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¡Me Case Con Él Ceo Despiadado! Contrato Con El Heredero Equivocado.

¡Me Case Con Él Ceo Despiadado! Contrato Con El Heredero Equivocado.

Status: En proceso
Genre:CEO / Amor prohibido / Romance de oficina
Popularitas:84.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Celeste A. Godoy

Para salvar a su madre del desalojo, Harper acepta un matrimonio por contrato de dos años con Jeremy, el heredero del imperio multimillonario Salvatore. Pero en la noche de bodas, el novio huye con el dinero, activando una cláusula oculta que la vincula legalmente al temido CEO de la corporación: Mason Eliot Salvatore, el hermano mayor.
Convencido de que ella es una cazafortunas, Mason la recluye en su penthouse bajo reglas implacables. Sin embargo, la dignidad de Harper desafía su frialdad, transformando el cautiverio en una atracción adictiva.

NovelToon tiene autorización de Celeste A. Godoy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 12: GUERRA SILENCIOSA

Harper Jones

El comedor del penthouse parecía una catedral de mármol desierta donde el aire se había vuelto de plomo.

A las ocho en punto, el sonido seco del ascensor anunció su llegada. No hizo falta que nadie me lo dijera; el ambiente mismo pareció contraerse, cargándose de una estática pesada y sofocante antes de que la figura de Mason Salvatore apareciera en el gran salón.

Vestía un traje a medida de tres piezas en tono azul noche, impecable, sin una sola arruga, con la corbata perfectamente anudada al cuello. Emanaba ese aroma característico a madera de cedro, tabaco caro y dinero antiguo que ahora me revolvía el estómago instintivamente.

No me moví de la silla de respaldo alto de la mesa de nogal.

Había pasado las últimas dos horas vestida con la misma ropa con la que desperté: los vaqueros desgastados y la camiseta de algodón gris.

Me había negado a tocar el vestido de seda negra de tres mil dólares que la estilista de la firma había dejado colgado en el perchero del vestidor antes de marcharse frustrada.

Tampoco me había maquillado. Mi rostro estaba pálido, mis ojos rodeados por sombras oscuras de cansancio acumulado, y el cabello pelirrojo caía liso y sin peinar sobre mis hombros.

Era una declaración de guerra visual. Una bofetada a su etiqueta perfecta.

Mason caminó hacia la mesa con paso lento, calculador. Sus ojos de un azul helado y afilado recorrieron mi aspecto de arriba abajo, deteniéndose un segundo entero en la tela áspera de mi camiseta raída. No hubo un estallido inmediato de ira en su rostro; en su lugar, una sonrisa fría y arrogante se curvó apenas en la comisura de sus labios.

—Vaya —dijo, su voz grave resonando con un eco cavernoso en el salón—. Veo que has decidido vestirte para la ocasión, Harper. Todo un detalle de cortesía hacia tu marido.

No respondí. Ni una sola palabra.

Le sostuve la mirada directamente, fijando mis ojos en los suyos sin parpadear. Sentí un temblor lejano en las rodillas por el recuerdo de la madrugada, por la marca invisible del dolor que aún me recorría la espalda, pero no bajé la cabeza. No le di el placer de ver una sola brizna de sumisión.

Mason sacó la silla del extremo opuesto de la mesa —a más de tres metros de distancia de la mía— y se sentó con una elegancia pausada. Un camarero con uniforme blanco y guantes de hilo emergió en silencio de la cocina, llevando una bandeja de plata con el primer plato de la cena: un consomé clarificado de ave con trufa negra y medallones de langosta.

El sirviente sirvió a Mason y luego colocó un plato idéntico frente a mí. Realizó una leve reverencia y se retiró rápidamente, desapareciendo tras las puertas vaivén de la cocina como si supiera que la atmósfera en esa sala era a prueba de bombas.

El silencio volvió a caer entre los dos. Un silencio espeso, cortante, roto únicamente por el chasquido metálico del cubierto de plata de Mason al rozar la porcelana fina.

Él probó una cucharada del consomé, masticó despacio y volvió a fijar su atención en mí. Yo no había movido las manos de mi regazo. El plato servido frente a mí humeaba suavemente, pero no tenía la menor intención de tocar la cuchara.

—Come —ordenó Mason. No era una sugerencia; era el tono plano y categórico con el que le daba instrucciones a sus vicepresidentes en la junta de accionistas.

