Serena Bridge lo perdió todo: su rostro, su libertad, diez años de su vida.
Su prima le robó la cara con magia prohibida. Su esposo la encerró en una celda sin luz. Y cuando por fin murió, nadie lloró por ella.
Pero la muerte no fue el final.
Serena despierta en su cuerpo de dieciocho años, el día antes de su boda con el marqués Víctor Flores —el mismo hombre que la traicionará—. Esta vez no será la esposa obediente que agacha la cabeza. Esta vez tiene los recuerdos de una vida entera de sufrimiento… y un plan.
Recuperar su dote. Destruir a Isabella. Escapar del matrimonio que la condenó.
Lo que no esperaba era cruzarse con Alejandro Durán, el Duque de Hielo —un hombre al que toda la corte teme y nadie se atreve a mirar a los ojos—. Frío, letal, implacable. Dicen que no tiene corazón.
Pero cada vez que Serena está en peligro, él aparece.
Y cada vez que ella lo rechaza, él se acerca un paso más.
En una corte donde las alianzas cambian con el viento y la magia oscura acecha en las sombras, Serena descubrirá que la venganza tiene un precio… y que el corazón del Duque de Hielo esconde secretos más peligrosos que cualquier hechizo.
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Capítulo 10
Capítulo 10: La conspiración de la Vieja Marquesa
Serena sabía que la Vieja Marquesa no se rendiría tan fácil. Una mujer que había gobernado la mansión Flores durante tres décadas no iba a aceptar perder el control del almacén de dotes sin devolver el golpe. La pregunta no era si atacaría, sino cuándo y cómo.
La respuesta llegó medio mes después.
Serena recorría el almacén con Bianca, revisando el inventario pieza por pieza. Tomó un brazalete de jade que descansaba sobre terciopelo rojo y lo giró entre sus dedos. Lo había hecho mil veces desde niña. Su madre se lo ponía cada mañana y se lo quitaba cada noche, y Serena lo heredó junto con la memoria de esas manos suaves que le enseñaron a distinguir la piedra buena de la mala.
El peso estaba bien. La forma, perfecta. Pero cuando la luz de la ventana atravesó el jade, algo se torció en su estómago.
—Bianca —dijo sin levantar la voz—, cierra la puerta.
La doncella obedeció sin preguntar. Conocía ese tono.
Serena inclinó el brazalete contra la luz una vez más. El color era un verde imperial impecable, casi idéntico al original. Casi. Pero la translucidez tenía un matiz ligeramente más opaco en el borde interior, donde la piedra original mostraba una veta clara como agua de río. Cualquier tasador habría necesitado una lupa para notarlo. Serena no necesitaba ni eso.
—Este no es el brazalete de mi madre.
Bianca abrió los ojos como platos.
—¿Está segura, señorita?
—Podría reconocerlo con los ojos cerrados. —Serena dejó la pieza sobre la mesa con cuidado deliberado—. Revisa todo. Cada collar, cada broche, cada rollo de seda. Todo.
Lo que siguió fueron tres días de trabajo meticuloso. Serena convocó a Luna, otra de sus doncellas de confianza, y dividieron el almacén en secciones. Bianca verificaba las joyas. Luna, los textiles. Serena supervisaba ambas y cruzaba cada hallazgo con el registro original que su familia había firmado el día de la boda.
El resultado le heló la sangre.
Diecisiete piezas habían sido reemplazadas por falsificaciones.
Las perlas del Mar del Sur, sustituidas por perlas del Mar del Norte —similares en brillo, pero con un lustre más frío y menos profundidad—. El jade blanco imperial, cambiado por jade serpentino de menor categoría. Y lo más audaz: un rollo de seda imperial bordado con el patrón de águila imperial de doble cabeza había sido reemplazado por uno con el patrón de halcón en vuelo. La diferencia era una sola garra en el bordado. Una sola.
—Quien hizo esto gastó una fortuna en las falsificaciones —murmuró Serena—. No fue un ladrón común.
Bianca y Luna se miraron. El mensaje estaba claro.
—Averigüen quién entró al almacén en el último medio mes —ordenó Serena—. Bianca, habla con los guardias de la puerta este. Luna, revisa los registros de acceso con el mayordomo. No mencionen qué estamos buscando. Solo pregunten.
Las dos doncellas se separaron. En dos días, todos los hilos conducían al mismo nombre: Doña Inés.
La sirvienta de confianza de la Vieja Marquesa. Treinta años a su servicio. Había entrado al almacén tres veces en el último medio mes, cada vez cargando un cofre, cada vez con una autorización escrita y sellada por la propia Vieja Marquesa.
Serena leyó el informe en silencio. Luego lo dobló y lo guardó en su bolsillo.
—Bianca, si fueras a confrontar a la Vieja Marquesa con esto, ¿qué crees que pasaría?
—Negaría todo y destruiría las pruebas antes del amanecer.
—Exacto. —Serena se levantó—. Entonces no la confrontaremos.
En cambio, envió un mensaje a su tercer hermano, Teodoro Bridge. Le pidió un favor: que enviara a su tasador de confianza, el mejor de la capital, para una revisión rutinaria del almacén de dotes. Nada fuera de lo normal. Una simple formalidad que cualquier familia noble haría periódicamente.
El tasador llegó tres días después. Serena organizó la revisión en el salón principal, a puertas abiertas, con el mayordomo de la mansión y tres ancianos del clan Flores como testigos. Todo muy formal. Todo muy público.
El tasador examinó cada pieza con lupa, balanza y reactivos. Dictó sus conclusiones en voz alta mientras un escribano tomaba nota.
