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SABOR A FUEGO Y SOMBRA

SABOR A FUEGO Y SOMBRA

Status: Terminada
Genre:Romance / Traiciones y engaños / Enfermizo / Completas
Popularitas:9.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Jeremías Bustamante lo tiene todo: poder, una fortuna inmensa y un físico imponente, pero la vida lo redujo a una silla de ruedas, a la amargura perpetua y a un oscuro secreto sobre el abandono de su exesposa. Su existencia gris da un vuelco total el día en que cruza la puerta de la cafetería más alegre de la ciudad y una torpe, radiante y descarada arquitecta le baña la camisa en jugo de fresa. Ana Belén Gallego no le teme a su dinero ni a su carácter de demonio, y por primera vez en años, Jeremías encuentra a una mujer capaz de plantársele enfrente sin temblar. Entre risas, secretos del pasado y tazas de café, este magnate indomable descubrirá que la verdadera parálisis no está en sus piernas, sino en su corazón.

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EL DESPERTAR DE LA CARNE Y EL DESAFÍO DE LA COLUMNA

Las luces del jardín se extinguieron una a una, y el murmullo elegante de los socios corporativos y de los allegados más leales se fue desvaneciendo hasta convertirse en un eco lejano. La Mansión Bustamante recuperó su silencio habitual, pero no su calma; dentro de las paredes de la habitación principal, el ambiente vibraba con la electricidad densa y magnética de una noche de bodas que prometía trascender todos los límites conocidos.

Jeremías cerró la puerta de caoba con un golpe seco, girando las ruedas de su silla con una urgencia que rozaba la desesperación. Tenía el nudo de la corbata deshecho y el saco arrojado des cuidosamente sobre una poltrona. Sus ojos verdes, encendidos por el champán, la adrenalina y un deseo que llevaba acumulándose como lava bajo la superficie, se clavaron en Ana Belén, quien lo esperaba de pie junto a la ventana, con el vestido de novia adherido a su silueta como una segunda piel.

—¿Te das cuenta de lo que hiciste allá afuera, mujer? —le reprochó Jeremías con la voz ronca, avanzando con rapidez hasta detenerse justo frente a ella—. Me dejaste sin argumentos frente a los hombres más poderosos del país. Me hiciste temblar como un principiante frente a mis propios socios. Cantaste con el alma abierta y me pusiste a tus pies de la manera más humilde y hermosa del mundo.

Ana Belén soltó una risa suave, de esas que retumban con picardía en el pecho, y dio un paso al frente hasta rozar con sus rodillas las piernas inertes del magnate. Inclinó el torso hacia adelante, apoyando las palmas de sus manos sobre los hombros firmes de su esposo, sintiendo cómo los músculos de Jeremías se tensaban al instante bajo la tela del traje.

—Esa era exactamente la intención, mi gigante testarudo —susurró ella contra sus labios, rozándolos con una lentitud exasperante—. Quería que todos esos tiburones de las finanzas supieran que el hombre más imponente del mundo corporativo le pertenece enteramente a una sola mujer. Y que esta mujer no le teme ni a tu genio ni a tu silla, sino que te ama exactamente como eres. Pero ahora... la ceremonia ya terminó, los invitados se fueron, y me debes una noche de bodas que me haga olvidar hasta mi propio nombre.

El gemido ronco que escapó de la garganta de Jeremías fue la única respuesta. Con una fuerza descomunal en los brazos, producto de años de compensar la falta de movilidad en sus piernas, tiró de Ana Belén hacia abajo, desatando una tormenta de besos hambrientos, desesperados y sin tregua. Las manos del empresario se deslizaban por su espalda, desabrochando los finos botones de perla del vestido con una pericia febril, mientras la arquitecta respondía enredando los dedos en su cabello oscuro, mordiéndole los labios con una pasión salvaje que borraba cualquier rastro de mesura.

El lecho nupcial se convirtió en el epicentro de un cataclismo emocional y físico. Despojados de ropas y de inhibiciones, sus cuerpos se fundieron en una danza de fuego y entrega absoluta. Ana Belén, cumpliendo con la promesa tácita de sus miradas, se colocó a horcajadas sobre él, sintiendo el calor intenso de su piel y la firmeza de su pecho. Se arqueó con elegancia, aferrándose con ambas manos al cuello de Jeremías, y comenzó a cabalgarlo con un ritmo acompasado, profundo y desbordante que arrancaba gritos ahogados de la boca del magnate.

—Mírame... No dejes de mirarme Jeremías —le exigía ella entre jadeos, con el sudor brillando en su frente y los ojos desatados por el éxtasis—. Siente lo nuestro. Siente que no hay barreras, que no hay pasado, que somos tú y yo contra el universo entero.

Jeremías obedecía como un devoto a su diosa. Sus manos recorrían cada centimetro de su piel, levantándola, guiándola, absorbiendo cada gramo de placer hasta que el mundo exterior dejó de existir. El cuarto entero parecía temblar al ritmo de sus cuerpos unidos por una furia tan hermosa que rozaba lo sagrado. Cuando el clímax estalló, lo hizo con la fuerza de un huracán, dejándolos a ambos sin aliento, abrazados y temblando sobre las sábanas revueltas, con los latidos de sus corazones fundidos en un solo eco.

