Me prometieron un viaje gratis. Desperté dentro de una jaula, en mitad de una selva de la que nadie sale con vida.
Entonces trajeron a un hombre agonizante.
Le saqué una bala del cuerpo y le salvé la vida sin saber quién era. Dante Bravante, el Rey sin corona de Almanegra: el hombre al que obedecen soldados, jueces y criminales; un monstruo capaz de comprar cualquier cosa.
Incluso a mí.
En lugar de devolverme la libertad, Dante pagó mi precio y me llevó a su fortaleza. Dice que le pertenezco. Que su palacio es mi hogar. Que ningún hombre volverá a mirarme mientras él respire.
Yo le juré que escaparía.
Pero odiar a Dante sería mucho más sencillo si su crueldad no conviviera con una ternura que solo me muestra a mí. Si cada roce suyo no encendiera mi cuerpo. Si sus besos no me hicieran desear precisamente aquello de lo que debería huir.
Entre fugas imposibles, enemigos que quieren usar mi sangre y secretos capaces de cambiar el poder de Almanegra, el deseo empieza a parecerse demasiado al amor. Y ese es el peligro más grande de todos.
Porque poseer no es amar. Dante tendrá que aprenderlo antes de perderme.
Y cuando llegue ese día, ni todo su ejército podrá salvarlo. Si quiere recuperarme, el Rey sin corona tendrá que hacer lo único que jamás ha hecho por nadie: devolverme la libertad, pagar cada una de sus deudas… y arrodillarse.
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Capítulo 10
Capítulo 10 — Fiebre
—Castígueme, pues. —Me salió la voz ronca, deshecha, pero me salió—. Máteme, si quiere. Ya me da igual.
No fue valentía. Fue que ya no me quedaba miedo que gastar; lo había gastado todo dentro de aquel coche.
A él le cambió algo en la cara. Se inclinó sobre la cama y me cerró la mano en la garganta. No apretó hasta ahogarme; apretó lo justo para que yo sintiera, hueso contra hueso, que podía.
—No te confundas —dijo, muy cerca, la voz baja y sin una gota de calor—. Aquí no se muere el que quiere. Se muere el que yo decido. Y yo no he decidido soltarte. Vas a vivir, y vas a vivir aquí, aunque tenga que amarrarte a esta cama el resto de tu vida.
Me faltó el aire. Vi manchas negras. Y en vez de rogar, hice la única cosa que se me ocurrió: giré la cara y le hundí los dientes en la muñeca, con todas las fuerzas que me quedaban, hasta sentir el sabor metálico.
Soltó una maldición y me soltó el cuello. Yo tosí, tragué aire a bocanadas, y le escupí, entre toses:
—Adelante. Amárreme. Pero eso no me hace suya. Eso lo hace a usted un cobarde con una mujer atada.
Levantó la mano. Cerré los ojos esperando el golpe.
No llegó.
Cuando los abrí, él estaba de pie, mirándose la muñeca marcada por mis dientes, y a mí con una expresión que no supe descifrar. No era rabia, o no solo. Se dio la vuelta y salió sin decir palabra, cerrando la puerta con una suavidad que me dio más miedo que un portazo.
Esa noche empezó la fiebre.
No sé si fue el frío de la noche anterior metido en los huesos —me habían dejado horas a la intemperie, mojada, en shock—, o el terror, o el cuerpo que por fin cobraba todas las facturas juntas. Empecé a tiritar sin poder parar, después a arder. Doña Delia me tocó la frente y se persignó.
—Virgen santa, está hirviendo. ¡Rápido, avisen al señor!
—No —murmuré—. Al señor no. —Pero ya nadie me hacía caso.
La fiebre me subió tan alto que perdí el hilo de las horas. Veía cosas. Veía a mi mamá Amparo abanicándome con un periódico doblado, como cuando de niña me daban las calenturas y ella me ponía rodajas de papa en la frente y me juraba que eso jalaba el calor. Veía el puesto, el mar, a Chato echado bajo la mesa moviendo la cola dormido. Me oía a mí misma llamando a mi mamá en voz alta, con la lengua pastosa, y nadie que me respondiera con su voz. Después el frío otra vez, los dientes castañeteando, y la sensación horrible de estar cayendo sin fondo. Y entre delirio y delirio, oía voces reales al lado de la cama.
Una era de un médico. Sentí el pinchazo de una aguja, el frío del suero entrándome por el brazo, órdenes secas sobre antibióticos y grados.
La otra voz era la de él.
—¿Cuánto tiene?
—Cuarenta, señor. Le está costando bajar.
—Bájala.