—Perlas del Mar del Sur, lote de dieciséis... falsificación. Perlas del Mar del Norte de buena calidad, pero no son las originales registradas.
Los ancianos del clan intercambiaron miradas incómodas.
—Brazalete de jade imperial... falsificación. Jade serpentino tallado con maestría, pero de categoría inferior.
El mayordomo se había puesto pálido.
Pieza tras pieza. Diecisiete falsificaciones confirmadas ante testigos. El escribano registró cada una.
Al otro lado de la mansión, en su capilla privada, la Vieja Marquesa recibió la noticia de boca de una criada temblorosa. El rosario de cuentas de ámbar que sostenía entre los dedos se partió. Las cuentas cayeron al suelo de piedra y rodaron en todas direcciones, rebotando contra las patas del altar.
—¿Cómo se dio cuenta...? —susurró.
La criada no supo qué responder.
Serena no esperó. Esa misma tarde envió una copia del informe de tasación a la familia Bridge para que quedara registrado en los archivos de su clan. Al día siguiente, convocó formalmente a los ancianos del clan Flores y planteó la pregunta que nadie quería escuchar:
—Diecisiete piezas originales de mi dote han desaparecido. ¿Dónde están?
La presión cayó como agua en cascada. Los ancianos presionaron al mayordomo. El mayordomo interrogó a los sirvientes. Los sirvientes señalaron todos en la misma dirección. Doña Inés.
La trajeron al salón principal.
Era una mujer de sesenta años, espalda recta, rostro curtido por décadas de servicio. Caminó hasta el centro del salón con paso firme. Sus ojos buscaron a la Vieja Marquesa, que estaba sentada en su silla de respaldo alto al fondo del salón, con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el regazo. Inmóvil como una estatua de piedra.
Doña Inés la miró durante tres segundos. La Vieja Marquesa no abrió los ojos. No movió un músculo. No hizo el menor gesto.
Doña Inés comprendió.
Su señora quería que cargara con toda la culpa. Sola.
Se arrodilló.
—Fui yo —dijo con voz clara—. Actué por codicia. Los originales los escondí en una casa que tengo a las afueras de la ciudad.
Serena la observó con calma.
—Eres una sirvienta, Doña Inés. ¿De dónde sacaste el dinero para encargar falsificaciones tan perfectas? Cada una de esas piezas falsas vale más de lo que ganas en diez años.
Doña Inés tragó saliva.
—Ahorros... de toda una vida de servicio...
El salón quedó en silencio. Ni los ancianos se atrevieron a cuestionar más. Todos sabían que la explicación era absurda. Todos sabían de dónde venía la orden. Pero nadie iba a decirlo en voz alta.
Serena miró a Doña Inés. Luego miró a la Vieja Marquesa, que seguía con los ojos cerrados, el rostro tan impasible como si estuviera dormida. Presionar más significaba forzar una confrontación directa. Una guerra abierta contra la matriarca del clan. Una guerra que fragmentaría la mansión y no beneficiaría a nadie.
—Ve a recuperar los originales —dijo Serena—. Eso es todo.
Doña Inés hizo una profunda reverencia y se retiró.
Esa noche, un grito desgarró la quietud de la mansión.
Encontraron a Doña Inés colgada de una viga en su habitación. Una soga de cáñamo. Una silla volcada debajo. Ninguna nota.
El mayordomo lo declaró suicidio antes de que el cuerpo se enfriara.
Serena escuchó el informe sin expresión. Cuando el mayordomo se fue, cerró la puerta y se apoyó contra ella.
—Una mujer que tuvo el valor de robar diecisiete piezas del almacén de una marquesa no se cuelga la misma noche que la descubren —dijo en voz baja—. Alguien que arriesga tanto quiere vivir para disfrutar lo robado.
Bianca estaba de pie junto a la ventana, con los puños apretados.
—¿Cree que la...?
—Creo que sabía demasiado. Y alguien decidió que era más seguro silenciarla que dejarla hablar.
Serena caminó hasta su tocador y abrió el cajón inferior. Sacó un colgante de jade tallado con la forma de un león rampante sobre campo de estrellas. El escudo de la familia Durán. Lo había guardado desde aquella noche en el templo, envuelto en un pañuelo de seda, como si fuera un secreto demasiado peligroso para dejar a la vista.
Lo apretó contra su palma. La piedra estaba fría.
Esta mansión estaba podrida hasta los cimientos. La Vieja Marquesa sacrificaba a sus propios sirvientes sin pestañear. El clan callaba por conveniencia. Y ella estaba atrapada aquí, atada por un matrimonio con un esposo que ni siquiera estaba presente.
—Bianca —susurró—, necesito irme de este lugar.
Bianca se arrodilló frente a ella sin dudarlo.
—A donde usted vaya, yo la sigo.
Serena no respondió. Sus ojos seguían fijos en el colgante de jade. El león tallado parecía a punto de cobrar vida. Pensó en Alejandro Durán. En su figura alejándose aquella noche bajo la lluvia. En sus palabras, dichas con una voz que sonaba como si le hubieran arrancado algo del pecho: «Te busqué durante quince años».
Quince años.
¿Y si pudiera casarse con ese hombre?
El pensamiento la golpeó como una ráfaga de viento cálido. Intentó apartarlo, pero ya era tarde. La idea había echado raíces, y crecía como hierba de primavera entre las grietas de un muro: imposible de arrancar, imposible de ignorar.
Cerró los dedos sobre el león de jade y apagó la vela.
gracias
quien es Leopoldo