Todo empezó en la crueldad: el hombre que amo se casa con mi mejor amiga, y yo debo presenciarlo todo, humillada, en primera fila.
Para dejar de ser su juguete, suelto la mentira que me salva y me venga:
—Estoy comprometida con Denney Callahan.
Se burlan… hasta que él aparece, me rodea la cintura con posesión feroz, me pega a su cuerpo y declara:
—Es mi prometida. Créanlo.
La mentira se vuelve verdad. Y el juego dulce, vengativo y oscuro ha comenzado.
NOVELA EXTENSA...
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Capítulo 22: La agonía del control
El coche avanzaba lento entre el tráfico vespertino, y yo no miraba las luces de la ciudad. Tenía la vista clavada en la pantalla del teléfono, donde la imagen en directo me mostraba el interior de mi propia casa. Allí estaba ella: Lana, cruzando la sala con paso ligero, soltando el bolso sobre un sillón y pasándose las manos por el cabello como si estuviera en un lugar que realmente le perteneciera.
Cerré los dedos sobre el dispositivo hasta que los nudillos me dolieron. Traerla aquí había sido una maniobra calculada, fría, necesaria. Así me lo dije a mí mismo mil veces. Aislarla, protegerla, cerrar todas las salidas menos la mía… todo estaba pensado. Pero verla moverse por mi espacio, respirar mi aire, llenar de vida los rincones donde durante años solo hubo silencio y yo… eso no estaba en el plan.
Apagué la pantalla de golpe. La imagen se desvaneció, pero no la sentí: la tenía grabada detrás de los párpados, nítida, viva, imposible de borrar. Me recosté en el asiento, presionando los dedos contra los ojos cerrados, y solté un suspiro que me rasgó el pecho como algo roto. Me odiaba. Me odiaba por la debilidad que ella había despertado en mí sin siquiera intentarlo. Me odiaba por la necesidad que me consumía, voraz y vergonzosa, de verla, de escucharla, de saber que estaba cerca.
Odiaba su luz. Esa vitalidad que desbordaba incluso en los momentos más grises, esa capacidad de seguir brillando cuando la vida le había dado mil razones para apagarse. La odiaba porque me recordaba lo que yo nunca fui, lo que me prohibieron ser desde niño: libre, cálida, sin miedo a mostrarse. Y al mismo tiempo… y al mismo tiempo, era lo único que quería mirar.
—Maldita sea —susurré, y la palabra sonó áspera en la soledad del vehículo.
No debía importarme. No debía afectarme. Soy Denney Callahan: el hombre que construyó un imperio sobre ruinas ajenas, que no perdona, que no cede, que no siente. Ninguna mujer debería ser capaz de desestabilizarme. Y mucho menos ella: una extraña que entró en mi vida por casualidad, que me usó como escudo, que me miente a la cara todos los días.
El coche se detuvo. Salí sin esperar a que me abrieran la puerta, crucé el vestíbulo a paso rápido y entré en el ascensor privado. Los dígitos se iluminaron uno a uno. Subí, y con cada piso la sensación de asfixia crecía. Mi propio refugio, diseñado para ser impenetrable, se había convertido en una trampa. Y la llave la tenía ella.
La puerta se deslizó en silencio. Entré y me detuve un instante en el umbral, masajeándome el cuello con brusquedad, girando la cabeza hasta escuchar el crujido seco de las vértebras. Todo estaba en su lugar: el mármol pulido, las sombras largas, el mobiliario sobrio que yo elegí para no tener que recordar nada. Pero ya no era lo mismo. El aire olía diferente: a jabón suave, a tela recién lavada, a ella.
Me obligué a no buscarla con la mirada. Caminé recto hacia el pasillo donde estaban mis habitaciones, decidido a encerrarme, a ignorar su presencia, a recuperar el control que se me escapa entre los dedos cada vez que la veo. Y entonces la vi.
Estaba de pie en la cocina, de espaldas a mí, alcanzando algo en la alacena. No se había molestado en vestirse para nadie: unos pantalones cortos que dejaban al descubierto la longitud entera de sus piernas, firmes y bronceadas, y una blusa de tirantes tan ligera que la tela se ceñía a ella sin ningún tipo de recato. No llevaba sostén. Lo vi en el modo en que la tela se tensaba, en la silueta definida, en la piel que se erizaba levemente bajo la luz tenue.
Me detuve en seco. La sangre me golpeó las sienes con fuerza, violenta y repentina. No debería importarme. No debería afectarme. Pero allí estaba, esa mujer que no era mía, que no sabía quién era realmente, que creía que todo esto era una farsa, y con su simpleza, con su despreocupación, había desmantelado mis defensas en un solo segundo.
