Él la desea por su pasado. Ella lo busca por su futuro. ¿Podrán escapar de las sombras del pasado? 🖤
Dorian Collins es "El Magnate de los Diamantes" 💸, un CEO millonario, frío y destrozado por la muerte de su amada esposa Anna 🕊️. Para el mundo es indestructible, pero por dentro se consume en la soledad y en un deseo reprimido que no lo deja en paz.
Charlotte Mousier es una valiente obrera del sur de Francia ⚒️. Sin dinero y agobiada por las deudas, lucha por salvar la vida de sus padres enfermos 🏚️. Cuando el corrupto encargado de la mina intenta abusar de ella y la deja en la miseria, Charlotte emprende un viaje desesperado a París para plantarle cara al mismísimo dueño del imperio 🏢.
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Capítulo 6: ¿Anna?
Charlotte subió corriendo hasta el tercer nivel, con las piernas ardiéndole por el esfuerzo y la respiración entrecortada. Los gritos de los guardias resonaban cada vez más cerca a sus espaldas, pero ella no se detuvo. Al final del pasillo, se topó con una gran puerta doble de madera noble, imponente y lujosa, que gritaba autoridad.
Sin dudarlo un segundo, Charlotte empujó las hojas de la puerta, abriéndolas de par en par, y se paró justo en el umbral, plantando cara al destino.
En el interior de la suite presidencial, el tiempo se detuvo.
Sophie, la secretaria personal de Dorian, se levantó de su asiento dando un respingo, con el rostro pálido y paralizada por el terror ante la audacia de la intrusa. Justo detrás de Charlotte, tres guardias de seguridad irrumpieron con brusquedad, listos para someterla y llevársela a la fuerza fuera del edificio.
—¡Sueltenmé! —alcanzó a exclamar Charlotte, intentando zafarse del agarre de uno de los uniformados.
El eco del escándalo obligó al hombre sentado detrás del imponente escritorio de caoba a levantar la mirada. Dorian Collins frunció el ceño, listo para destrozar con sus palabras a quien se hubiera atrevido a interrumpir su santuario.
Pero cuando sus ojos grises se posaron en la mujer que jadeaba en la entrada, toda su autoridad se evaporó.
Dorian se quedó completamente impactado, petrificado en su elegante silla de cuero. El color abandonó su rostro de inmediato y sintió un vuelco violento en el pecho, como si su corazón se hubiera detenido en seco por un golpe mortal. Los papeles que sostenía cayeron de sus dedos, esparciéndose por el escritorio sin que a él le importara.
Frente a él, desafiante y envuelta en ropas humildes, estaba una mujer con una melena de rizos rebeldes y unos ojos verdes encendidos que conocía mejor que a su propia vida.
Anna.
La mente de Dorian se nubló por completo. El dolor, la culpa y el deseo incontrolable que lo habían atormentado durante el último año estallaron en su cabeza. No podía ser real. Su cerebro le decía que era imposible, pero sus ojos deseperados le aseguraban lo contrario: Anna había vuelto. Había regresado del más allá para reclamarlo.
—¿Señor Collins? ¿Quiere que nos la llevemos? —preguntó el jefe de seguridad, rompiendo el espeso silencio de la habitación mientras sujetaba el brazo de Charlotte.
Dorian ni siquiera escuchó al guardia. Se puso en pie lentamente, con las piernas temblorosas y la mirada fija, obsesiva y desorbitada en el rostro de Charlotte, temiendo que si parpadeaba, el fantasma de su gran amor desaparecería en el aire.
—Suéltenla... —susurró Dorian, con una voz ronca, rota y apenas audible, que dejó a su secretaria y a los guardias completamente desconcertados.
Al verse libre del agarre de los guardias, Charlotte cerró los ojos por un instante y comenzó a respirar hondo para calmar el dolor en su pecho y estabilizar su ritmo cardíaco. Tenía que ser fuerte; este era el momento por el que tanto había arriesgado.
Con paso firme y la barbilla en alto, caminó unos pasos más hacia el interior de la lujosa oficina y se plantó con valentía delante de Dorian, separada de él únicamente por el imponente escritorio de caoba.
—Señor Collins... —comenzó ella, obligando a su voz a sonar clara y segura—. Mi nombre es Charlotte. Vengo de una pequeña provincia al sur de Francia, y he viajado hasta aquí porque la mina de su propiedad, la que está a cargo de un hombre llamado Bernard, está completamente destruida. Las condiciones son inhumanas, la vida de los obreros corre peligro cada día que bajan a los túneles y, por si fuera poco, ese hombre nos tiene sin paga desde hace meses. Venía a exigirle que...
Charlotte se detuvo a mitad de la frase. Se dio cuenta de que el poderoso empresario no estaba prestando la más mínima atención a sus reclamos laborales. Dorian seguía estático, de pie, mirándola fijamente con unos ojos grises desorbitados, cargados de una mezcla de devoción, dolor y locura que a ella comenzó a intimidarla.
Confundida y un tanto sorprendida por esa mirada tan penetrante, Charlotte frunció el ceño.
—Señor... ¿Me está escuchando?
Fue en ese preciso instante cuando Dorian reaccionó, saliendo lentamente del trance que le había congelado la sangre. Sus labios se movieron con torpeza, arrastrando las sílabas en un susurro casi inaudible:
—Charlotte... —repitió en voz baja, como si intentara convencer a su propio cerebro de lo que estaba oyendo.
—Sí, soy Charlotte Mousier —respondió ella de inmediato, asintiendo con la cabeza—. Y, como le decía, vengo de la mina del sur de Francia. Necesitamos que intervenga porque la situación con Bernard es insostenible para nuestras familias.
Escuchar ese apellido y ese acento sureño fue el golpe de gracia que devolvió a Dorian a la fría realidad. La ilusión se hizo añicos. La voz no era la misma; la actitud altiva, combativa y rústica de esta mujer no tenía nada que ver con la dulzura pacífica de su difunta esposa.
Ahí fue donde Dorian finalmente se dio cuenta de que no era su amada Anna. No era un milagro, ni un fantasma. Anna seguía muerta.
Excelentes capítulos, quede sorprendida de como una madre sea capaz de tanto 😲