Él es el padre de su mejor amiga... Pero también el dueño de sus fantasías más prohibidas.
Cristóbal es un hombre maduro, exitoso y comprometido con su familia, alguien a quien todos ven como un ejemplo de responsabilidad. Pero desde el día que conoció a Julieta, la joven compañera de su hija, nada ha sido igual. Cada encuentro la hace más irresistible, cada mirada profundiza una conexión que no debería existir.
Ella es joven, dulce e "inocente" ... Y él lucha por no caer en la tentación.
Julieta siempre ha visto en Cristóbal algo más que el padre de su mejor amiga: un hombre que despierta en ella emociones que nunca imaginó sentir. A pesar de saber que está jugando con fuego, no puede evitar buscarlo, soñarlo, desearlo con una intensidad que la abruma.
Un amor que desafía los límites, un deseo que no sabe de reglas.
Entre secretos, mentiras por omisión y el miedo a destruir vidas enteras, Cristóbal y Julieta se ven envueltos en una pasión que amenaza con consumirlos...
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Capítulo 4.
Julieta.🌷
El reloj marca las ocho en punto cuando bajo a la cocina. El aroma del arroz recién hecho y de la carne guisada llena el aire, pero no logra abrirme el apetito. Siento un nudo en el estómago desde que crucé palabras con Ramón más temprano. La mesa está puesta, y mi madre sirve la comida en silencio.
Lleva puesto su uniforme de fábrica todavía. Sus hombros están caídos, y tiene unas ojeras marcadas bajo los ojos. Su rostro está más cansado de lo habitual.
—Mamá, ¿estás bien? —pregunto mientras tomo asiento.
Ella no responde de inmediato. Se sienta frente a mí con un suspiro profundo. Solo entonces alza la vista y habla:
—Estoy bien. Solo fue un día largo... como todos los días últimamente.
Ramón se sienta al otro extremo, con la panza llena y los ojos puestos en su plato. La televisión sigue encendida en la sala, como siempre.
Comenzamos a comer en silencio, hasta que mi madre deja el tenedor sobre el plato y me mira con seriedad.
—No me gustó cómo le hablaste a Ramón por la tarde —dice sin rodeos. "Maldito chismoso"
Suelto el tenedor también. Lo miro a él, que no dice nada pero sonríe con la comisura de los labios, como si estuviera disfrutando del espectáculo.
—¿Y qué fue lo que dije, exactamente? —pregunto, tratando de mantener la calma.
—No tienes por qué hablarle así. Él es tu padrastro. Se merece respeto.
—¿Respeto? —río por lo bajo—. Mamá, con todo el amor que te tengo, no le debo explicaciones a un hombre que vive a costa tuya y controla hasta lo que compras para ti misma.
Ramón se aclara la garganta. Mi madre frunce el ceño y, en lugar de responder a eso, cambia de dirección.
—¿Dónde estabas después de la universidad? Llegaste tarde.
—Almorzando con Jessica y su papá —contesto con firmeza, sin evitar la mirada de ninguno de los dos—. Nos invitó a un restaurante nuevo.
Ramón tensa la mandíbula. No hace ningún comentario, pero se nota cómo se le marca el músculo al costado del rostro. Su expresión cambia por completo.
—Ten cuidado con esas personas, Julieta —dice mi madre en voz baja—. Gente con dinero... a veces no son como aparentan.
—¿Y qué se supone que eso significa? —frunzo el ceño—. Jessica es mi mejor amiga y Cristóbal es un hombre decente. No tienen nada que ver con lo que estás insinuando.
Nadie responde. Solo el sonido de los cubiertos vuelve a llenar el ambiente. El aire se vuelve denso, espeso. Casi se puede cortar con cuchillo. El silencio no es paz. Es amenaza.
Al terminar de comer, tomo los platos vacíos, pero Ramón se levanta.
—Déjalo ahí, yo lavo —dice con voz seca.
Eso me toma por sorpresa. No porque tenga un gesto amable, sino porque no quiere que me quede más tiempo cerca de ellos. Me siento desplazada. Como si estorbara en mi propia casa.
Subo las escaleras sin decir una palabra más. Cierro la puerta de mi habitación y me recuesto en la cama. El silencio no dura mucho.
A los pocos minutos, los gritos comienzan a subir desde la planta baja.
