Rosaly es una loba Alfa de pura sangre, primogénita de la manada Tierra de Fuego. Sin embargo, para huir de las guerras y de la presión por encontrar a su pareja ideal, se exilia en la ciudad y abre el Spa Serenidad Azul junto a su mejor amiga Thais. Su pacífica vida de oficina cambia por completo cuando dos hombres imponentes vestidos de traje entran exigiendo un masaje VIP.
Al cruzar miradas, su loba ruge una palabra: «¡MATE!». El cliente de ojos carmesí es Asmodeo Vane, el mismísimo Rey del Inframundo. Él busca a unos demonios traidores compinchados con brujas oscuras y con el tío rebelde de Rosaly para destruir a su familia.
Rosaly no es una sumisa damisela en apuros y Asmodeo no acepta un «no» por respuesta. En medio de un sensual tira y afloja entre la CEO de la ciudad y el Soberano del Abismo, se sellará la alianza más peligrosa de sus vidas. ¿Podrá el fuego del infierno domar el orgullo de la manada?
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CAPITULO 13 RASTROS DE MAGIA Y UN RESPIRO EN EL BOSQUE
La mañana amaneció con una niebla densa que se arrastraba entre los troncos de los pinos, ocultando el sol. El comedor del día anterior se había transformado en nuestro centro de operaciones. Sobre la mesa de roble ya no había cubertería de plata, sino un gran mapa físico del territorio de la manada Tierra de Fuego, desgastado en los bordes por las manos de mi padre.
Nos reunimos todos temprano. Asmodeo y Damian habían dejado los trajes formales de la ciudad y ahora vestían chaquetas oscuras de cuero y ropa cómoda, adaptándose al entorno boscoso. Celeste, la reina bruja, presidía el final de la mesa. Frente a ella había un cuenco de piedra lleno de agua pura del manantial de la manada y varios cristales de cuarzo transparente.
—Aquí los lobos no funcionamos con estrategias de ejércitos humanos —explicó mi padre, señalando con el dedo las marcas rojas del mapa—. Nos movemos por instinto y territorio. Mis rastreadores cubren el río del norte y los acantilados del este. El problema es que el olor de la gente de Gustav desaparece en seco en esta zona boscosa. Es como si el bosque se los tragara.
—Eso es porque el clan oscuro de Morgana ha tejido un velo de sangre —explicó Celeste con voz serena, extendiendo sus manos sobre el cuenco de agua. Sus ojos verdes empezaron a brillar con una suave luz dorada, y los cristales de la mesa parpadearon—. El truco de Morgana es inteligente. Mantiene a sus brujas y al núcleo de su poder completamente aislados en un punto fijo, usando pequeños grupos de ataque como cebo para distraeros. Los lobos de Gustav que atacan vuestras fronteras no saben dónde está la base real; por eso vuestros rastreadores no pueden sacarles la información por el olor. Su propia ignorancia los protege.
Asmodeo, apoyado contra la pared con los brazos cruzados, intervino con voz grave:
—Pero la ignorancia tiene un límite, sobre todo cuando la magia blanca empieza a buscar. Celeste, ¿puedes romper el velo desde aquí?
—Romperlo del todo no, Asmodeo —respondió la reina bruja, cerrando los ojos mientras el agua del cuenco empezaba a agitarse sola, mostrando imágenes difusas de árboles y sombras—. Pero puedo agrietarlo. Voy a canalizar la luz del santuario para sembrar un rastro inverso. En cuanto las brujas de Morgana usen su poder para ocultar la próxima escaramuza de Gustav, mi magia chocará contra la suya y creará un destello místico. Vuestros rastreadores no olerán a los lobos, pero veréis una fluctuación en el aire, como un espejismo de calor. Ahí es donde debéis golpear.
—Eso es más que suficiente —dijo mi hermano Saúl, con los ojos brillando con entusiasmo licántropo—. Si podemos ver dónde se esconde la trampa, mi grupo de caza los acorralará en los árboles.
—Perfecto —concluí yo, recuperando mi mentalidad organizativa—. Mi padre y Saúl os encargaréis de coordinar a los grupos de rastreo en el momento en que Celeste detecte la señal. Thais, ayuda a las madres a revisar los suministros médicos en el refugio. Asmodeo, Damian... mantened a vuestros guerreros listos en la linde del bosque por si las cosas se complican. La reunión ha terminado. Vamos a movernos.
Todos empezaron a salir a paso ligero, contagiados por la energía de la acción inminente. Cuando me disponía a seguir a Thais hacia la cocina, una mano firme, grande y cálida me tomó suavemente de la muñeca, deteniéndome en seco. El lazo de mates me envió un chispazo de calor que me aceleró el pulso al instante.
Giré la cabeza y me encontré con los ojos rojos de Asmodeo, que me miraban con una fijeza magnética.
—Rosaly —murmuró, y su voz bajó a ese registro ronco que me derretía las defensas—. Has estado en modo jefa toda la mañana. ¿Qué te parece si la CEO y el Rey se toman un breve descanso antes de que el bosque empiece a arder?
Miré hacia el pasillo; Thais ya se había alejado con Damian pisándole los talones (seguramente para tener su propio tira y afloja). Kala dio un brinco de alegría dentro de mi cabeza, suplicando por un momento a solas con nuestro macho.