Mantuve la boca sellada. Cerrada a cal y canto. Simplemente lo miré fixedly, clavando mis ojos en los suyos con una frialdad desprovista de todo temor, canalizando todo el odio, el desprecio y la rabia que me ahogaban el pecho desde hacía veinticuatro horas.

Mason dejó la cuchara sobre el plato con un golpe un poco más brusco de lo necesario. El metal resonó contra la porcelana como un disparo en el salón en calma.

—Te he dicho que comas, Harper —repitió, entornando los ojos. El tono de su voz bajó un octavo, volviéndose peligroso—. No voy a tolerar que sigues haciendo este berrinche infantil de huelga de hambre. Si crees que me impresiona verte jugar a la prisionera trágica, estás muy equivocada.

Silencio.

Mi rostro permaneció impasible, rígido como el mármol de las columnas del penthouse. Le devolví la mirada punto por punto, dejando que el desprecio hablara por mí. Él quería una discusión.

Quería que yo le gritara, que me desesperara, que llorara o que le suplicara por mi libertad para poder usar sus argumentos legales y aplastarme como a un insecto. Pero el silencio era la única propiedad que él no podía comprarme. Era mi único territorio soberano.

Un destello de impaciencia cruzó los ojos azules de Mason. Por primera vez desde que lo conocí, vi cómo una pequeña vena se hinchaba ligeramente en su sien derecha.

—¿Te has quedado muda? —se burló, apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando los dedos largos de las manos—. ¿O es que de repente has olvidado cómo hablar?

Nada. Ni un parpadeo. Ni un movimiento de cejas.

La tensión en la mesa creció hasta volverse una presión física insoportable. Era un choque de voluntades en absoluto silencio. Él, acostumbrado a que gobiernos, bancos y multimillonarios se plegaran ante su sola presencia; yo, una chica sin nada que perder porque ya me lo había quitado todo.

Mason apretó los dientes. El barniz de compostura ejecutiva empezó a resquebrajarse.

—Hablo en serio, Harper —dijo, la voz rasposa por la ira contenida—. Si no tomas esa cuchara y te alimentas ahora mismo, haré que Thomas llame al hospital. Cancelaré la orden de los medicamentos de tu madre antes de que termine la noche.

Esa era la carta del triunfo. La que siempre usaba. Esperaba que al mencionar a mi madre yo me desmoronara, que temblara y que tomara los cubiertos entre lágrimas para obedecerlo como una sirvienta atemorizada.

Pero esta vez no agaché la cabeza.

Le sostuve la mirada con una firmeza volcánica. En mis ojos no había pánico; había una promesa oscura y terrible. Le estaba diciendo, sin emitir un solo sonido, que si tocaba a mi madre, si se atrevía a cruzar esa línea, yo misma buscaría la forma de destruirlo, aunque tuviera que quemarme viva en el intento. La certeza de mi odio era tan pura, tan absoluta, que el chantaje pareció congelarse en el aire entre los dos.

Mason se quedó inmóvil.

Se notaba que no estaba preparado para esto. La arrogancia del CEO omnipotente chocó contra una pared de roca firme. Esperaba avaricia, esperaba miedo, esperaba histeria. No esperaba esta resistencia de granito, este rechazo total a su dinero, a su comida y a su autoridad.

El silencio se estiró durante cinco minutos agónicos. Diez minutos. El consomé en ambos platos se enfrió por completo, formando una película grasa en la superficie.

Mason desvió la mirada un segundo hacia mi plato intacto y luego volvió a mírame a la cara. Algo en su expresión cambió; la burla desapareció, reemplazada por una sombra de desconcierto y una molestia profunda, casi neurótica. Le descolocaba no entender qué me movía. Le desquiciaba no poder comprar mi sumisión con cinco millones de dólares ni con un penthouse de lujo.

Se puso de pie bruscamente.

La silla raspó el suelo de nogal con un sonido estrepitoso que rompió la calma del ambiente. Mason rodeó la larga mesa con pasos pesados y decididos, acortando la distancia entre los dos como un depredador que se lanza sobre su presa.

Llegó a mi lado. El calor de su cuerpo y el olor de su perfume me envolvieron de inmediato, provocando que los vellos de mis brazos se erizaran.

Apoyó ambas manos sobre los brazos de mi silla, inclinándose hacia abajo hasta que su rostro quedó a apenas unos centímetros del mío.

