Camila lo dio todo por su matrimonio. Durante tres años cocinó, limpió y cuidó la casa —su propia casa— mientras su esposo Adrián y toda su familia la trataban como sirvienta. Cada fin de año, ellos se iban de vacaciones a Cancún y la dejaban encerrada. Sin dinero. Sin voz. Sin salida.
Pero esta vez será diferente.
Mientras Adrián y los suyos disfrutan del sol y la playa, Camila toma la decisión que cambiará todo: vender la casa, recuperar su carrera, y cobrarles una por una cada humillación que le hicieron vivir.
Lo que Adrián y su familia no saben es que esas vacaciones en Cancún serán las últimas que disfruten juntos.
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01
El repiqueteo de la sartén contra la espátula retumbaba en la cocina. Camila preparaba el desayuno para todos, como cada mañana.
Camila Herrera era la esposa y la nuera de esa casa. Vivía con su marido, Adrián, y con toda la familia de él. La casa era de Camila, comprada por sus padres antes del matrimonio.
—¡Camila, Sofía se hizo encima! ¡Ven a limpiarla! —gritó Valeria desde su habitación.
—Un momento, ya casi termino aquí —respondió Camila desde la cocina.
Quería acabar de cocinar primero. Faltaba muy poco.
—¡Camila! ¿Estás sorda? ¡Te llevo llamando un buen rato y no vienes! —ladró Valeria, asomándose por el pasillo.
—Ya voy, déjame terminar esto.
—Siempre con excusas. Apúrate y limpia a Sofía, la niña está incómoda y el olor es insoportable.
Camila apagó el fuego y dejó la cocina a medias. No valía la pena seguir discutiendo.
Valeria era la hermana mayor de Adrián. Ella y su esposo también vivían en la casa, a pesar de que ambos trabajaban y estaban casados. Pero Valeria se negaba a vivir sola; prefería quedarse con sus padres y dejar que Camila se encargara de todo.
—Ven, preciosa, vamos a limpiarte —le dijo Camila a la niña con dulzura.
Sofía era hija de Valeria, tenía dos años. Camila la cuidaba mientras Valeria y su esposo estaban en el trabajo. La llevó al baño, le limpió el cuerpo y le cambió el pañal.
—Ahora te ponemos ropa limpia y un poco de talco para que huelas rico —murmuró Camila mientras la cargaba.
Le puso ropa limpia, le aplicó talco, y la niña se tranquilizó entre sus brazos.
—¡Camila! ¿Y el desayuno? —Apenas había terminado con Sofía cuando el grito de doña Teresa retumbó en la casa.
—¡Ya va, señora! —respondió Camila, caminando hacia la cocina con la niña en brazos.
—¿Cómo es posible? No sirves ni para preparar un desayuno a tiempo. ¡Llevas una eternidad!
Todos estaban sentados a la mesa: Adrián, Valeria y su esposo Diego, y los padres de Adrián, doña Teresa y don Jaime. Esperaban con cara de impaciencia.
Camila pasó la comida a los platos y los dispuso sobre la mesa. El silencio cayó mientras todos comenzaban a comer.
—Adrián, quiero ir con ustedes a las vacaciones de este año —dijo Camila entre bocado y bocado.
—No se puede, Camila. Quédate en la casa. No me alcanza el dinero si vienes tú también —la cortó Adrián de inmediato.
Esa mañana, Adrián y toda su familia saldrían rumbo a Cancún. Pasarían las vacaciones de fin de año allá, como llevaban haciendo los últimos tres años seguidos.
—Si tú también te vas, ¿quién cuida la casa? Quédate aquí y vigila que todo esté en orden —dijo doña Teresa con sequedad.
—¿Para qué quieres ir de vacaciones? Tú no haces nada, te la pasas en la casa. Las vacaciones son para la gente que trabaja —agregó Valeria sin levantar la vista del plato.
Don Jaime, el esposo de doña Teresa, no dijo una palabra. Diego tampoco. Los dos permanecieron en silencio mientras sus mujeres humillaban a Camila.
A Camila se le partió algo por dentro. Adrián no solo no la defendía: se alineaba con su familia. Jamás, en tres años de matrimonio, se había puesto de su lado.
—Pero Adrián, es la tercera vez que se van a Cancún sin mí —protestó con un hilo de voz.
—Mi mamá y Valeria tienen razón. Quédate y cuida la casa. Si vienes con nosotros, ¿quién se asegura de que todo esté limpio cuando volvamos? Quiero encontrar la casa arreglada y comida lista.
Camila apretó los labios para que las lágrimas no le ganaran. Quería explotar, gritarles todo lo que se tragaba día tras día. Pero se contuvo. Todavía no era el momento.
—Mejor nos vamos ya, no sea que perdamos el vuelo —dijo doña Teresa, levantándose de la mesa.
—Sí, vámonos —secundó Valeria.
—Camila, no se te olvide dejar la casa impecable. No quiero que andes por la calle mientras no estemos. Y pon llave a todo, no vaya a ser que entren a robar —ordenó doña Teresa antes de salir.
—Sí, señora —respondió Camila con un asentimiento.
Se fueron al aeropuerto en un taxi. Doña Teresa irradiaba felicidad: su tercer viaje consecutivo a Cancún para recibir el año nuevo. Tres años seguidos disfrutando del sol y la playa mientras su nuera se quedaba encerrada.
En cuanto el taxi desapareció calle abajo, Camila recogió la mesa, lavó todos los trastes y limpió la cocina. Cuando terminó, corrió a su habitación, cerró la puerta y se derrumbó sobre la cama. Lloró con la cara hundida en la almohada.
—Cómo pudiste, Adrián... Cada fin de año te llevas a toda tu familia de vacaciones, pero a mí, jamás. Ni una sola vez.
Lloró durante casi media hora. Cuando las lágrimas se secaron, recorrió la habitación con la mirada. Tres años viviendo con Adrián en ese cuarto.
—Tres años a tu lado, cubriendo todas tus carencias. ¿Y esto es lo que recibo? Eres un egoísta, Adrián —se limpió los restos de lágrimas con el dorso de la mano.
Abrió el clóset de Adrián. Toda su ropa era nueva, de marca, perfectamente ordenada. La suya, en cambio, estaba gastada y vieja.
—Tres años de matrimonio y solo me compraste ropa una vez. Una blusa barata. Pero para tu familia, todo de lo mejor.
—Me dabas doscientos dólares al mes para alimentar a seis adultos en esta casa. Tú sabías que no alcanzaba. Y nunca te importó de dónde sacaba yo el resto para cubrir lo que faltaba. Pero se acabó, Adrián. Se acabó mi paciencia. No voy a seguir siendo la esclava de tu familia —dijo en voz baja, secándose las mejillas.
Camila comprendió, con una claridad que le quemaba, lo ciega que había sido durante tres años. Pero esa ceguera terminaba hoy. Iba a cobrarles todo. Cada humillación, cada desprecio, cada cena que cocinó sin recibir un gracias. Cuando volvieran de Cancún, encontrarían un mundo completamente distinto.