—Está bien, Vane —cedí con una sonrisa de medio lado—. Sígueme. Hay un claro detrás de la casa grande donde la niebla no es tan espesa.
Caminamos en silencio por un sendero de tierra batida, alejándonos del bullicio de las cabañas de la manada. A medida que nos internábamos entre los pinos centenarios, el ruido de los preparativos desapareció, sustituido por el crujido de las hojas secas bajo nuestros pies y el canto lejano de las aves de invierno. La niebla flotaba entre los troncos como cortinas de gasa, dándole al lugar un aspecto mágico y apartado del mundo.
Nos detuvimos en un pequeño claro donde un enorme roble antiguo extendía sus ramas desnudas. Me apoyé contra el tronco del árbol, cruzándome de brazos, intentando mantener esa fachada de mujer independiente de treinta años que no se deja deslumbrar fácilmente. Sin embargo, Asmodeo no me dio espacio. Se acercó con pasos lentos, seguros, felinos, hasta quedar a escasos centímetros de mí. Su aroma a tormenta y fuego antiguo me envolvió por completo, sepultando el olor a pino del bosque.
—Llevo tres días deseando hacer esto sin que tu padre me clave una mirada asesina o tu madre me amenace con un cucharón de plata —dijo Asmodeo, con una sonrisa ladina y peligrosa dibujándose en sus labios perfectos.
Extendió una mano y, con una delicadeza que contrastaba brutalmente con su inmenso poder, apartó un mechón de cabello de mi rostro. Su pulgar rozó mi pómulo, y sentí cómo la temperatura de mi cuerpo subía varios grados. Kala soltó un ronroneo tan fuerte en mi pecho que temí que Asmodeo pudiera escucharlo.
—Vaya, el gran Rey Demonio resulta ser un romántico empedernido —le reté, sosteniéndole la mirada carmesí aunque por dentro mis barreras se estaban desmoronando como arena—. Pensé que los de tu especie preferíais los pactos de sangre y los tronos oscuros antes que los paseos por el bosque.
—Preferimos lo que nos pertenece, Rosaly —respondió, y su mirada bajó por un segundo hacia mis labios antes de volver a mis ojos—. Y desde el momento en que entré en tu Spa y el lazo se activó, mi mundo cambió. He gobernado durante siglos, he visto imperios caer y facciones enteras arrodillarse ante mí... pero ninguna de esas victorias se compara con el vuelco que da mi corazón cada vez que me plantas cara con esa mirada zafiro tuya. No quiero una súbdita, Rosaly. Te quiero a ti. Con tus garras, tu orgullo de Alfa y tu mente de empresaria.
Mis barreras cayeron por completo. En el mundo de los lobos, los hombres suelen buscar lunas que se adapten a ellos, pero Asmodeo estaba dispuesto a adaptarse a mí, a respetar mi fuerza y a venerar mi independencia.
Sin pensarlo más, dejé caer los brazos y di un paso al frente, eliminando la poca distancia que nos separaba. Coloqué mis manos sobre su pecho, sintiendo el latido firme y acelerado de su corazón bajo la chaqueta de cuero.
—Eres un hablador muy peligroso, Asmodeo —susurré, con una sonrisa suave—. Pero admito que... el lazo no es el único que se está dejando llevar. Kala te aceptó desde el primer segundo, pero yo... yo necesitaba saber que el hombre detrás del rey valía la pena. Y creo que estás pasando el examen con nota.
Los ojos rojos de Asmodeo brillaron con un fuego purísimo. Sus manos bajaron hasta mi cintura, atrayéndome con firmeza contra su cuerpo. La descarga de energía fue tan brutal que solté un leve jadeo. El calor que emanaba de él era mi hogar perfecto.
—¿Eso significa que he ganado esa cita formal cuando la guerra termine? —preguntó, con la voz ronca, su aliento rozando mis labios.
—Significa que si salimos vivos de esta, puedes llevarme a cenar al restaurante más caro de la ciudad —respondí con una risa contenida—. Pero ahora mismo... cállate y bésame de una vez, su majestad.
Asmodeo no se lo hizo decir dos veces. Inclinó la cabeza y sus labios encontraron los míos en un beso que empezó con una posesividad ardiente, salvaje, propia de dos líderes que reclaman lo que es suyo, pero que rápidamente se transformó en una caricia profunda, dulce y cargada de una promesa eterna. Fue como si el fuego de su plano y la fuerza de mi tierra se fundieran en un solo elemento. Kala daba vueltas de campana en mi mente, y el lazo místico brilló con una intensidad tan grande que juraría que la niebla a nuestro alrededor se disipó por completo, bendiciendo nuestra unión en el corazón del bosque.
Cuando nos separamos, ambos estábamos respirando con dificultad. Asmodeo apoyó su frente contra la mía, con una sonrisa de absoluta felicidad que humanizaba por completo sus facciones de ángel caído.
—Eres mi reina, Rosaly —murmuró, dándome un tierno beso en la punta de la nariz—. Y te prometo que destruiré el mundo entero antes de permitir que nadie nos separe.
Sonreí, abrazándolo por el cuello, sintiéndome más fuerte que nunca. El respiro en el bosque había terminado, la recarga de energía estaba completa, y ahora sí que estábamos listos para enfrentar la tormenta que se avecinaba.