Después de dos años viviendo un amor que creía verdadero, Yasemin ve su mundo desmoronarse al descubrir que nunca fue más que una sustituta. Herida y sin mirar atrás, toma una decisión que cambiará por completo su destino: regresar a casa… y aceptar el matrimonio arreglado que alguna vez rechazó.
Lo que nadie sabe es que Yasemin no es solo otra mujer con el corazón roto.
Es la heredera de un imperio.
Criada entre Londres, Milán, Tokio y Zúrich, preparada para liderar y dominar el juego del poder, Yasemin eligió el amor —y pagó un precio muy alto por ello. Ahora, decidida a no volver a ser subestimada, está lista para ocupar el lugar que siempre le correspondió.
Pero el pasado no desaparece tan fácilmente.
Cuando Vicent se cruza de nuevo en su camino, ya no encuentra a la mujer que dejó atrás… sino a alguien a quien ya no puede controlar. Al mismo tiempo, un poderoso y enigmático italiano surge de las sombras, interesado no solo en el apellido que lleva Yasemin, sino en la mujer en la que se está convirtiendo.
Entre secretos, poder, venganza y sentimientos no resueltos, Yasemin tendrá que decidir:
hasta dónde está dispuesta a llegar para no volver a ser rota jamás.
Y si aún queda espacio para el amor… después de todo.
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Capítulo 11
Yasemin colocó el regalo dentro de la maleta con extremo cuidado, como si aquel gesto simple exigiera toda su atención.
El reloj estaba guardado dentro de una caja elegante, forrada en terciopelo oscuro. Durante algunos segundos se quedó simplemente mirando la pequeña caja antes de cerrar la tapa de la maleta lentamente.
El clic del cierre sonó suave en el silencio de la habitación.
Afuera de las ventanas, la tarde de Chicago comenzaba a oscurecerse lentamente. El viento frío atravesaba los edificios altos de la ciudad y hacía que las ramas de los árboles de la calle se balancearan.
Pero dentro de la habitación, todo estaba en silencio. Demasiado tranquilo. Yasemin volvió a organizar la ropa. Tomaba una prenda.
La doblaba con cuidado. Alisaba la tela con la palma de la mano. Después la colocaba dentro de la maleta.
Y repetía el proceso.
Sus movimientos eran tranquilos. Casi mecánicos. Pero su mente estaba muy lejos de allí. Mientras sus dedos organizaban la ropa, una imagen surgía con claridad en sus pensamientos.
El rostro de Álvaro. Serio. Apuesto. Imponente. Ella suspiró en voz baja.
💭 Yasemin
Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que nos vimos, Álvaro.
Creo que ni yo misma lo sé.
La verdad era que Yasemin y Álvaro se conocían desde hacía muchos años.
Mucho antes de un acuerdo familiar, antes de firmar un contrato, antes de una expectativa.
Las familias de ambos habían vivido durante años en el mismo barrio elegante de Londres.
Las mansiones quedaban a solo una cuadra de distancia.
Entre ellas había una pequeña plaza arbolada, con bancas de madera y caminos de piedra, donde los niños solían jugar durante las tardes de verano.
En aquella época, los encuentros entre los dos eran inevitables.
Álvaro era seis años mayor que Yasemin.
Y la primera vez que ella lo vio aún estaba grabada en su memoria con perfección.
Tenía apenas diez años.
Aquel día, sus padres la llevaron a visitar la casa de la familia Bellucci.
Yasemin lo recordaba todo.
Del portón alto de hierro, del jardín impecable de su casa con las flores alineadas perfectamente a lo largo del camino de piedra. La mansión Bellucci parecía sacada de una película.
Era enorme, elegante y muy imponente. Y entonces él apareció.
Álvaro Bellucci.
En aquel momento ya era el tipo de joven que llamaba la atención en cualquier lugar.
Era alto para su edad. Tenía una postura firme y elegante, segura de sí. Como si estuviera acostumbrado a ocupar cualquier espacio sin esfuerzo. Su rostro era hermoso.
Tenía el tipo de belleza que hacía que la gente se detuviera a mirar dos veces.
Para la pequeña Yasemin, parecía un personaje de las telenovelas que su niñera veía a escondidas en la televisión de la cocina.
Él era como un protagonista. El chico popular. Aquel que todas las chicas admiraban.
Ella recordaba perfectamente cómo se quedó parada mirándolo en ese primer momento.
Encantada. Casi hipnotizada. Su madre tuvo que tocarle suavemente el hombro para que volviera en sí y saludara.
— Yasemin, saluda a Álvaro.
Ella obedeció de inmediato. Siempre fue una niña educada. Enderezó la postura.
Y dijo con una pequeña sonrisa:
— Hola, Álvaro. ¿Cómo estás?
Él apenas inclinó la cabeza.
— Hola.
Fue solo eso.
Una respuesta corta. Sin esfuerzo por parecer simpático.
En ese instante, la pequeña Yasemin pensó que él era la persona más fría que había conocido.
Y esa impresión permaneció durante muchos años.
Con el paso del tiempo, los encuentros entre ellos se volvieron cada vez más escasos.
Hasta que un nuevo capítulo comenzó.
Cuando Yasemin entró a la preparatoria, descubrió que tenía una enemiga mortal.
Matemáticas.
Por más que estudiara, los números simplemente no tenían sentido para ella.
Los exámenes eran un desastre.
Siempre.
Hasta que un día, en una conversación casual entre las familias, la señora Bellucci comentó con el padre de Yasemin:
— ¿Por qué no le pedimos a Álvaro que ayude a Yasemin con matemáticas? Él siempre fue excelente en esa materia.
En aquel momento de la vida de Yasemin, muchas cosas ya habían cambiado.
