniel sufría en silencio al ver que ella nunca le dedicaba a él esa calidez, pero su reacción ante la frustración era volverse aún más hosco y distante.
En medio de ese desierto emocional, la única válvula de escape y consuelo para la joven reina era la presencia de Óscar, su amigo más cercano desde la infancia. Óscar era un joven noble de rostro sereno, modales suaves y una sensibilidad poética deslumbrante. Crecieron juntos en las tierras del sur, compartiendo confidencias, libros de historia y paseos a caballo. Su lealtad hacia Anastasia era absoluta y sincera.
Sin embargo, sobre los hombros de Óscar pesaba una cadena invisible y angustiosa: estaba perdidamente enamorado de Bruno, el temible comandante de la guardia real de Veloria. Bruno era el amigo más cercano de Nataniel, su confidente de batallas y la mano derecha del rey; un hombre de porte imponente, cicatrices de guerra y una devoción ciega al deber militar.
En la sociedad estrictamente conservadora y religiosa de Veloria, la atracción entre dos hombres era considerada no solo una falta grave, sino un delito castigado con la deshonra total de la casa noble, la incautación de bienes y el exilio permanente o la muerte. Óscar vivía aterrado por la sola idea de que sus sentimientos salieran a la luz. Sabía que revelar su amor por Bruno significaba destruir su vida, arruinar a su familia y colocar al comandante en una situación de peligro mortal.
Anastasia era la única alma en todo el reino que conocía el secreto de Óscar. Sensible al sufrimiento de su amigo y consciente del dolor que causaba guardar un amor imposible, la reina hizo un juramento inquebrantable: llevaría esa verdad a la tumba antes que permitir que su amigo fuera humillado o ejecutado.
Para permitir que Óscar pudiera ver al hombre que amaba, aunque fuera únicamente desde las sombras y la distancia, Anastasia ideó un plan metódico. Invitaba a Óscar con frecuencia al palacio real bajo el pretexto oficial de discutir sobre poesía sureña, pintar acuarelas o tomar el té matutino en la majestuosa galería este del castillo.
Aquella galería era un pasillo de arcos altos y grandes ventanales de cristal que ofrecía una vista privilegiada y panorámica hacia el patio central de armas. Allí, cada mañana, el comandante Bruno adiestraba a los soldados de élite de la corona. Desde el penumbra protectora de las columnas de mármol, oculto tras los visillos y las pesadas cortinas de terciopelo, Óscar pasaba horas observando en silencio la figura fuerte de Bruno, memorizando cada gesto, cada movimiento y cada orden que el comandante gritaba bajo el sol.
Anastasia contemplaba a su amigo con profunda empatía. Veía las lágrimas silenciosas que rodaban por las mejillas de Óscar cuando Bruno se alejaba, y los pálpitos desbordados de su corazón cuando el comandante alzaba la mirada por casualidad hacia el patio. Anastasia lo reconfortaba tomando sus manos temblorosas entre las suyas, hablándole al oído en susurros cariñosos para calmar sus sospiros reprimidos y ofreciéndole el hombro para llorar.
Lo que ni Anastasia ni Óscar sospechaban era que, desde la torre más alta del ala oeste, a través de los ventanales de su estudio privado, otros ojos observaban cada uno de esos gestos con un odio y un rencor que crecían como un incendio fuera de control.