No abrí los ojos. Me hice la dormida. Pero sentí, o soñé que sentía, el borde del colchón hundirse, y una mano grande y torpe acomodarme la cobija hasta el cuello. Se quedó ahí. Mucho rato. El hombre que la noche anterior me había cerrado la mano en la garganta se quedó sentado en la orilla de mi cama, en silencio, como si no supiera hacer otra cosa y no se atreviera a irse.
En algún momento sonó un teléfono. Lo oí contestar en voz baja, tensa, palabras que no entendí sobre la torre, sobre alguien que había llegado, sobre algo que no podía esperar. Lo oí dudar —él, que nunca dudaba— antes de levantarse. Y lo oí decirle a doña Delia, ya en la puerta, algo que tardé días en creer que había oído:
—No la dejes sola. Si empeora, me llamas. A la hora que sea.
Después la puerta, y sus pasos alejándose, y el silencio.
Me desperté al otro día, débil como un trapo, con el brazo morado del suero y la garganta en carne viva. La fiebre había cedido, pero me había dejado vacía, hueca, con esa tristeza rara que dejan las calenturas fuertes. Y lo primero que sentí, antes que el odio, antes que el miedo, fue un hambre honda y tonta de mi casa.
No de comer. De mi casa.
—Doña Delia —susurré—. ¿Cree que… podrían hacerme algo de mi tierra? Una sopa. Un caldo, no sé. Como el que hace mi mamá.
A doña Delia se le llenaron los ojos.
—Ay, mija. Claro que sí. Faltaba más.
Y le pedí todo. Le pedí un caldo de camarón con jitomate, arroz rojo, frijoles de la olla, plátano macho frito, unas tortillas hechas a mano si se podía. Le describí los sabores como quien reza. El de la cocina —el mismo del papelito de días atrás— debió de romperse la cabeza, porque a media tarde subieron una charola tras otra hasta llenarme la mesa del cuarto, y entre los platos venía otra nota, con su letra torpe:
"No sé si me quedó como el de su mamá, señorita. Le puse lo que tenía el corazón. Que se alivie."
Me acordé, mirando esa mesa, de mi papá Teo. De lo poco que hablaba de su juventud, de aquella temporada larga en que se fue "de trabajo" y volvió más flaco y más callado, con una cicatriz nueva que nunca me explicó y una manera distinta de mirar las puertas, siempre de espaldas a la pared. De niña no entendía. De grande, oyéndolo hablar a media voz con otros hombres que llegaban al puesto y se iban sin comer, empecé a sospechar que mi papá pescador había sido, alguna vez, otra cosa; que se había metido en lugares oscuros por alguien, y que había vuelto pero no del todo. Y de cómo mi mamá le hacía exactamente estos platos para devolverlo a la vida, sin preguntarle dónde había estado, porque ella entendía que hay hambres que no se curan preguntando.
Amparo era así: directa, sin rodeos, capaz de mentarle la madre a un cliente por cincuenta pesos y de curarte el alma con un caldo en la misma tarde. "El que se queja se enferma más rápido", decía, y me metía la cuchara en la boca aunque yo tuviera veinte años. Y yo, tan lejos de los dos, con la mesa servida de mi tierra por manos que no eran las suyas, no pude tragar ni un bocado.
Se me cerró la garganta. Los sabores estaban ahí, casi exactos, y por eso mismo me dolían más: porque me recordaban todo lo que había del otro lado de esos muros y ya sabía que no podía alcanzar.
Doña Delia me acomodó las almohadas. Antes de salir, me miró con esa fe suya que a mí me parecía una locura.
—El señor sí la quiere, niña —dijo, bajito, como quien confiesa un secreto—. Anoche no se movió de aquí hasta que lo obligaron. Le tomó la mano.
Me dieron ganas de reírme y de llorar al mismo tiempo.
—Doña Delia —le contesté, con la voz rota—. A los animales del coto también los cuidan bien. Les dan de comer, los curan cuando se enferman, no dejan que se les mueran. —Cerré los ojos—. Eso no es querer. Eso es cuidar lo que uno considera suyo.
Ella no supo qué responder. Salió, y yo me quedé sola con la mesa intacta, mirando el vapor apagarse sobre los platos.
Se hizo de noche. No comí. No pude.
Ya muy tarde, cuando la casa dormía otra vez, oí la puerta.
Entró él. Traía la ropa del día, la muñeca vendada donde yo lo había mordido, y en la cara ese cansancio nuevo que le había visto al despertar. Se detuvo a los pies de la cama. Miró la mesa: los platos llenos, fríos, la comida de mi tierra que yo no había tocado. Algo se le tensó en la mandíbula.
Y por primera vez desde que lo conocía, cuando habló, no fue una orden. Fue otra cosa, más apretada, casi difícil:
—¿Ni así vas a comer?