Sin embargo a la mañana siguiente, mientras los primeros rayos del sol iluminaban la habitación y Ana Belén dormía plácidamente acurrucada contra su pecho, la mente de Jeremías emprendió un vuelo silencioso hacia el futuro. Observó el techo ornamentado de la mansión, sintiendo el peso reconfortante de su esposa, pero una punzada de ambición sagrada le recorrió la columna vertebral. La noche anterior había sido perfecta, pero el pacto estaba sellado: la boda por la iglesia con una alfombra roja y la promesa de caminar hacia el altar, exigía algo más que palabras de amor. Requería el sacrificio definitivo.

Tres días después en el despacho privado de la mansión, el ambiente era completamente diferente. Sobre la caoba pulida reposaban carpetas médicas impresas en inglés y alemán, informes neurológicos de clínicas en Zúrich y Houston que el magnate había mandado a buscar de manera confidencial.

Federico se encontraba de pie junto al ventanal, con las manos cruzadas a la espalda, mientras doña Anahí ocupaba una silla cercana, con los ojos fijos en su hijo con una mezcla de orgullo y profunda preocupación. Ana Belén entró al despacho con paso firme, sosteniendo una taza de café humeante, y se detuvo al notar la gravedad en los rostros de los hombres.

—Muy bien, ya me tienen aquí con el café —dijo Ana Belén con una sonrisa leve, intentando romper la tensión—. ¿De qué se trata esta junta de emergencia? ¿Se cayó alguna acción en la bolsa o descubrieron que Robert se comió el último trozo de tarta de chocolate que quedaba en la nevera?

Jeremías no sonrió. Giró la silla lentamente para quedar de frente a ella, extendiendo una de las carpetas sobre el escritorio. Su expresión era de una seriedad inquebrantable, pero en el fondo de sus ojos verdes brillaba una chispa de indomable voluntad.

—Hablé con el equipo médico del instituto neurológico de Zúrich esta madrugada, Ana —comenzó Jeremías con voz firme, sin vacilar un solo segundo—. Me han aceptado como candidato para una intervención experimental de alta complejidad y un programa intensivo de neuro-rehabilitación robótica. Las probabilidades de volver a tener movilidad parcial o total en las extremidades inferiores pasaron de ser un cero por ciento a un margen real, aunque estrecho.

Ana Belén sintió que el corazón se le detenía en el pecho. Dejó caer la taza sobre el platillo con un pequeño golpe seco que hizo tintinear la porcelana. Se acercó de inmediato al escritorio, abriendo la carpeta y revisando los diagramas médicos con la respiración entrecortada.

—¿Una cirugía experimental? Jeremías, tú sabes lo que eso significa... Los riesgos son enormes, la recuperación va a ser una tortura y nadie te garantiza un resultado —le advirtió ella, con la voz temblorosa, aunque sus manos se posaron de inmediato sobre las mejillas del empresario—. ¿Por qué ahora? ¿Por qué arriesgar lo que ya tenemos construido?

—Porque te lo prometí, Ana. Y porque me lo prometí a mí mismo —respondió él, cubriendo las manos de su esposa con las suyas, apretándolas con fuerza—. No quiero ser el hombre que te ama desde una silla el resto de nuestros días si existe una sola rendija por donde pueda ponerme de pie y caminar hacia el altar de la iglesia como un esposo completo. Me niego a resignarme. Pero no voy a dar un solo paso en ese quirófano sin tu bendición y sin dejar todo bajo control absoluto.

Doña Anahí se levantó en silencio, caminó hasta ellos y posó una mano temblorosa sobre el hombro de su hijo. Federico, con su habitual sobriedad, asintió levemente hacia Ana Belén, dándole a entender que la decisión del patriarca era un camino sin retorno.

La arquitecta miró fijamente los ojos de su esposo, esos mismos ojos que la habían mirado con furia, con miedo y, finalmente, con una entrega absoluta. Comprendió que aquel hombre indomable no estaba buscando la perfección física por vanidad, sino por la necesidad visceral de cerrar el círculo de su propia redención.

—Si ese es tu camino, si estás dispuesto a sufrir para alcanzar ese sueño... entonces mi respuesta es la de siempre —murmuró Ana Belén con los ojos anegados en lágrimas pero con una sonrisa luminosa en los labios—. Nos vamos a Zúrich, mi amor. Te acompaño al fin del mundo, a la guerra y al quirófano. Pero te advierto una cosa, gigante testarudo: si después de todo esto no aprendes a bailar conmigo en nuestra boda por la iglesia, te aseguro que yo misma te voy a volver a sentar a patadas.

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Nerika Moreno
Por Dios casi muero de tanto llorar, que capítulo tan fuerte me hizo recordar cuando yo pasé por lo mismo
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