Su madre había fallecido algunos años antes.
Y la niña alegre que solía ser había desaparecido.
En su lugar había surgido una adolescente más silenciosa. Más introvertida. A veces incluso rebelde.
Fue en ese escenario que Álvaro apareció nuevamente en su vida.
Cuando él entró por la puerta de la sala aquel primer día, Yasemin estaba sentada a la mesa con un cuaderno abierto.
Levantó la mirada. Cruzó los brazos.
Y dijo de inmediato:
— No necesito que me enseñes.
Álvaro arqueó una ceja. En aquella época tenía veintiún años. Era aún más alto que antes. Alrededor de un metro ochenta y cinco. Su cuerpo ya tenía la complexión firme de un hombre adulto.
Vestía una camiseta azul sencilla y unos jeans desgastados que parecían demasiado cómodos para alguien con su apariencia. El cabello seguía ligeramente desordenado. Dándole un aire naturalmente elegante.
Apoyó la mano en el respaldo de la silla y respondió con una sonrisa discreta:
— Pero yo insisto en enseñarte.
💭 Álvaro
Siempre fuiste terca, Yasemin.
Pero siempre supe que eras mucho más inteligente de lo que crees.
Yasemin esperaba un tutor rígido.
Crítico y exigente.
Pero Álvaro superó completamente sus expectativas. Tomó su examen de matemáticas. Leyó cada pregunta en silencio. Frunció el ceño. Se masajeó las sienes. Pero no hizo ninguna crítica. Ninguna queja.
Tomó un bolígrafo. Y comenzó a explicar.
Con calma. Pregunta por pregunta.
Error por error. Sin irritación ni impaciencia.
Su voz era grave. Firme. Pero tenía una textura suave. Casi hipnótica.
Y algo curioso comenzó a suceder.
Cuanto más lo escuchaba Yasemin, menos odiaba las matemáticas. Y más fascinada quedaba con él.
Álvaro explicaba cada problema de varias formas diferentes.
Una. Dos. Tres veces.
Hasta que ella realmente comprendiera.
Al principio, Yasemin lo observaba con resistencia y un poco de indiferencia.
Pero poco a poco ese sentimiento cambió.
Se transformó en admiración y respeto.
Un día, después de finalmente entender una ecuación complicada, dijo espontáneamente:
— Álvaro… eres increíble.
Él levantó la mirada.
— ¿Te graduaste hace tanto tiempo y todavía recuerdas todo esto?
Él se encogió de hombros.
— No recuerdo todo.
Hizo una pausa.
— Repasé los libros antes de venir.
Entonces le tocó levemente la frente con la punta del bolígrafo.
— Ahora muestra un poco de respeto y pon atención.
Durante todo el verano del segundo año de preparatoria de Yasemin, Álvaro continuó ayudándola.
En aquella época él ya estaba en el cuarto año de la Universidad de Zúrich.
Aun así, pasó prácticamente todas las vacaciones en casa. Sin fiestas, viajes ni distracciones.
Simplemente sentado en la sala repasando ejercicios con ella. Todos los días.
Cuando Yasemin volvía de la escuela, encontraba a Álvaro en el sofá.
Esperando.
💭 Álvaro
Siempre te esperé.
Incluso cuando no te dabas cuenta.
Gracias a él, sus calificaciones comenzaron a mejorar.
Primero medianas. Después buenas y después excelentes. Yasemin siempre tuvo facilidad en las otras materias. Pero con matemáticas finalmente bajo control, logró aprobar el examen de ingreso.
Y entonces entró a la Universidad de Zúrich.
La misma universidad de Álvaro.
En aquella época, sin embargo, Yasemin nunca pensó en él de forma romántica.
Para ella, Álvaro era solo un hermano mayor.
Alguien en quien podía confiar.
Por eso, cuando su padre sugirió un matrimonio arreglado entre los dos, se quedó completamente en shock.
— ¿Yo casarme con Álvaro?
La idea le parecía absurda.
Siempre lo había visto como un hermano.
¿Y cómo podría una hermana casarse con su propio hermano?
Perdida en esos recuerdos, Yasemin fue traída de vuelta al presente por el sonido de la puerta de la habitación abriéndose.
Levantó la cabeza.
Vicent estaba de pie en la entrada, con los brazos apoyados en el marco, observándola en silencio.
💭 Vicent
Realmente se va.
— ¿Ya terminaste de empacar?
— Casi.
Él permaneció allí algunos segundos.
Después preguntó:
— Yasemin… ¿tienes algo que decirme?
Ella levantó la mirada, confundida.
— ¿Qué?
Vicent lo pensó un momento.
Tal vez ella todavía estuviera molesta por lo que pasó en la tienda.
Tal vez estuviera esperando que él pidiera disculpas.
Respiró hondo.
Decidió facilitar las cosas.
Su tono se suavizó.
— En la tienda… mi tono no fue el mejor.
Hizo una pausa.
— No te enojes.
Para él, eso era suficiente.
Una disculpa.
Pero cuando Yasemin levantó la mirada para verlo a los ojos, notó algo diferente en su mirada.
Decepción.
Y un dolor silencioso que Vicent aún no había percibido.
💭 Yasemin
Realmente no entiendes nada.
Y, en alguna oficina lujosa en Londres,
Álvaro Bellucci observaba la lluvia caer contra la ventana.
💭 Álvaro
Vuelve pronto, Yasemin.
Esta vez no voy a dejarte escapar de nuevo.
Y en Chicago, Summer Wilson sonreía frente al espejo.
💭 Summer
Vicent es mío.
Yo nunca pierdo lo que es mío.
Pero ninguno de ellos imaginaba que el destino de esa historia apenas estaba comenzando.