Podía sentir su respiración caliente y agitada golpeando mi mejilla. Sus ojos azules quemaban con una mezcla peligrosa de furia y obsesión.

—Háblame —susurró entre dientes, su voz un rugido bajo que me vibró en los oídos—. Háblame, maldita sea. Insúltame. Dime que me odias. Dime que me vas a matar. Pero no te quedes ahí mirándome como si yo no fuera nada.

Su cercanía era una amenaza física. Recordaba demasiado a la noche anterior, a la forma en que su peso me aplastó contra las sábanas. Una ola de nausea y dolor me cruzó el vientre, pero mantuve la columna erguida, pegada al respaldo de la silla.

Lentamente, incline la cabeza un milímetro hacia arriba para mirarlo directo a las pupilas.

No abrí la boca. Simplemente dejé que mi mirada se clavara en la suya con todo el peso de mi desprecio. No había miedo en mí; solo un vacío helado y una dignidad absoluta que ninguna de sus amenazas podía arrebatarme.

—¿Crees que eres muy fuerte, verdad? —dijo Mason, su rostro a un dedo de distancia del mío, la voz temblando por una rabia contenida que amenazaba con salirse de control—. Crees que porque no usas mis tarjetas y no comes mi comida me estás ganando. Pero estás en mi casa, Harper. Llevas mi apellido. Y vas a aprender a obedecerme aunque tenga que romperte pedazo a pedazo.

Extendió la mano y tomó mi barbilla con fuerza, obligándome a mantener la cabeza levantada. Sus dedos de acero se clavaron en mi piel con una presión dolorosa.

Aun así, no emití un solo gemido. No parpadeé. No intenté zafarme de su agarre. Le permití sostenerme la barbilla mientras le devolvía una sonrisa casi imperceptible, fría, triste y provocadora. Una sonrisa que decía claramente: Hazlo. Inténtalo. Rompeme. Igual no vas a conseguir nada.

Mason pareció recibir una descarga eléctrica.

Su agarre en mi barbilla flaqueó. Soltó mi rostro bruscamente, como si mi piel lo hubiera quemado, y dio un paso hacia atrás, respirando con dificultad. La turbación en sus ojos era innegable.

El gran Mason Salvatore, el hombre que manejaba los destinos de miles de empleados con un chasquido de dedos, estaba completamente fuera de juego por el silencio de una mujer en jeans gastados.

Le dio la espalda a la mesa, pasándose una mano por el cabello perfectamente peinado y desordenándolo por primera vez en todo el día.

—Levanten esta basura —le gritó al aire, hacia la puerta de la cocina, con una voz que desbordaba frustración y furia—. Se acabó la cena.

Las puertas de la cocina se abrieron de inmediato y el camarero entró corriendo, temblando visiblemente mientras retiraba los platos intactos de la mesa con una rapidez casi cómica.

Mason se giró hacia mí de nuevo. Su rostro era una máscara de piedra, pero sus ojos delataban la tormenta interna que lo devoraba por dentro.

—Mañana a las ocho de la mañana tienes una cita en la clínica corporativa para una revisión médica completa —dijo en un tono seco, formal, intentando recuperar el control—. Y te sugiero que estés vestida adecuadamente cuando el chofer venga a buscarte. No voy a discutir esto de nuevo.

Caminó hacia la puerta del ascensor privado. Se detuvo un instante antes de cruzar el umbral, con la espalda rígida, esperando quizás que en el último segundo yo cediera y le dijera algo, lo que fuera, para romper este martirio.

Me mantuve inmóvil en la silla. En silencio.

Las puertas de bronce del ascensor se cerraron con un suspiro metálico, llevándoselo de vuelta a su mundo.

Cuando el sonido del motor se apagó del todo, bajé lentamente la vista hacia mis manos en el regazo. Me temblaban incontrolablemente. La adrenalina de la confrontación empezó a disminuir, dejando paso a un agotamiento físico y mental que me pesaba en los huesos.

Pero en medio del dolor y del encierro, una pequeña llama de triunfo ardía en mi pecho.

Había descubierto su punto débil. Mason Salvatore podía controlar el dinero, la medicina de mi madre y a los guardias de la puerta. Pero no podía controlar mi mente.

No podía obligarme a ser su esposa de adorno. Y cada segundo de silencio que le regalara iba a ser una espina clavada en su maldita arrogancia.

La guerra acababa de empezar. Y yo no pensaba rendirme.

