Rebelde, inteligente y apasionada. Emma de la Rivera nunca ha permitido que nadie controle su destino. Pero cuando Damián Thorne se cruza en su camino, el choque de dos voluntades inquebrantables se vuelve inevitable. Él está acostumbrado a dominarlo todo; ella, a no doblegarse ante nadie. ¿Podrá Damián domar el espíritu de Emma, o terminará cayendo en su propia trampa?
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Capítulo XVI Celos
Emma sostuvo la mirada de Damián durante unos segundos que se sintieron eternos. La tensión en la sala del penthouse era tan densa que apenas le permitía respirar.
—Tu habitación es la última puerta a la izquierda —indicó Damián con voz grave y pausada, rompiendo el silencio—. Tienes todo lo que necesitas. Descansa.
Emma asintió levemente sin articular palabra, ella pensó que compartirían habitación, pero al parecer Damián tenía otros planes. Tomó su pequeña maleta con la mano izquierda y caminó con la cabeza en alto. Al entrar al dormitorio, cerró la puerta y apoyó la espalda contra la madera. La estancia era amplia, de un lujo sobrio y con una iluminación tenue que invitaba al aislamiento. Se dejó caer sobre el borde de la cama, sujetándose el brazo derecho lesionado, tratando de asimilar la pesadilla en la que su vida se había convertido en cuestión de horas.
De pronto, el vibrador de su teléfono móvil rompió la calma del cuarto.
Emma se sobresaltó. Sacó el aparato de su bolso y, al mirar la pantalla, sintió que el corazón le daba un vuelco violento.
Rodrigo.
El nombre de su exnovio —el hombre que juro amarla mientras se acostaba a sus espaldas con Samantha— parpadeaba en la pantalla. Emma apretó los dientes, sintiendo que una ola de rabia y asco le recorría el cuerpo. Presionó el botón para descolgar, dispuesta a terminar con esa farsa de una vez por todas.
—¿Qué quieres, Rodrigo? —soltó Emma en un susurro cargado de veneno.
—¡Hasta que al fin me respondes el maldito teléfono, Emma! —exclamó la voz de Rodrigo al otro lado de la línea, exigente y alterado—. ¿Se puede saber qué demonios te pasa? Llevas días evitándome, no contestas mis mensajes y ni siquiera fuiste a buscarme a la salida de la facultad. Exijo que me des una explicación ahora mismo.
—No tengo absolutamente nada que explicarte —respondió Emma con la voz temblorosa por la indignación—. Y te sugiero que no vuelvas a buscarme en tu vida.
—¿De qué estás hablando? ¡Soy tu novio! —reclamó Rodrigo con prepotencia, ignorando por completo que Emma ya sabía la verdad sobre su infidelidad con Samantha—. No voy a tolerar que te pongas con estos caprichos absurdos. Si no me dices dónde estás ahora mismo, voy a ir a buscarte a tu casa.
—¡No te atrevas! —lo cortó Emma, apretando el teléfono con fuerza—. No me busques más, Rodrigo, lo nuestro se terminó.
Mientras tanto, en el pasillo del penthouse, Damián caminaba hacia su estudio tras haber servido un trago de whisky. Al pasar frente a la puerta de Emma, se detuvo en seco al escuchar el eco de una voz masculina saliendo del teléfono y la alteración en el tono de la joven.
Un impulso oscuro, violento e incontrolable le recorrió las venas. La idea de que Emma estuviera hablando con otro hombre a escondidas bajo su propio techo encendió una chispa de celos que intentó disfrazar de inmediato bajo el velo del control y la propiedad.
Sin molestarse en tocar, Damián abrió la puerta de un golpe seco, irrumpiendo en la habitación con la postura de un depredador acorralado.
Emma dio un brinco del susto, poniéndose de pie al instante y escondiendo el teléfono tras su espalda.
—¿Con quién estás hablando a estas horas? —exigió Damián, acortando la distancia entre ellos a pasos agigantados hasta acorralarla contra el borde de la cama.
—No... no es de su incumbencia, señor Thorne —balbuceó Emma, intentando mantener la compostura mientras sentía el aroma a madera y whisky de Damián envolviéndola.
—Desde el momento en que aceptaste estar bajo mi techo y llevar mi apellido, todo lo que haces es de mi incumbencia —sentenció Damián con una voz helada que retumbó en la habitación.
Antes de que Emma pudiera reaccionar, Damián le arrebató el teléfono de la mano. Vio la llamada en curso y, sin dudarlo, se llevó el aparato al oído.
—Escúchame bien, sea quien seas —habló Damián con un tono intimidante dominado por una rabia que estaba contenida y que helaba la sangre—. No vuelvas a llamar a esta mujer. A partir de hoy Emma me pertenece a mí, y si te vuelves a acercar a ella, me voy a encargar de destruirte.
Al otro lado de la línea, Rodrigo se quedó mudo del impacto antes de que Damián cortara la llamada sin darle tiempo a responder y arrojara el teléfono sobre la mesa de noche.
Emma lo miró con los ojos muy abiertos, jadeando por la impresión y la rabia.
—¡Usted no tenía ningún derecho a hacer eso! —reclamó ella con los ojos cristalinos—. ¡No soy de su propiedad!
Damián dio un paso más hacia ella, reduciendo la distancia a cero, obligándola a inclinar la cabeza para sostenerle la mirada. Aunque sus palabras hablaban de orgullo y reputación, la intensidad de sus ojos oscuros y la respiración contenida delataban el verdadero motivo detrás de su furia: no soportaba la sola idea de que otro hombre tuviera espacio en la vida de Emma.
—Te lo voy a dejar muy claro, pequeña De la Rivera —murmuró Damián rozando su oído con un tono peligrosamente íntimo—. Vas a ser mi esposa, y no voy a permitir que pongas mi nombre ni mi apellido en ridículo por culpa de un aparecido. Si estás bajo mi techo, tu atención es solo para mí.
Emma sintió una sacudida eléctrica en el pecho. La mezcla de miedo, indignación y la innegable atracción que ese hombre le provocaba la dejó sin aliento, incapaz de responder mientras Damián la observaba un segundo más antes de dar media vuelta y salir de la habitación, dejando la puerta abierta tras de sí.