NovelToon NovelToon
Divorciada a los cuarenta: el joven magnate no puede resistirse a mí

Divorciada a los cuarenta: el joven magnate no puede resistirse a mí

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Amante arrepentido / Ella Mayor Que Él / Completas
Popularitas:452
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

A los cuarenta, Regina Ávalos descubre dos verdades en el mismo día: ella nunca fue estéril y su marido lleva años engañándola.
Después de trece años sosteniendo su empresa, cuidando a su familia y soportando que la culpen por no darles un heredero, Regina firma el divorcio, recupera su fortuna y se promete una cosa: jamás volverá a vivir para complacer a nadie.
Entonces aparece Leonardo Mendívil.
Es el heredero más codiciado de México, diez años menor que ella, su nuevo vecino y el hombre que lleva trece cumpleaños enviándole gardenias en secreto. Leo no quiere una esposa dócil ni una mujer decorativa. La quiere a ella: madura, libre, peligrosa y dueña de cada cicatriz que otro hombre no supo mirar.
Y cuando Regina decide abrirle la puerta, descubre que el joven magnate no ama a medias… ni deja un deseo sin cumplir.
Pero empezar de nuevo tiene un precio. Su ex quiere recuperar lo que perdió, una red criminal amenaza el negocio que Regina levantó con sus propias manos y la poderosa familia de Leo exige una boda que ella no piensa aceptar.
Entre escándalos, traiciones y una maternidad elegida bajo sus propias reglas, Regina tendrá que decidir si puede entregarle el corazón a un hombre sin volver a entregar su libertad.
Porque a los cuarenta no está acabada.
A los cuarenta apenas comienza.
Y el hombre diez años menor que ella está dispuesto a demostrarle que una reina no tiene edad, pero sí merece a alguien que sepa adorarla.

NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

Capítulo 23 — La cena de fin de año

Leo cocinaba mejor de lo que un heredero de su tamaño tenía derecho a cocinar.

Lo descubrí esa noche, sentada en el banco de mi propia cocina —el mismo del que casi me caigo— viéndolo picar cebolla sin llorar y dorar la carne del táper con una calma que no le pegaba a su cara de niño consentido.

—¿Dónde aprendió a hacer esto, joven Mendívil? —le pregunté—. Porque no me imagino a su mamá dejándolo acercarse a la estufa.

—No me dejaba. —Sonrió sin voltear—. Por eso aprendí. Un año se me metió en la cabeza que quería saber hacer una cosa yo solo, sin que nadie me la resolviera. —Bajó el fuego—. Todavía se me mete en la cabeza, de repente.

No le pregunté qué cosa. Ya iba entendiendo que con Leo lo mejor era no jalar los hilos que dejaba colgando, porque siempre iban a dar a un lugar que me revolvía.

Mientras la cena hervía, salió al pasillo. Lo oí trastear con algo en su puerta. Cuando me asomé, me solté riendo: había colgado una guirnalda de foquitos idéntica a la mía en la suya, esa puerta que siempre estaba pelona, sin un adorno, sin una planta, como si detrás no viviera nadie.

—¿Y esto? —pregunté.

—Para que hagan juego —dijo, muy serio, como si fuera lo más natural del mundo que las puertas de dos vecinos combinaran—. No me gusta que la tuya se vea bonita y la mía no. Parece que a mí no me quiere nadie.

—A usted lo quiere media Las Lomas y trescientas cajas de sérum.

—No es lo mismo.

Volvimos a entrar. Y a los pocos minutos volvieron a tocar: la mensajería, esta vez de verdad, con una caja fría y elegante que yo no había pedido.

Adentro venía un pastel. No mi pastelito del tianguis: un pastel de fresas naturales, de esos que salen en las revistas, con una tarjeta que decía, en letra impresa, "De la cocina de la casa Mendívil, con cariño."

—Leo. —Me volví hacia él—. ¿Usted...?

—La repostera de mi mamá. —Se encogió de hombros, delatado por las orejas rojas de siempre—. Le dije que hoy cumplía una amiga. Nada más.

Una amiga. Me quedé con el pastel en las manos y una presión rara en el pecho. En treinta y nueve años, mi mamá nunca me había hecho un pastel. Y este muchacho, en una tarde, me había conseguido dos.

Nos sentamos a cenar. Puse las gardenias de centro de mesa. Leo sirvió, yo destapé el vinito, y comimos hablando de tonterías —de la marca, de su hermana rosa, de una película que los dos habíamos visto y odiado— con esa facilidad que da a veces la gente con la que llevas media vida, aunque a él lo conocía de meses.