Se giró entonces, como si hubiera sentido mi presencia. Sus ojos —esos ojos color miel que me persiguen incluso cuando cierro los párpados— se encontraron con los míos. No hubo sorpresa exagerada, ni miedo manifiesto, ni saludo servil. Solo ese silencio cargado de todo lo que no nos hemos dicho, esa tensión que crece entre nosotros como algo vivo, alimentada por las mentiras, por el deseo, por la certeza de que ambos jugamos un juego donde ninguno se atreve a revelar las cartas.
La miré. No pude evitarlo. Recorrí su figura de arriba abajo, y sentí el deseo —sucio, urgente, incontrolable— mezclarse con la rabia pura. Apreté las manos dentro de los bolsillos del pantalón hasta que los nudillos se pusieron blancos. Apreté la mandíbula hasta que los músculos de las mejillas dolieron. Quería acercarme. Quería cubrirla. Quería tomarla entre mis brazos y exigirle que supiera que no puede caminar así por mi casa, que no puede mostrarse así, que no puede tentarme sin saber el peligro que corre. Quería también… quería también que nadie más la viera nunca. Que esta imagen, esta luz, esta vulnerabilidad, fueran solo mías.
Pero no dije nada. No me moví. Sostuve su mirada un segundo más —una mirada helada, impenetrable, letal— y le di la espalda.
Caminé hacia mi habitación sin detenerme, sin volver la vista, sin ceder ni un milímetro a lo que rugía dentro de mí. Escuché el leve sonido de su respiración entrecortada a mis espaldas, el silencio que se alargaba, la confusión que debía estar sintiendo. Y cerré la puerta con un golpe firme, seco, que resonó en todo el piso.
Me apoyé contra la madera, con la espalda, y dejé caer la cabeza hacia atrás. La respiración me salía entrecortada, pesada, como si hubiera corrido kilómetros. La habitación estaba en penumbra, fría, vacía, mi refugio… y sin embargo su imagen seguía ahí, grabada en la oscuridad: la curva de su espalda, la forma en que la luz la acariciaba, la mirada que me sostuvo sin apartarse.
La odiaba. La odiaba con cada fibra de mi ser. La odiaba porque era la única persona sobre la faz de la tierra capaz de recordarme que, bajo todo este acero, bajo todo este poder, bajo todos los secretos y las ruinas, seguía siendo un hombre. Un hombre vulnerable. Un hombre que anhela algo que no puede tener, que no merece, que se atreve a desear aunque sepa que al final solo habrá dolor.
—Mi propia cárcel —murmuré a la oscuridad.
Me deslicé hasta quedar sentado en el borde de la cama, cubriéndome el rostro con las manos. Todo lo que construí para protegerme, todo lo que aprendí a reprimir, todo lo que enterré en el jardín de mi infancia… ella lo estaba sacando a la luz sin siquiera intentarlo. Y yo no sabía cuánto tiempo más podría resistir.
Sabía que allá afuera, en la cocina, ella se quedaría confundida, dolida, quizás enfadada. Sabía que mi indiferencia la lastimaba. Y eso era lo único que me mantenía cuerdo: la distancia, el silencio, la frialdad. Si me acercaba, si le hablaba con la voz que me nace del pecho en lugar de la que yo decido usar, si la tocaba… todo se derrumbaría. Ella descubriría la verdad: que no la protejo solo de él. Que la protejo también de mí.
Me levanté y me acerqué a la ventana. La ciudad se extendía allá abajo, un mar de luces que no saben nada de lo que ocurre aquí arriba. Apoyé la mano contra el cristal frío y pensé en ella, al otro lado de la puerta, sola, preguntándose qué clase de monstruo se ha traído a su vida. Y la respuesta más aterradora fue la certeza de que no podía apartarme. No podía dejarla ir. Por primera vez en mi vida, algo me importaba más que mi propia seguridad, más que mi imperio, más que mi orgullo. Y eso… eso era lo que más me aterraba.
—Duerme, Lana —susurré, sabiendo que no me oiría—. Y mientras puedas, cree que soy frío. Cree que soy indiferente. Porque cuando esa máscara caiga, nada volverá a estar en su lugar.
Me quedé allí, inmóvil, escuchando el silencio del pasillo, sabiendo que la batalla no era contra Nash, ni contra Savannah, ni contra los fantasmas del pasado. Era contra mí. Contra el deseo que crece cada día más fuerte. Contra la necesidad de poseer lo que juré proteger. Contra la verdad que se acerca y que nos destruirá a ambos.
Y en la quietud de mi habitación, comprendí que la agonía no era el control. Era el miedo a perderlo.