Isabela es vendida en matrimonio por su padre, al rey de los dragones, luego de qué su reino cayera en una profunda ruina. Su pueblo se moría de hambre y de frio, así que a la princesa del norte deberá elegir entre traicionar todo lo que conoce, o entregarse al hombre que la compró y salvar a su pueblo de la extinción.
NovelToon tiene autorización de Dalia Hache para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 18
La música se intensificó, transformándose en una melodía vibrante y salvaje guiada por tambores pesados que resonaban en el pecho de todos los presentes. Isabela se dejó llevar por la corriente de la multitud enmascarada en el centro del gran salón. Entre cuerpos que giraban al compás y risas ahogadas por las máscaras, la princesa de hielo se movía con una gracia altiva y desafiante, sintiendo las miradas curiosas y febriles de la horda a su alrededor. La algarabía era ensordecedora, una marea de caos y opulencia oscura donde cada quien ocultaba sus verdaderas intenciones bajo el metal y la seda.
A unos pocos metros, apartado en uno de los flancos del salón junto a una columna de obsidiana, Malakor observaba la escena. Sostenía una copa de vino oscuro entre los dedos, con la mandíbula tensa y una mirada posesiva que seguía cada movimiento de Isabela entre la multitud.
En ese instante, una figura emergió de las sombras laterales. Yanara, ataviada con un vestido rojo escarlata y una máscara emplumada que apenas lograba disimular su furia contenida, se deslizó hasta quedar a su lado.
—Qué rápido me desechaste —espetó ella con voz venenosa, clavando los ojos en el rey a través de su máscara.
Malakor ni siquiera se dignó a mirarla con atención. Llevó la copa a sus labios y dio un sorbo lento antes de responder con una frialdad aplastante:
—Mi reino necesita una reina de verdad, no una simple mujer que se entrega a todos por un poco de poder.
—¡Eso no es cierto! —siseó Yanara, con los nudillos blancos de tanto apretar los puños—. ¡Yo te he sido fiel, solo estaba contigo!
—Conmigo y con la mitad de mi horda —la cortó Malakor con un desprecio absoluto, apartándola de un empujón brusco hacia un lado—. Aléjate de mi vista, Yanara. Tu tiempo en este palacio terminó.
Fuera de sí, con el orgullo destrozado y la desesperación latiendo en su voz, la mujer dio un paso al frente, olvidando toda prudencia.
—Mi padre te respalda con sus guerreros, Malakor. ¡Me debes lealtad! —protestó ella, elevando la voz por encima del bullicio.
Las palabras resonaron con la fuerza suficiente para romper la tensión. El rey de los dragones detuvo todo movimiento, dejando caer la copa al suelo. El cristal se estalló en mil pedazos, salpicando vino oscuro sobre la piedra.
—No le debo nada a tu padre, y a mí no me amenaza nadie —bramó Malakor, soltando un gruñido gutural y profundo que sacudió los cimientos del salón.
El sonido fue tan intimidante que la música cesó de golpe. Los instrumentos enmudecieron, y decenas de rostros enmascarados se volvieron hacia el rey en un silencio sepulcral.
En el centro de la pista, Isabela giró lentamente el rostro, buscando el origen del altercado con los ojos oscuros y filosos.
Pero antes de que alguien pudiera pronunciar una palabra, el suelo comenzó a temblar bajo sus pies. Un estruendo sordo, como el rugir de la tierra misma abriéndose, sacudió el palacio. A lo lejos, a través de los enormes ventanales abiertos que daban a las cumbres volcánicas, las siluetas colosales de los dragones adultos se alzaban en la oscuridad, posicionadas en las cornisas con las fauces abiertas y las escamas brillando con fuego interno, esperando un solo mandato de su amo.
La tensión en el salón era insoportable, al borde de la masacre.
Malakor apretó los puños, respirando con fuerza mientras la furia contenida de las bestias respondía a la suya propia. Al cabo de unos segundos eternos, el rey exhaló aire con brusquedad, levantó la mano y forzó la calma en su voz:
—Aquí no ha pasado nada. Sigan con la fiesta —ordenó, y un murmullo nervioso comenzó a disipar el hielo que se había apoderado de los invitados.
Aprovechando la confusión y sintiendo el peso de la humillación quemándole el pecho, Yanara dio media vuelta y huyó rápidamente del salón. Al pasar cerca de Isabela, la mujer detuvo su marcha por una milésima de segundo, dirigiéndole una mirada cargada de un odio tan profundo y venenoso que prometía venganza, antes de perderse en la oscuridad de los pasillos.
Isabela la vio marchar sin inmutarse, ajustándose la máscara con elegancia y devolviendo su atención al rey, sabiendo que la verdadera guerra en Asgardia apenas estaba comenzando.