Perdí cinco años de mi vida en una prisión de máxima seguridad, acusada de un crimen que jamás cometí. Me arrebataron mi libertad, mi nombre y mi futuro... pero no pudieron romperme. Hoy he vuelto. Aquellos que conspiraron para hundirme, que sonrieron mientras me juzgaban, pagarán cada día de mi encierro. No vengo a pedir justicia; vengo a cobrar la deuda. Me llamo Esther Vane, y su pesadilla acaba de comenzar.
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Capítulo XIV Discusión en la mesa
Punto de vista de Esther
Los rayos del sol matutino atravesaban los ventanales del comedor principal de la mansión Vane con una brillantez agobiante. Había dormido apenas unas tres horas; la mente no dejaba de dar vueltas en torno al enfrentamiento de la noche anterior, a las esmeraldas abandonadas en el recibidor y, sobre todo, a la absurda conversación en el balcón con Felipe.
Vestida con un conjunto formal de pantalón y blusa neutra, bajé la escalinata sintiendo el cuerpo pesado pero la determinación intacta. No pensaba mostrar debilidad ni dar pie a que nadie en esta casa creyera que podía quebrantarme.
Al entrar al comedor, encontré a Felipe sentado a la cabecera de la mesa de caoba. Llevaba un traje impecable de tres piezas, leyendo unos folios de prensa con la atención metódica que lo caracterizaba. Frente a él había una taza de café humeante y un plato con fruta fresca. Al escuchar mis pasos, alzó la vista. Durante un segundo, sus ojos buscaron los míos con una mezcla de cautela y remordimiento, pero esquivé su mirada de inmediato.
—Buenos días —dijo él, con una voz baja y carrasposa.
—Buenos días —respondí de manera seca, tomando asiento en el extremo opuesto de la mesa, guardando la mayor distancia física posible.
Ana, la ama de llaves, salió de la cocina con una sonrisa amable y una bandeja en las manos.
—Señora Esther, qué gusto verla levantada. Le estaba preparando un desayuno completo, con tostadas, huevos y...
—No te molestes, Ana, por favor —la interrumpí con tono suave pero firme—. Solo me gustaría un café negro, sin azúcar. No tengo apetito.
Ana me miró con cierta duda, sosteniendo la jarra de porcelana, dividida entre complacerme o seguir la costumbre de la casa.
—Pero, señora, no ha probado alimento desde ayer por la tarde y el señor Vane nos pidió que...
—Ana —la voz de Felipe intervino con una autoridad tranquila pero tajante, cortando las palabras de la mujer.
Felipe dejó los periódicos a un lado de la mesa y se acomodó en el respaldo, clavando sus ojos oscuros en mí antes de dirigirse a la empleada.
—Sirve el desayuno completo para la señora Vane. Huevos, fruta, tostadas y el jugo fresco. Todo.
Me erguí en la silla, sintiendo que la sangre se me encendía de rabia.
—Dije que solo quiero un café, Felipe —lo encaré, sosteniéndole la mirada por primera vez en la mañana.
—Y yo digo que vas a desayunar —replicó él, sin elevar la voz pero con una firmeza implacable—. Tenemos una reunión de más de cuatro horas en mi despacho con el equipo de peritos. Vas a revisar decenas de documentos del caso y no voy a permitir que te desmayes en medio de una sesión porque decidiste castigar a tu cuerpo.
—Sé perfectamente lo que mi cuerpo puede resistir —siseé entre dientes, recordando los días en que una sola ración de caldo fétido tenía que durarme veinticuatro horas en prisión—. No necesito que supervises mis comidas como si fuera una niña.
—No te estoy tratando como a una niña, te estoy tratando como a mi socia y mi esposa ante la ley —respondió Felipe, haciendo un gesto a Ana para que procediera—. Y como tu abogado, mi deber es asegurarme de que estés en perfectas condiciones físicas para lo que se viene. Ana, por favor, trae el desayuno.
—En seguida, señor Vane —asintió la ama de llaves, retirándose rápidamente hacia la cocina para evitar quedar atrapada en el fuego cruzado.
La mesa volvió a quedar en un silencio sofocante. La tensión era tan densa que se podía cortar con el cuchillo de la cubertería de plata.
—No puedes controlar todo lo que hago en esta casa —solté en un susurro cargado de frustración, apoyando las manos sobre la mesa.
—No quiero controlar tu vida, Esther —dijo Felipe, su tono suavizándose ligeramente mientras entrelazaba las manos sobre la caoba—. Pero ayer fue una noche difícil para ambos. Cometí un error grosero y lo sé. Pero no voy a dejar que te destruyas por dentro ni que uses la comida como un método de control para castigarme a mí o a ti misma. Necesitas fuerzas. La familia Linares no se va a quedar con los brazos cruzados tras lo de anoche.
Escuchar el apellido de Gabriel en sus labios volvió a congelarme el pecho. La realidad de la guerra que habíamos iniciado aplastó cualquier atisbo de disputa personal.
Ana regresó un minuto después y colocó frente a mí un plato humeante con desayuno completo junto a la taza de café negro. El aroma de la comida era delicioso, y aunque mi orgullo exigía rechazarlo, la razón me recordaba que Felipe tenía razón en una sola cosa: la batalla legal requeriría cada gota de mi energía.
Tomé el cubierto sin decir una sola palabra de agradecimiento a Felipe.
—Revisaremos los expedientes a las nueve en punto —dije con frialdad antes de dar el primer bocado—. Espero que las pruebas médicas contra Gabriel estén tan consolidadas como dices.
Felipe me observó comer en silencio durante unos segundos, soltando un leve suspiro de resignación antes de volver a levantar los periódicos.
—Lo están —aseguró con voz grave—. Hoy mismo empezamos a redactar la demanda civil por daños y perjuicios. Y esta vez, ni Aurelio Linares ni todo su dinero van a poder salvar a su hijo.
Si escarban el pasado encontrarán más pruebas de la que no imagina Felipe con la muerte de Melisa.
Veremos con que artimañas salen los Linares 🤔🤔🤔🤔❓❓❓❓
ojalá Felipe vea venir este golpe y Erika abre los ojos tu marca de ropa está por desaparecer de tus manos