En la víspera de su boda, Anastasia solo esperaba una noche de risas con sus amigas en su despedida de soltera. Sin embargo, una decisión impulsiva la lleva a cruzar la línea de lo prohibido. Embriagada por la emoción y el deseo de sentirse libre por última vez, despierta al día siguiente en la habitación de un hombre que no debería siquiera rozar en sus sueños.
Él no es un desconocido cualquiera: Damián Volkov, un magnate temido por su crueldad, un hombre sin piedad que mueve los hilos de negocios oscuros y que jamás perdona una traición. Un depredador que la ve como una presa que entró por voluntad propia a su guarida.
Lo que comenzó como un error se convierte en una obsesión peligrosa. Entre amenazas, secretos y una atracción que no debería existir, Anastasia descubrirá que una sola noche puede cambiarlo todo: su futuro, su matrimonio… y hasta su vida.
Porque en el mundo de Damián, nadie escapa sin pagar un precio.
NovelToon tiene autorización de brida cruz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Otra vez el.
Miro a Darío esperando una explicación, pero él no sostiene mi mirada.
Baja los ojos, fija la atención en sus zapatos como si de pronto fueran lo único seguro en esta escena.
Ese gesto me oprime el pecho.
—¿Por qué dijo eso? —pregunto al fin.
Mi voz suena firme, pero por dentro todo me tiembla.
Darío se aclara la garganta.
—Solo… se pidió un préstamo —responde—. Nada más.
Nada más.
La sangre se me enfría de golpe.
—¿Hablas en serio? —susurro—. ¿Mi padre prefirió pedirle dinero a ese hombre antes que a mí?
Darío traga saliva.
No responde de inmediato.
—Eso… tendrás que hablarlo con él.
Cierro los ojos un segundo.
No ahora.
No puedo ahora.
—No —respiro hondo—. No mientras esté así. Cualquier disgusto podría matarlo.
Asiente, serio. Casi con respeto.
—Cuídese, señorita.
Me doy la vuelta… y entonces lo veo.
René está ahí, apoyado contra la pared, observándonos con esa expresión tensa que siempre aparece cuando siente que algo se le escapa de las manos.
—¿Qué quería ese imbécil? —pregunta en cuanto me acerco.
—Tiene nombre —respondo sin mirarlo—. Darío. Y solo estaba informándome de asuntos pendientes.
No espera respuesta.
Sale conmigo, demasiado cerca, demasiado encima.
—Mis padres te esperan a comer —dice, rodeándome la cintura como si fuera una orden.
—No —respondo—. Mi padre está enfermo. Quiero estar con él.
—Para eso están tu madre y tu hermana.
El golpe es directo. Seco.
—Madrastra y media hermana.
—Es lo mismo —dice, y me besa sin avisar, rápido, público, como para cerrar el tema.
No me aparto del todo.
Solo lo justo para que nadie lo note.
—Señorita Anastasia —la voz de Darío nos alcanza—. Falta su firma aquí.
René chasquea la lengua, impaciente.
—Vamos, Ania. No tengo todo el día.
Firmo sin leer.
—Gracias, Darío —digo, mirándolo a los ojos.
Él asiente.
Profesional.
Distante.
René me toma del brazo y me conduce al coche.
Su mano aprieta más de lo necesario.
No digo nada.
El trayecto es silencioso, pesado, cargado de cosas que ninguno quiere decir.
—¿Tu medio hermano se quedará mucho tiempo? —pregunto al fin.
—No lo sé —responde—. Nunca se queda en ningún lado.
Las luces de la ciudad pasan frente a mí como manchas borrosas.
—Su forma de ser es rara.—continúa—. Pero fue culpa de su padre. Por eso mi madre lo dejó.
—¿Y a él también? —pregunto—. ¿Cómo se abandona a un hijo?
Suspira.
—El padre huyó con el cuando era pequeño, tenía influencias.
Me mira de reojo.
—¿Por qué te interesa tanto?
Sonríe… pero no me gusta esa sonrisa.
—Solo curiosida.
—Damián es una persona difícil, no se fija en mujeres como tú —añade—. No le interesan las jovencitas ni el matrimonio. Yo siempre supe que quería una mujer buena… paciente.
No respondo.
El recuerdo de su mirada —oscura, lenta, peligrosa— me recorre la espalda.
Llegamos a casa de sus padres.
Todo es perfecto.
Demasiado perfecto.
—Quédate a cenar, Ania —dice su madre.
—No puedo. Mi padre está hospitalizado.
—Ya está fuera de peligro —interrumpe René.
Lo miro y trato de quedarme un rato, cenamos y la conversación muere rápido.
Una hora después, regreso al hospital.
—Asu padre ya se le dio de alta —me informa el médico.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Su madre lo solicitó.
—No es mi madre.
No escucho más. Tomo un taxi.
La casa está llena. Risas. Copas. Música.
—¿Dónde está mi padre? —pregunto una vez que llego.
—Arriba, descansando —responde ella, sonriente.
Subo corriendo.
Está dormido.
Respira lento.
Me apoyo en el marco de la puerta, aliviada… pero inquieta.
Bajo saliendo a tomar aire.
—¿Señorita Anastasia? —dice una voz desconocida.
—Sí…
—Alguien quiere verla.
No entiendo nada. Me guía hasta una esquina.
Un coche negro espera.
La puerta se abre.
Y ahí está.
Damián.
Se quita los lentes con una calma que me eriza la piel. Su mirada se clava en mí, fría, intensa, como si ya supiera todo de mí.
No sonríe.
No habla.
Y aun así… todo en mi cuerpo grita peligro.