Me pongo los audífonos rápidamente, tratando de apagar esa parte de mi realidad. Abro el chat con Jessica y le escribo:
Julieta: Gracias por hoy. Tu papá fue muy amable. El restaurante estaba precioso.
Ella responde de inmediato:
Jessica: ¡Me alegra que te haya gustado! Papá también dijo que fue muy agradable tenerte con nosotros ❤️
Suspiro. Le respondo con un emoji sonriente y un “🥺”, pero luego me quedo mirando la pantalla sin saber qué más decir. La imagen de Cristóbal, con su traje impecable y su sonrisa tranquila, me viene de nuevo a la mente como una ráfaga de deseo.
Me recuesto de lado, aún con los audífonos puestos, mientras mi mente divaga.
Poco a poco me voy quedando dormida…
Y allí, entre sueños, lo veo.
Cristóbal está en mi habitación, sentado al borde de mi cama. Me sonríe, pero no habla. Solo me mira con ternura. Me siento a salvo. Sus manos acarician mi rostro, mis hombros, mi cintura... como si supiera exactamente lo que necesito.
Y cuando se inclina para besarme, justo cuando sus labios rozan los míos…
Despierto.
Mi respiración está agitada. El cuarto está oscuro, y el reloj marca las 3:12 a.m.
Me quedo ahí, en silencio, con el corazón latiendo desbocado.
Soñé con él otra vez.
Y esta vez, deseo que no hubiera sido un sueño.
....
Despierto con el primer rayo de sol filtrándose entre las cortinas. Aún puedo sentir el rastro de su boca sobre la mía. Cierro los ojos un instante, intentando retener el sueño, esa sensación de calidez que me ha dejado. Pero, como siempre, la realidad no tarda en imponerse.
Me estiro con pereza. He dormido con la ropa puesta y uno de los audífonos todavía cuelga de mi oído izquierdo. El otro, tirado en el suelo. La conversación entre mi madre y Ramón ha terminado en algún punto de la noche, pero el silencio que la siguió es aún más ruidoso.
Bajo a desayunar con desgano. Mamá está en la cocina, preparando café. No me mira al entrar, solo dice:
—Buenos días.
—Buenos días —respondo.
La mesa tiene pan tostado, margarina, un frasco de mermelada y un solo plato. Ni una palabra más. Ninguna conversación. Ninguna disculpa. Ninguna explicación.
Me siento en silencio, untando el pan como si mi vida dependiera de ello. Mamá sirve dos tazas de café y se sienta frente a mí.
—Hoy salgo más temprano —dice sin levantar la vista.
—Está bien.
—Y si vas a salir después de clase, avisa.
Su tono no es suave. Es más una orden que una petición. La miro con calma.
—Hoy trabajo.
Ramón aparece en ese momento, con cara de fastidio. Toma su taza y se la lleva a la sala sin decir una palabra. Mejor.
Después de desayunar, subo a cambiarme para ir a la universidad. Un conjunto sencillo: jeans claros, blusa blanca, zapatillas. Nada llamativo. No quiero destacar hoy. No con este peso en el pecho.
Justo cuando termino de arreglarme, el celular vibra. Es un mensaje. No de Jessica. De un número que no tengo registrado… pero lo reconozco de inmediato.
Desconocido: Hola, Julieta. Soy Cristóbal. Espero que no te moleste que haya pedido tu número a Jessica. Solo quería agradecerte por acompañarnos ayer. Fue… una grata compañía.
Mi corazón da un salto. Me quedo mirando la pantalla sin saber qué responder. Una parte de mí quiere lanzarle una lluvia de mensajes. Otra, borrar la conversación entera.
Me decido:
Julieta: Hola, Cristóbal. No me molesta. Gracias a ti. El restaurante fue hermoso. La pasé muy bien.
El doble check azul aparece rápido. Está en línea.
Cristóbal: Me alegra. Quería decírtelo personalmente, pero no quise incomodarte anoche.
Incomodarme… si tan solo supiera lo que realmente me provoca.
Julieta: No me incomodaste. En absoluto.
Cristóbal: Entonces me dejas tranquilo. Que tengas un lindo día, Julieta.
Cierro el chat, con una sonrisa tonta en los labios. Guardo el número sin pensarlo y me pongo un poco de perfume antes de salir.
No para llamar la atención en la universidad.
Para oler bien si él vuelve a ir a la universidad.
Que te mejores pronto te mando un abrazo de oso.