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mariela
Definitivamente Harper y sus hijas trajeron paz, serenidad y amor a la familia Salvatore.
Alba Hurtado
vamos ver como es trabajar con el,el le dijo que no iba hacer facil, pero ella no es facil
mariela
Nacieron Dafhne y Perla son hermosas Mason derretido con sus hijas y ese amor infinito que siente por Harper no es ni la sombra del implacable Mason de antes.
Un maravilloso capítulo lleno de amor y ternura.
Alba Hurtado
tuvieron la misma infancia ,😥😢💛💙❤️
mariela
Elena salió del monstruo que era el padre de Harper y le dió entrada a otro peor un pervertido, violador y alcohólico a su casa pero errar es de humanos creyó hacer lo mejor sin imaginar el monstruo que era su hermano Lucio.
Mason a cumplir tu promesa de proteger a Harper y a tus hijos.
mariela
Mason no se inmutó un solo disparo y lo mando de viaje al infierno pobre Harper que trauma para ella que ese asqueroso la tocará y con el temor de perder a sus bebés y a su madre.
mariela
Lucio te saldrá bien caro el haberte llevado a Harper porque Mason te dará la paliza que nunca te han dado y ojalá que Harper no le afecte ese estado emocional de terror 😱😱😱 en su embarazo y no le pase nada a su madre.
Alba Hurtado
el no es tan malo con ella se esta enamorando de ella sabe que no es coqueta que es fiel no le importa el xinero no es ambiciosa
mariela
Lo que no entiendo es porque si iban a aclarar porque Mason no se llevó a Harper sabiendo en el estado que estaba y de paso embarazada si ya el tenía como aclarar la verdad ahora la madre no se sabe en que estado está debido al golpe en la cabeza y donde se la llevó el enfermo.
Alba Hurtado
choque de dos personalidad igual ,gana ella porque el hombre es mas debil l❤️nosotras podemos fingir mas que ellos
🌹 excelente gracias por compartir con nosotras tus lectoras tus apasionantes capitulos cada uno mejor que el otro felicitaciones bendiciones para ti 💯💯💯❤️😘🌹🇨🇴🌹🇨🇴🌹❤️ una best sellers tremenda escritora💛💙❤️
mariela
Mason esa era la confianza que tenías en Harper sabiendo cómo es el Jeremy de enfermo le creés.
Cuan Jeremy se metió en su habitación tenía que habérselo dicho a la abuela que venía entrando y después a Mason pero te quedaste callada y ahora mira las consecuencias.
Alba Hurtado
mason te llego la horma de tu zapato,,podras ser poderoso ,pero hagas lo que hagas ella no se doblega ,😔🤨🧐💛💙❤️🌹🇨🇴🌹
Alba Hurtado
que hijodeputa cree que todas son iguales vendidas me caes como patada al higado por violador👀😥👁️😔🤨🧐💛💙❤️🌹 🇨🇴🌹
Alba Hurtado
me encanta la personalidad de ella,esos son unos prepotentes narcisistas
Alba Hurtado
estoy llorando no puedo ahora comentar yo se que es ficticio,lo redactada también escriben ,que parece real mucha imaginación 💯💯😘💛💙❤️🌹🇨🇴🌹
Alba Hurtado
querida autora nos vas a matar de un infarto ,estamos esperando un joven y aparece este peor ella es joven flaca desnutrida inocente,eses hijodeputa viejo desgraciado es un . maldito hombre ,porque tiene poder 🫰🤑 dinero,😥😢👀💛💙❤️🌹🇨🇴🌹
Alba Hurtado
lo bueno de esto es que su mamá va a estar bien y ella no se deja joder,pero el nieto la miro con asco ,pero el abuelo le dijo que ella valia mas que el,el viejo la apoya, 💛💙❤️🌹🌹🇨🇴
Alba Hurtado
el le gusto ella por su berraquera perrengue,por su madre le gritó al viejo, estan enseñados que las personas le lloren se arrodillen me encanta que una mujer sea asi,y por su .madre mas ,que le dira aue se cade con el bueno para nada,OMG WOW WOW esto esta caliente y bueno dos poderes opuestos el millonario con la pobre que exige ⚖️ justicia 👀👀😥😢💛💙❤️🌹🇨🇴🌹
Alba Hurtado
me encanto el primer capitulo soy tu fan todas las voy a leer,💯💯😘💯💛💙❤️🌹🇨🇴🌹
Analia Prille
excelente
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