En un momento me descubrí sirviéndole más carne sin preguntarle, porque ya sabía que era de buen diente, y él acercándome el pan sin que yo lo pidiera, porque ya sabía que a mí me gustaba mojar. Y me dio un escalofrío raro, no de miedo, esa sincronía de dos personas que se han visto comer demasiadas veces. "Cuidado, Regina", me dije, riéndome por dentro. "Ni un año llevas de divorciada y ya le estás sirviendo la cena a un muchacho diez años menor como si fueras su... nada. Es tu vecino. Se está portando bien. Ya."

Y sin embargo, en mitad de la risa, mi teléfono seguía vibrando boca abajo. No lo iba a contestar. Pero a la tercera llamada seguida vi el nombre y sí lo tomé, porque a Jimena no se le deja sonar tres veces.

—Comadre. —Su voz venía acelerada, con ruido de fondo—. No lo vas a creer. Estoy en el chat de las esposas del Altavista, ya sabes que ahí tengo oreja. Se armó la de Dios es padre.

—Jimena, estoy cenando...

—Cinco minutos, comadre, esto no se cuenta mañana. La chamaca, la Yésica, se enteró de que la Brenda está preñada. Preñada de Gustavo, dicen. Y se le botó la canica. Subió, tiró la puerta de una patada y se le fue encima. Llegaron el suegro y Gustavo a separarlas y aquello es un ring. Gritos, vidrios, de todo. —Bajó la voz—. Y me contó una vecina que la Yésica agarró una olla de caldo hirviendo y se la aventó a la pobre doña Carmen, ahí sentada en su silla de ruedas, que ni vela tenía en el entierro.

Se me cerró el estómago. Doña Carmen. Mi exsuegra, enferma, inválida, a la que yo había paseado de hospital en hospital cuando todos los demás la daban por estorbo.

—¿Está muy mal? —pregunté, y me sorprendió que todavía me importara.

—No sé. Ya llamaron a seguridad, dicen que viene una ambulancia. Es un desmadre, comadre. Esa casa se está cayendo a pedazos y tú, mírate, cenando tranquila. —Hizo una pausa—. Hiciste bien en irte. Te lo digo yo que llevo veinte años de abogada de divorcios: hiciste bien y te fuiste a tiempo.

—Lo sé —dije, muy bajito—. Cuídate. Nos vemos al ratito.

Colgué. Leo me miraba desde el otro lado de la mesa, sin preguntar, esperando a que yo decidiera cuánto contarle.

—La casa de la que me salí —dije al fin— se está incendiando sola. Literal casi. —Puse el teléfono a un lado—. Y yo aquí, con pastel de fresas. ¿Qué le parece?

—Me parece justo —dijo él, sin dramatismo—. ¿Quieres ir? ¿Hacer algo?

—No. —Y lo dije sin culpa, que fue lo que más me sorprendió de mí—. No quiero mover un dedo por esa gente. Que se arreglen entre ellos. Yo esta noche estoy cumpliendo años.

Y sin embargo, por debajo de la calma, me sorprendí pensando en doña Carmen, en su silla de ruedas, con el caldo hirviendo encima. La había cuidado dos años. Le había limpiado la baba y aguantado los desprecios. No le deseaba ese final a nadie. Pero también sabía, con una claridad que antes me habría dado culpa y ahora no, que ya no era mi trabajo salvar a esa familia de sí misma. Cada quien cosecha lo que siembra, y ellos habían sembrado puro rencor.

Algo en la cara de Leo se suavizó cuando dije que no quería mover un dedo por esa gente. Como si le hubiera dado un regalo sin darme cuenta.

Faltaba poco para las doce. Afuera los cohetes ya no paraban, el cielo se prendía y se apagaba en colores contra la ventana adornada. Leo se levantó, sacó el pastel de fresas de la caja y le clavó una vela larga en el centro.

—Ven —dijo, y apagó la luz de la sala.

El departamento se quedó a oscuras, iluminado solo por los foquitos de la guirnalda y por el resplandor de la pirotecnia entrando por el vidrio. Encendió un cerillo. La llama de la vela le puso oro en la cara, en esa cara joven que me miraba como si en el mundo no hubiera nada más urgente que yo.

—No sé cantar —dijo—. Así que solo píde un deseo.

—Leo, es ridículo, yo sola aquí...

—No estás sola. —Muy bajo—. Pide un deseo, Regina.

El reloj de la pared avanzaba hacia las doce. Los cohetes arreciaban. La vela temblaba entre los dos, y yo, que en treinta y nueve años nunca había tenido una vela que apagar, cerré los ojos.

Y separé los labios para pedirlo.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play