Luego de descubrir una cruel traición y caer en un profundo coma en su mundo, transmigró al cuerpo de una sirvienta en el reino del Rey Lycan.
Ella sólo quiere entender como ha llegado a ese lugar, y él no está dispuesto a dejarla ir.
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Capítulo 2
La lluvia repiqueteaba con violencia contra los cristales de la ambulancia. Dentro, el espacio era un caos de luces rojas intermitentes, pitidos estridentes y el olor penetrante del alcohol antiséptico mezclado con el cobre de la sangre.
—¡Frecuencia cardíaca cayendo! —gritó el paramédico, presionando con ambas manos el vendaje sobre el tórax de Alana—. ¡Setenta... sesenta... se nos está yendo!
—¡Mantén la presión! —ordenó su compañero desde el asiento delantero, tomando el micrófono del radio con desesperación—. ¡Emergencias, aquí Unidad 12! Llevamos paciente femenino de veintisiete años, traumatismo torácico severo, hemorragia interna y traumatismo craneoencefálico por atropellamiento. ¡Preparen quirófano tres y código rojo de transfusión ya!
Las puertas traseras se abrieron de golpe al llegar al hospital. La camilla rodó a toda velocidad por el pasillo de urgencias, sus ruedas metálicas resonando contra el suelo de linóleo. La luz blanca y fría de los fluorescentes pasaba como un ráfaga cegadora sobre el rostro pálido y ensangrentado de Alana.
—¡Alana! ¡Mi hija! —el grito desgarrador de su madre resonó en la sala de espera. Descalza, con la ropa empapada y el rostro desencajado por el llanto, intentó abalanzarse sobre la camilla, pero dos enfermeros la sostuvieron.
—Señora, no puede pasar, déjenos trabajar —pidió uno de ellos con firmeza.
Detrás de su madre, Ethan y Alina aparecieron corriendo por el pasillo. Ethan tenía el rostro blanco como el papel, temblando visiblemente, mientras Alina se cubría la boca, ahogada en lágrimas de culpa.
—¡Es mi prometida! —alcanzó a gritar Ethan, intentando avanzar.
—¡Aléjate de ella! —le chilló la madre de Alana, girándose hacia él con los ojos llenos de rabia y dolor, empujándolo del pecho—. ¡Tú le hiciste esto! ¡Ustedes dos la mataron!
En el quirófano, el sonido de las máquinas era frenético.
—¡Monitor en fibrilación! —advirtió la anestesióloga—. ¡Perdemos pulso!
—Carguen a doscientos joules —ordenó el cirujano principal, con la frente cubierta de sudor mientras ajustaba los guantes manchados—. ¡Despejen!
Un choque eléctrico sacudió el cuerpo inerte de Alana. El monitor emitió un pitido agudo y continuo.
—¡Nada! ¡Carguen a trescientos! ¡Despejen!
Un segundo choque. El cuerpo saltó sobre la mesa.
Un pitido débil, lento y espaciado rompió el tono continuo.
*Bip... bip... bip...*
El cirujano exhaló un suspiro pesado, mirando la pantalla. La actividad cerebral se desplomaba a niveles mínimos.
—Estabilizamos el pulso, pero la presión sigue por los suelos. El sangrado cerebral es severo y la falta de oxígeno fue prolongada.
Horas después, el cirujano salió a la sala de espera. La madre de Alana se puso de pie de inmediato, seguida por Ethan y Alina.
—¿Cómo está? Por favor, dígame que está bien —suplicó la madre.
El médico se quitó la mascarilla, revelando un rostro exhausto y sombrío.
—Hicimos todo lo posible por salvarle la vida. Logramos detener la hemorragia y estabilizar sus signos vitales, pero... el impacto causó un daño cerebral muy grave.
—¿Qué significa eso? —preguntó Ethan con la voz quebrada.
—Alana ha caído en un coma profundo —explicó el doctor con voz pausada—. Ahora mismo, su cuerpo está vivo solo gracias al soporte asistido. No hay forma de saber cuándo despertaba... o si llegará a hacerlo.
Dentro de la unidad de cuidados intensivos, el silencio era absoluto, roto únicamente por el rítmico e imperturbable fuelle del respirador artificial. Alana yacía inmóvil en la cama, ajena al llanto de su madre al otro lado del cristal y al remordimiento que devoraba a Ethan y Alina.
Para el mundo humano, Alana estaba atrapada en un abismo vegetal, suspendida entre la vida y la muerte.
Pero en la penumbra de su conciencia, la oscuridad no era un vacío... sino un túnel que comenzaba a arrastrar su alma lejos de esa habitación helada, hacia un lugar donde el olor a sangre y hospital se transformaba lentamente en el denso aroma a pino, tierra mojada y magia ancestral.